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En momentos de tensión entre las superpotencias existía un reconocimiento de la necesidad de preservar canales de diálogo y evitar escaladas incontrolables. Esa convicción parece estar desvaneciéndose.
El mundo asiste a una peligrosa era de descontrol, donde los conflictos proliferan sin esperanza clara de resolución y las misiones de paz atraviesan su peor crisis en un cuarto de siglo. La diplomacia multilateral, aquella que se creó para que los distintos países pudieran llegar a acuerdos, hoy languidece, víctima de asfixia financiera, tensiones geopolíticas y recrudecimiento de la violencia global.
La crisis del multilateralismo también es cultural. En una época dominada por algoritmos que premian la indignación y las certezas absolutas, los matices han perdido espacio en el debate público frente a las posiciones irreconciliables. Esa lógica, que fragmenta sociedades enteras, también termina contaminando las relaciones entre Estados. La diplomacia, por definición, exige concesiones, zonas grises y paciencia; exactamente lo contrario de los incentivos que hoy dominan la conversación pública global.
Los frentes bélicos se multiplican y enquistan en el mundo. En Europa, la guerra en Ucrania, tras más de cuatro años, ha entrado en un estadio de desgaste absoluto donde la expresión “alto al fuego” ha sido borrada del vocabulario.
En Oriente Medio, la situación es igualmente desoladora: Israel mantiene su incursión profunda en Gaza y recrudece sus ataques en el Líbano. En paralelo, la Junta de Paz de Trump, que lanzó poco antes de enfangarse en la guerra de Irán, está haciendo aguas. El presidente estadounidense buscaba consolidar la pacificación y reconstrucción de Gaza. Sin embargo, el paso del tiempo parece estar dando la razón a los escépticos: cuatro meses después, el organismo carece de financiación y no ha logrado ningún avance.
Y luego está el tema del estrecho de Ormuz, los países del Golfo temen que se convierta en un conflicto congelado entre persas y estadounidenses que se reactive cada vez que haya un motivo político, abriendo así la posibilidad de alterar de forma permanente la principal fuente de ingresos de sus países. A este escenario de inestabilidad se suman los continuos mensajes contradictorios emitidos desde Washington respecto a Irán, pieza clave para desactivar la crisis en una ruta marítima vital para la economía mundial.
Y el tablero de la confrontación no deja de sumar casillas. Cuba se perfila como un nuevo punto de asfixia, con una población civil atrapada en los restos de una revolución que, en sus 67 años, no demostró ser capaz de caminar sola. Lo dijo a su manera Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos: Cuba no tiene “electricidad, combustible ni alimentos” porque sus dirigentes “han saqueado miles de millones de dólares”.
En este contexto de proliferación de crisis, las instituciones diseñadas para evitar los conflictos bélicos están fallando estrepitosamente. Según el reciente informe del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri), las misiones de paz se encuentran en su momento más crítico desde al menos el año 2000. El personal desplegado en operaciones de mantenimiento de la paz ha descendido casi a la mitad en la última década, marcando mínimos históricos.
El sistema para un orden global surgido tras la Segunda Guerra Mundial nunca fue perfecto. Durante la Guerra Fría estuvo sometido a bloqueos, vetos y rivalidades permanentes. Sin embargo, incluso en los momentos de mayor tensión entre las superpotencias existía un reconocimiento básico de la necesidad de preservar ciertos canales de diálogo y evitar escaladas incontrolables. Lo que inquieta hoy es que esa convicción parece estar desvaneciéndose.
Las razones de esta parálisis operativa son claras. La primera de ellas es la falta de financiación. El no pago de las contribuciones obligatorias a la ONU por parte de importantes donantes ha provocado recortes drásticos y presupuestos deficitarios.
Estados Unidos es responsable de alrededor del 95% del dinero que se debe a la ONU —unos 2.200 millones de dólares en cuotas de 2025 y 2026—. La administración Trump considera que varias de estas agencias están alineadas con agendas “woke” y contrarias a los intereses estadounidenses. El Departamento de Estado en su momento describió esas instituciones como “capturadas por los intereses de actores que impulsan sus propias agendas contrarias” a las de EE. UU.
Pero la crisis es más profunda que una discusión presupuestal. También responde a la creciente rivalidad estratégica entre las grandes potencias. Washington, Moscú y Pekín observan cada vez más los organismos multilaterales como escenarios de disputa geopolítica antes que como espacios de construcción de consensos. El resultado es un sistema internacional atrapado entre vetos cruzados, desconfianzas permanentes y agendas nacionales incompatibles.
De tal suerte que Naciones Unidas ha quedado sin la capacidad material y política para mediar en las zonas más castigadas del planeta. Como resultado, la gestión de los conflictos está mutando hacia intervenciones unilaterales, guiadas por el interés propio de las potencias, abandonando el lema de la seguridad colectiva. Esas tensiones geopolíticas que priorizan la beligerancia sobre la mediación, se traducen en un aumento récord del gasto militar.
La actual parálisis del sistema multilateral es una anomalía que amenaza la estabilidad global. La historia demuestra que los conflictos rara vez desaparecen por sí solos. Lo que cambia es la capacidad de las sociedades para administrarlos sin que degeneren en tragedias mayores. Cuando los árbitros pierden autoridad, recursos o legitimidad, las reglas dejan de importar y prevalece la fuerza.