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La semana pasada el Dane divulgó el dato de crecimiento de la economía colombiana para 2018. La cifra de 2,7 % no sorprendió a nadie y estuvo dentro de los pronósticos de los analistas. El resultado demuestra que la economía se está recuperando de forma lenta del mal momento que tuvo en 2014 al desplomarse los precios de los bienes básicos y que llevo a que se desacelerara hasta alcanzar su punto más bajo de crecimiento en el último trimestre de 2017 (1,4 %).
Según se desprende de la información del Dane, la economía está siendo impulsada por la demanda interna que estimuló a varios sectores productivos. Dentro de estos se encuentran las actividades profesionales (5 % de crecimiento); sector público (4,1 %); comercio (3,1 %); agricultura e industria (2 %). Esta dinámica está produciendo un aumento de las importaciones que no es compensado por la ampliación de las exportaciones, con lo cual la demanda externa no ha sumado a la expansión de la economía.
El repunte económico del país es una buena noticia, aunque se trate de una cifra relativamente modesta. Sin embargo, en esta ocasión existe incomodidad por parte de gremios, analistas y comentaristas, más que con el resultado, por la forma como está actuando el Dane en la divulgación y el procesamiento de las estadísticas. La molestia proviene del retardo que tuvo la entidad en revelar las cifras de crecimiento del año completo y de la magnitud de la corrección del crecimiento de 2017 (de 1,8 % a 1,4 %), a esto se suma la explicación que se dio al aumento de la tasa de desempleo de enero como un fenómeno asociado al desempeño del sector agropecuario y la perspicacia frente al cambio de la canasta para el cálculo del índice de precios al consumidor.
El aspecto de la puntualidad en la entrega de las cifras es preocupante, pero es fácil de corregir. Uno de los compromisos del país en su ingreso a la Ocde es, precisamente, la necesidad de armonizar sus procedimientos de tratamiento de las estadísticas y la obligación de cumplir con calendarios estrictos de divulgación, con la idea de reducir la incertidumbre en la toma de decisiones. De otro lado, la revisión de las cifras de 2017 no es un evento extraordinario, es más, es absolutamente normal que la información con la cual se construyen las cuentas nacionales tome un tiempo en recopilarse. Por esa razón, la cifra del PIB se considera definitiva solo mucho tiempo después de la primera divulgación. Es claro que la alta tasa de desempleo no resulta coherente con la dinámica de la economía, pero ahondar en el análisis no le corresponde al instituto de estadística. Por último, es recomendado técnicamente y es una práctica normal la actualización de la canasta del IPC
Así, a pesar de que existan explicaciones para los presuntos desatinos del Dane, el punto es que se está generando un peligroso ambiente para su labor. La culpa de esto es, precisamente, de la actual dirección que se empeñó en cuestionar públicamente, desde un principio, las estadísticas que se estaban divulgando en ese momento (población, PIB regional). El manto de duda que se tendió sobre el trabajo del Dane está aflorando ahora y es un precedente nefasto. Al Dane hay que creerle y lo peor que le puede pasar es que pierda su credibilidad, construida con tanto esfuerzo.