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No se oye dos veces el mismo cuento
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 30 de mayo de 2020

No se oye dos veces el mismo cuento

En el grupo de Whatsapp en el que estoy con los amigos de la librería Palinuro, alguien lanzó el reto de hacer una lista de los diez cuentos imprescindibles que hemos leído. Una manera de acrecentar las arcas de lectura durante la cuarentena. Muy entusiastas, todos empezaron a preparar sus listas, con la dificultad que esa tarea implica. Escoger tan solo diez cuentos significa dejar por fuera muchas narraciones fascinantes que han nutrido la vida de lector de cada uno de los que asistimos a Palinuro a celebrar una complicidad nacida al abrigo de los libros. Rápido empezaron a figurar en las listas individuales autores como García Márquez, Borges, Truman Capote, Lorrie Moore, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga. Y cada nueva lista generaba en los demás el lamento de haber olvidado un título crucial, y ese único olvido acrecentaba la necesidad de crear una lista adicional con diez cuentos más que se sumaran a esa antología informal que estábamos construyendo.

Como no había camisa de fuerza con el número de cuentos, alguien se atrevió a enviar una lista de doce. Alguien más sugirió que se deberían hacer listas temáticas: los diez cuentos imprescindibles para cada lectora o lector escritos por mujeres, diez cuentos del siglo XIX y diez del siglo XX, diez más que incluyan solo a los autores jóvenes, a los latinoamericanos, europeos o norteamericanos. El descontrol fue total cuando alguien tuvo el descaro de enviar una lista con veinte cuentos. Su justificación fue decir que solo quería compartir esos títulos que lo habían dejado con una parálisis de asombro y que son los que definitivamente quisiera que sus amigos también leyeran. El juego, al cierre de este diario, había generado una tabla de Excel con 122 cuentos de autores de distintas épocas y nacionalidades. Un proyecto de lectura exquisito e inagotable, si se tiene en cuenta que un buen cuento nunca es el mismo cuando se vuelve a leer.

Lo comprobé viendo la serie El narrador de cuentos, en Amazon Prime. Soy nuevo en esta plataforma y he estado explorando sus títulos. Tiene bastantes gemas que mencionaré en futuros textos, pero esta serie de 1987 me provocó el efecto que las magdalenas tuvieron en Proust: me regresaron al pasado y revisité algunas escenas de la infancia de una manera vívida, lenta, expandida. ¡Pasé tantas tardes esperando la hora en que emitían esta serie en los canales de la perubólica! Incontables tardes que durante meses y meses dedicaba a ver los cuentos dramatizados que John Hurt le narraba a su perro marioneta. Los cuentos hacían parte del folclor europeo. Había reyes y princesas. Brujas y monstruos. Criaturas encantadas y prodigios sobrenaturales. En otra temporada, un narrador distinto recorría el laberinto del minotauro contándole al mismo perro encantador los mitos griegos. ¡Cuántas horas de gozo me dieron esos episodios! Mi sorpresa reciente fue advertir que la serie es muy breve en realidad. La primera temporada tiene apenas nueve episodios y la temporada de los mitos griegos, solamente cuatro. Lo cual quiere decir que en mi infancia repetí y repetí y repetí todos esos capítulos, sintiendo, quizás -me gustaría creer eso-, que escuchaba y veía cada cuento como si se tratara de la primera vez. Será que los cuentos tienen la propiedad de los ríos, difícil bañarse dos veces en sus aguas. Me gusta concebir los cuentos de esta forma: con propiedades líquidas que refrescan y limpian, cuentos como estanques, algunos cristalinos en los que se pueden ver las piedras del fondo; otros, profundos e insondables. Cuentos que invitan a zambullirse de cabeza, sosteniendo el aliento para bucear hasta tocar el limo en el que se resguardan sus secretos para luego salir a la superficie con el premio de ese enigma y de nuevo zambullirse, durante mañanas, tardes y noches, día tras día, en un bucle de gozo interminable.

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