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Como si el mundo entero fuera un escenario de televisión, el presidente estadounidense ha impuesto una lógica de espectáculo y fuerza, dejando en claro que su estilo se ha radicalizado.
Donald Trump ha completado el primer año de su segundo mandato bajo el signo de la confrontación. Como si el mundo entero fuera un escenario de televisión, el presidente estadounidense ha impuesto una lógica de espectáculo y fuerza, dejando en claro que su estilo se ha radicalizado.
Desde el 20 de enero de 2025 hasta hoy, el mandatario ha acelerado su estilo confrontacional, ha llevado a Estados Unidos a romper con decenas de organismos internacionales —incluidas 31 agencias de Naciones Unidas— y el unilateralismo es la regla.
Trump ha convertido su administración en una suerte de laboratorio del “poder duro” sin filtros. Su lenguaje provocador, su política migratoria basada en el castigo, sus guerras comerciales y sus gestos expansionistas, como su pretensión de controlar Groenlandia, no son hechos aislados: configuran un nuevo orden mundial, más inestable, más transaccional y cada vez menos regido por valores compartidos.
En apenas un año, no ha dudado en usar la economía como un arma más, lanzó una guerra arancelaria con más de una decena de países, incluidos socios tradicionales como Canadá, México y la Unión Europea. Impuso un arancel universal del 10% a las importaciones y anunció nuevas medidas contra Europa por oponerse a sus planes en el Ártico.
Y si por fuera llueve dentro de su país no escampa. Su primer año ha estado marcado por una inflación apenas contenida —los alimentos subieron un 3,1% interanual—, una caída en la aprobación ciudadana y una intensificación de las deportaciones, que ya superan las 500.000. La brutalidad del ICE, con casos como la muerte de Renee Good en Minnesota, ha deteriorado aún más la percepción pública de sus políticas. Mientras tanto, el presidente se enfrenta abiertamente con el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, en un intento por manipular la política monetaria a su favor.
En palabras del primer ministro canadiense Mark Carney –quien pronunció este martes un discurso en Davos que promete pasar a la historia–, “el mundo está en un punto de inflexión”. Lo que está ocurriendo no es simplemente una reconfiguración de alianzas, sino una destrucción sistemática del entramado de reglas que sostuvo la cooperación global durante décadas.
“Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de una historia agradable y el comienzo de una realidad brutal donde la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción”, anotó Carney en su introducción.
Pero no habló desde la nostalgia por un pasado idealizado, sino desde la urgencia de reconocer que “estamos en medio de una ruptura, no de una transición” y las potencias medianas deben “dejar de vivir dentro de una mentira”. Esa mentira —que las reglas internacionales son justas y estables— ha sido desmentida con crudeza por líderes como Trump, que se mueven sin disimulo en el terreno del unilateralismo, la coerción económica y la diplomacia del chantaje.
Como bien advierte Carney: “No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”.
Carney propone además una salida: “Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás sentado a la mesa, estás en el menú”. Es decir –y es un mensaje que le sirve a Colombia–, no se trata solo de defender principios, sino de construir fuerza nacional, diversificar relaciones, reducir vulnerabilidades, y actuar en coalición con quienes comparten intereses y valores, aunque no sean todos los mismos.
Porque, como bien lo dijo el primer ministro canadiense, “la nostalgia no es una estrategia”.
En medio de los exámenes críticos que se le han hecho a Trump en su primer año hay un capítulo del balance que vale la pena evaluar con otra óptica. Trump dice haber terminado con ocho guerras, aunque los analistas lo califican de exagerado. Capturó a Nicolás Maduro con un operativo mediático, bombardeó Irán, Siria y Nigeria, y prometió crear un Consejo de Paz para la reconstrucción de Gaza. ¿En qué va a terminar este poder hegemónico que, a su manera, intenta apaciguar el mundo?
“Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, concluyó el primer ministro de Canadá en Davos.