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Crónicas de un Fan Fatal: Manual fallido para ser una estrella de rock

hace 5 horas
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  • Crónicas de un Fan Fatal: Manual fallido para ser una estrella de rock

Diego Londoño
@ElFanFatal

Durante años creí que para ser una estrella del rock había que tener el cabello de Robert Smith.

No era una metáfora. Lo creía de verdad.

El frizz imposible, la laca como armadura, ese desorden que parecía una declaración estética contra el mundo. Para muchos era solo un peinado; para otros, como yo, era una especie de contraseña secreta: si lograbas ese cabello, tal vez también lograrías la música, la voz, la vida.

A Robert lo conocí en Montañita, Ecuador, ese lugar donde la fiesta no termina nunca y los días parecen durar 72 horas. Caminaba con sombrero negro, gafas oscuras y esa elegancia extraña de quien no necesita probar nada. Nunca se quitó el sombrero. Nunca dejó ver del todo su mito.

Yo, en cambio, no podía dejar de mirar lo poco que el viento revelaba: mechones sueltos detrás de las orejas, indicios de una leyenda capilar que había sobrevivido décadas, modas y generaciones. Porque el cabello de Robert Smith no era solo suyo. Era de todos. De los adolescentes en Medellín que tocaban guitarra en los parques. De los que en Buenos Aires, México o Londres creyeron que el rock también podía ser melancólico. De los que encontraron en The Cure una forma de sobrevivir la tristeza.

Pero antes del mito, hubo un niño raro en una ciudad inglesa llamada Blackpool. Un chico al que le decían extraño, que no encajaba, que lloraba en silencio. Un chico al que le enseñaron, como en una canción, que los boys don’t cry, aunque por dentro todo se estuviera rompiendo.

Ese niño entendió algo antes que muchos: que la identidad no se negocia.

El problema es que nosotros, los que miramos desde afuera, confundimos el símbolo con la esencia. Yo lo hice. Durante años intenté replicar ese cabello como si fuera una fórmula: probé productos absurdos, remedios caseros, consejos de peluquería. Nada funcionó. Porque el cabello nunca fue el secreto.

Una noche, en Montañita, reuní el valor suficiente para preguntarle. Le escribí una carta. Se la entregué con la solemnidad de quien cree que está a punto de cambiar su destino. Horas después me devolvió una respuesta: una lista de “instrucciones” para tener su cabello. Decía cosas como: no te peines, no lo muestres, háblale al cabello, córtalo tú mismo. Pero entre líneas, lo importante no estaba en el pelo. Estaba en lo otro: toca guitarra todos los días, canta todo el tiempo, hasta que los dedos sangren.

Ahí estaba todo.

Reí primero. Luego entendí.

El rock nunca fue un asunto capilar. Fue, y sigue siendo, una cuestión de obsesión.

Nos gusta pensar que hay atajos: un look, una guitarra específica, una pose frente al espejo. Pero la verdad es más incómoda: lo único que se parece al talento es la insistencia.

Robert Smith no es Robert Smith por su cabello. Es Robert Smith porque convirtió su rareza en lenguaje, su tristeza en canciones y su diferencia en identidad. El resto es estética.

A veces todavía me miro al espejo y pienso que me hubiera gustado tener ese pelo. Pero ya no lo necesito. Entendí que la mística no está en la forma en que te ves, sino en lo que haces cuando nadie te está mirando. En la disciplina silenciosa. En la terquedad de seguir. En la necesidad de decir algo, incluso cuando no sabes cómo.

Quizás esa fue la verdadera instrucción capilar: no intentar parecerse a nadie. Ni siquiera a Robert Smith.

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