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El boom del negocio de la guerra

La conclusión que se impone es que la industria militar se ha convertido en un sector “sostenible”, estratégico y con altísimos márgenes de ganancia.

06 de enero de 2026
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  • El boom del negocio de la guerra

En tiempos como estos, en los que se está redefiniendo el poder global y surgen nuevos focos de conflicto, el negocio de las armas cobra un renovado y perturbador protagonismo. Mientras en los campos de batalla se cuentan muertos, en los mercados bursátiles se suman ganancias. La guerra, trágicamente, se consolida como una inversión rentable.

La industria militar vive uno de sus momentos más lucrativos. Tan jugoso es el panorama que ya no solo los Estados sino también gigantes mundiales de la inversión, fortunas personales y fondos de capital de riesgo están tomando rápidamente posiciones. En el segundo trimestre de 2025, la actividad de fusiones y adquisiciones en este sector se estimó en alrededor de 17.000 millones de dólares, lo que representa un aumento del 162% frente al mismo período de 2024.

Este auge tiene una raíz clara: el incremento del gasto en defensa por parte de las potencias globales, alentado por guerras actuales —especialmente en Ucrania y Gaza—, y por una narrativa de amenaza permanente que reactiva el miedo como instrumento político y económico.

Según la Agencia Europea de Defensa, los Estados de la Unión Europea movilizaron en 2025 un gasto en defensa superior a los 380.000 millones de euros, el doble de los 189.000 millones invertidos hace una década. Además, la UE avanza con el programa ReArm, que busca consolidar un nuevo ecosistema con drones, sino también sistemas espaciales y capacidades de ciberdefensa, con una inversión cercana a los 800.000 millones de euros.

En medio de este baile de cifras, se dan dos detalles curiosos que apelan al “orgullo” nacional y otros dirían al ego de los gobernantes. En Estados Unidos, el expresidente Donald Trump anunció que había dado la orden para que la Armada comience a construir un acorazado bautizado con su nombre: Trump Class USS Defiant. Según él, será más grande, más rápido y “cien veces más poderoso que el mayor buque de guerra construido anteriormente”.

Mientras tanto, en la Francia que aún intenta aferrarse a su grandeur, Emmanuel Macron confirmó que el portaaviones Charles de Gaulle, de propulsión nuclear, tendrá un sustituto en 2038. El costo estimado del nuevo navío es de 11.700 millones de dólares, en un país cuya deuda pública crece sin freno y que mantiene en alerta a Bruselas, al Banco Central Europeo y a las agencias de calificación como Fitch y Moody’s.

Hasta Colombia que también carga con un déficit fiscal inquietante no quiso quedarse por fuera del negocio de las armas y Gustavo Petro decidió comprar aviones de guerra por 3.600 millones de dólares.

Aunque el gasto militar en el mundo ha sido constante durante la última década, una de las transformaciones más significativas es que ni el capital privado quiere perder la oportunidad de participar en este negocio, cada vez más “normalizado”.

Destacan en este fenómeno dos grandes fortunas de Silicon Valley: Elon Musk y Peter Thiel, quienes han invertido en diversas empresas armamentísticas, como la startup de drones alemana Stark. El papel de los drones en los conflictos actuales es innegable, y ambos empresarios buscan obtener altos rendimientos en este campo. Pero no están solos: firmas de inversión como Blackstone, Arlington o Warburg Pincus también muestran un dinamismo agresivo en la expansión del negocio bélico.

Y si los estadounidenses dominan la escena, los europeos no quieren quedarse atrás, especialmente ante la creciente amenaza de Putin y la presión constante de Washington para que los países de la OTAN eleven sus presupuestos de defensa. Estados Unidos, por su parte, ha dejado claro que ya no asumirá en solitario la defensa del continente europeo.

Otro frente que se abre para la industria armamentística es su dependencia de minerales críticos como el litio, el cobalto o el molibdeno. El acceso a estos recursos determinará quién podrá seguir en la delantera tecnológica y militar. De ahí el creciente interés geopolítico del gobierno estadounidense en países como Nigeria, rica en depósitos minerales y tierras raras, esenciales para la producción de armamento avanzado.

América Latina también representa una pieza clave en la geopolítica de los minerales estratégicos. El litio del triángulo suramericano (Argentina, Bolivia y Chile), el coltán del Amazonas y otros recursos críticos despiertan el apetito de potencias que hoy arman guerras y mañana negocian la reconstrucción.

La gran conclusión que se impone es que la industria militar se ha convertido, para muchos gobiernos y corporaciones, en un sector “sostenible”, estratégico y con altísimos márgenes de ganancia. Desde el fin de la Guerra Fría, nunca antes se había observado un auge militar global tan pronunciado.

Pero la pregunta incómoda persiste: ¿qué sucede cuando la guerra se convierte en un buen negocio? En un mundo donde el capital busca rentabilidad a toda costa, el conflicto deja de ser una tragedia que debe evitarse y pasa a ser una oportunidad que conviene mantener. Mientras tanto, los muertos siguen aumentando y la paz se convierte en una palabra cada vez más difícil de volver realidad.

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