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El vice en la ONU

La Asamblea de la ONU ratificó que sirve más para diplomacia de pasillo y los negocios bilaterales que para solucionar las tragedias de la humanidad. Colombia presentó su nueva postura ante el mundo.

hace 58 minutos
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  • El vice en la ONU

Pasó otra semana de pasarela diplomática en Nueva York, de esas que dejan sabor a poco y ponen a pensar a la gente en la utilidad real de un organismo que parece estar perdiendo el pulso con la realidad. Unos 130 mandatarios desfilaron por el atril de la Asamblea General de la ONU para radiografiar, cada uno desde su propia orilla, un planeta que cruje por los cuatro costados. Guerras por doquier, crisis climática aquí y allá, el miedo latente a los algoritmos desbocados de la Inteligencia Artificial y una preocupante subida de extremismos políticos que amenazan la convivencia global. El diagnóstico es claro, pero los remedios siguen brillando por su ausencia en un organismo cada vez más maniatado, corto de fondos y bajo el constante fuego amigo de quienes atacan el multilateralismo.

Asistimos a la paradoja monumental de una organización impotente y sumida en una crisis de relevancia institucional, que intenta poner orden en un vecindario global que avanza a pasos agigantados hacia la anarquía. Para el secretario general, António Guterres, este encuentro tuvo un tinte agridulce. Lideró su última gran cumbre al frente de las Naciones Unidas, cerrando un ciclo en el que intentó, con más voluntad que herramientas efectivas, modernizar el mastodonte burocrático y rescatar la vigencia del diálogo multilateral en estos tiempos de aislamiento feroz. Se va Guterres y su vacante queda libre, mientras la carrera por su sucesión se mueve tras bambalinas en los pasillos neoyorquinos, dejando claro que el multilateralismo está en cuidados intensivos.

Sin embargo, como suele ocurrir en este foro, lo verdaderamente jugoso no pasó en el gran auditorio principal ante las sillas vacías de los delegados aburridos, sino en las oficinas alternas y los salones de los hoteles. Mientras en la plenaria se oían los habituales lamentos institucionales, a unos metros se cocinaban movidas geopolíticas de grueso calibre. Por un lado, Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia sellaron un convenio estratégico permanente en el Ártico, demostrando que la seguridad dura y el control de los recursos naturales avanzan con paso firme por fuera de las resoluciones de la ONU.

Pero el verdadero campanazo político de la semana lo dio el inesperado apretón de manos entre Donald Trump y la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez. Un encuentro a puerta cerrada en el hotel Lotte New York Palace que dejó a más de uno con la boca abierta. Quienes hasta hace poco intercambiaban insultos y sanciones, hoy se sientan a discutir sobre energía, minería y seguridad. Una fotografía pragmática que sacude el tablero latinoamericano, redefine el deshielo entre Caracas y Washington y evidencia que, cuando el petróleo y la realpolitik llaman a la puerta, las diferencias ideológicas se archivan rápidamente en el cajón de los recuerdos.

¿Y en qué quedó la representación de Colombia en esta cita global? El papel de la delegación nacional tuvo una particularidad notable. Cumpliendo con su promesa de campaña de no salir del territorio patrio, el presidente Abelardo de la Espriella se quedó en el país y delegó la vocería en su vicepresidente, José Manuel Restrepo, quien estuvo acompañado por el canciller Ómar Bula y la embajadora en Washington María Consuelo Araújo. El debut de Restrepo en el atril de la ONU estuvo marcado por una lectura milimétrica y rigurosa de un discurso escrito directamente por el jefe de Estado, un texto que marcó un giro definitivo respecto al enfoque de la administración anterior de Gustavo Petro.

Los logros y el enfoque de la comitiva colombiana apuntaron a dos frentes principales. Por una parte, Restrepo puso sobre la mesa la estrategia económica del Gobierno, bautizada como “Misión Crecer”, buscando atraer inversión extranjera y reposicionar al país como un destino seguro y confiable para los capitales internacionales. Por la otra, el discurso oficial asumió una postura de crítica constructiva pero contundente frente al propio organismo. La delegación colombiana cuestionó con vehemencia la burocracia ineficiente de las Naciones Unidas, la politización en el manejo de los derechos humanos y la falta de resultados concretos ante las problemáticas criminales que revisten carácter urgente. Además, exigió avanzar hacia una definición internacional común de terrorismo para combatir con mayor eficacia el narcotráfico y el crimen organizado transnacional.

En conclusión, la Asamblea General de la ONU ratificó lo que ya es un secreto a voces: el foro sirve más para la diplomacia de pasillo y los negocios bilaterales que para solucionar las grandes tragedias de la humanidad. Colombia cumplió con presentar su nueva postura ante el mundo, buscando recuperar la confianza económica y la firmeza institucional. Queda ver si este organismo, atrapado en su propia impotencia y falta de recursos, logra reinventarse o si seguirá siendo ese gran escenario neoyorquino donde el mundo se lamenta, pero las soluciones reales se firman afuera. .

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