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La muerte de Renee Nicole Good en EE.UU. ha escenificado el horror de la verdad manipulada. Ya no importa si lo que se dice es cierto o falso, eso da igual.
Lo que acaba de suceder en Estados Unidos, el asesinato a sangre fría de una ciudadana llamada Renee Nicole Good, que asistía como observadora a una protesta por las redadas masivas contra los inmigrantes en Minneapolis, muestra no solo al nivel que puede llegar la violencia cuando se dan órdenes de todo o nada como las del gobierno de Donald Trump, sino también es un ejemplo del uso del relato manipulado para justificar lo injustificable.
Ya no se trata solamente de perseguir al inmigrante indocumentado o a quien tiene un permiso de residencia temporal. Ahora también se ataca a quienes se creían protegidos por su condición de ciudadanos estadounidenses.
Cuando desde el poder se alienta una lógica de confrontación permanente, de amigos y enemigos, se desdibujan los límites entre la autoridad legítima y el abuso. Se siembra en los agentes del Estado una sensación de impunidad, un mensaje tácito de que todo está permitido si se hace en nombre de una causa superior. La tragedia de Renee Nicole Good no es solo la muerte de una inocente, sino el reflejo de una sociedad en la que el aparato institucional se ha puesto al servicio del miedo y la exclusión. Cuando la violencia encuentra respaldo en el discurso oficial, el Estado deja de proteger para comenzar a perseguir.
La muerte de Good ha permitido escenificar el horror de la verdad manipulada. Ya no importa si lo que se dice es cierto o falso, eso da igual. Lo importante es contar con una red de distribución y unos algoritmos que ayuden a difundir el mensaje. Para probarlo está el debate que se ha generado entre políticos, medios de comunicación y usuarios de redes sociales sobre el trágico suceso.
Trump dio unas declaraciones en las que sostuvo que el agente de inmigración que le disparó a Good fue atropellado “violenta, deliberada y brutalmente” y que disparó “en defensa propia”, aunque en las imágenes de los vídeos que se han divulgado se le ve caminar sin ningún tipo de lesión. Pero la versión del presidente se impuso y fue repetida hasta la saciedad por otros miembros del gobierno en sus redes. La secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, dijo que se trataba de un acto de terrorismo doméstico, habló de defensa propia por parte del agente al sentirse atacado y calificó a la víctima de “agitadora”.
El caso es que como los móviles permiten hoy en día ejercer labores de reportería gráfica, la escena se grabó desde distintos ángulos y queda bastante difícil sostener la mentira de que los agentes del ICE estaban siendo agredidos y amenazados. La mujer no amenazó a nadie, no iba armada y todo indica que solo quería salir del lugar cuando su carro quedó atravesado en una calle.
Tanto el alcalde de Minneapolis, ciudad donde ocurrieron los hechos, como el gobernador de Minnesota y el fiscal general del Estado, todos ellos demócratas, han protestado con vehemencia por el suceso y han usado un lenguaje fuerte para rechazar la versión del gobierno. Ya habían demostrado su malestar por la decisión del presidente Trump de enviar unos dos mil agentes del ICE al área metropolitana de Minneapolis, en medio de una campaña de hostigamiento contra la comunidad somalí. Pero ahora los acusan de sembrar el terror y de generar una amenaza constante para la seguridad pública. Lo que hasta ahora había sido solo una sensación de inseguridad para los ciudadanos, se ha convertido en realidad.
Ayer la tensión seguía aumentando en Minneapolis, donde se cancelaron las clases en los colegios y hubo algunos choques entre manifestantes y policía. También hubo protestas en muchas ciudades de EE.UU., en las que se condenó el tiroteo y se le exigió al ICE que se retire. Lo ocurrido es otra muestra más de la división interna de un país polarizado en el que unos, partidarios de Trump, respaldan su política migratoria y sus detractores afirman que lo que viven es una muestra más del autoritarismo despiadado trumpista.
El pasado 31 de diciembre el Departamento de Seguridad Interior (Homeland Security) publicó en X una imagen de un carro clásico en una tranquila y agradable playa. Junto a él, un mensaje que decía “Estados Unidos después de 100 millones de deportaciones”. Y luego añadieron: “La paz de una nación que ya no está asediada por el tercer mundo”. Nada más qué comentar.
Pero sí hay algo que no debe dejarse de comentar: la batalla por el relato es hoy tan determinante como los hechos mismos. Cuando el discurso oficial logra imponerse sobre la evidencia, incluso frente a cámaras y testigos, se rompe el pacto mínimo de convivencia democrática. Lo peligroso no es solo que el poder mienta, sino que construya una maquinaria para que la mentira parezca verdad. En ese terreno, el relato se convierte en una forma de poder absoluto, capaz de moldear la percepción colectiva, justificar el abuso y silenciar la compasión. No es solo una lucha por la verdad: es una lucha por el alma de la democracia.