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La democracia tiene un costo que se debe asumir colectivamente, porque permitir que se compre desde el exterior con agendas prefabricadas es hipotecar el propio destino
A menudo existe la sensación de que, detrás de ciertos discursos de moda, hay un libreto muy bien ensayado y un bolsillo bastante hondo. Pues bien, no es una simple sospecha de cafetería. Resulta que el viejo continente, ese que siempre presume de ser la cuna de los derechos modernos y la diplomacia sofisticada, está viviendo su propia invasión silenciosa. Y no precisamente de turistas con mapas y cámaras fotográficas, que también, sino de millones y millones de billetes verdes que cruzan el Atlántico con el propósito muy claro de desmantelar, paso a paso, los consensos sociales que tanto costó construir. El dinero del trumpismo más radical ya no se queda en las manifestaciones de Florida o en los tribunales de Washington y ahora mismo está colonizando Europa.
Para quienes creen que esto es una teoría de la conspiración de esas que abundan en las redes sociales, los datos del Foro Parlamentario Europeo sobre Derechos Sexuales y Reproductivos (EPF) son, sencillamente, irrefutables. Esta red de parlamentarios, que lleva desde 2004 poniéndole la lupa a la protección de las libertades, publicó una radiografía que asusta. El movimiento ultra, con su marcado corte antigénero y antiaborto, se gastó la bobadita de 1.037 millones de euros entre 2019 y 2023 en territorio europeo. Más de mil millones de euros invertidos en aceitar maquinarias judiciales, pagar costosos bufetes de abogados, financiar acciones de lobby en los pasillos de Bruselas, y sostener partidos políticos y think tanks de su misma cuerda ideológica. Eso no es filantropía, es una campaña geopolítica en toda regla.
La investigación, liderada por el veterano director del EPF, Neil Datta, pone nombres y apellidos sobre la mesa. No se trata de pequeños donantes que aportan diez dólares desde un computador. Se habla de las grandes fortunas norteamericanas, de esas familias que ven la política global como un tablero de ajedrez corporativo y que son las más fieles escuderas del trumpismo. En la lista aparecen los DeVos, dueños del gigante Amway y con una billetera de 4.700 millones de euros; los Uihlein, pesos pesados del sector cervecero y de oficina; los Green, de la cadena Hobby Lobby; los Waller, de la firma de ropa interior Jockey; y los archiconocidos hermanos Koch, con un imperio que supera los 59.000 millones de euros.
Solo desde los Estados Unidos se inyectaron 91,5 millones de euros (unos 104,3 millones de dólares) en este período, canalizados a través de 19 organizaciones sin ánimo de lucro que de “caridad” tienen muy poco. Toda esta gigantesca inversión se destina a fines específicos que ponen en grave peligro la salud de las democracias. Este flujo financiero no busca debatir ideas en una plaza pública en igualdad de condiciones, lo que pretende es inclinar la balanza a la fuerza. Se financian demandas estratégicas para frenar leyes de igualdad, se inundan los medios y las plataformas digitales con narrativas de desinformación destinadas a radicalizar a la ciudadanía, y se entrena a los líderes políticos del mañana en el arte de la polarización extrema.
El peligro de esta realidad no es solo que se pretenda retroceder en los derechos de las mujeres o de las minorías, lo cual ya es bastante grave. El verdadero riesgo estructural es el debilitamiento de la confianza en las instituciones democráticas. Cuando una agenda ultraconservadora extranjera logra infiltrarse en los tribunales locales, financiar partidos minoritarios para volverlos ruidosos y torpedear las decisiones de los parlamentos legítimos, la soberanía ciudadana se convierte en una ilusión. Se está importando una guerra cultural ajena, diseñada en laboratorios ideológicos de Estados Unidos, para aplicarla en contextos europeos que tienen realidades y necesidades completamente distintas.
Es una paradoja tremenda que los mismos sectores que se llenan la boca hablando de soberanía nacional, de proteger las fronteras y de rechazar la interferencia extranjera sean los primeros en abrir las cuentas bancarias para recibir el dinero de los millonarios del otro lado del océano. Existe una queja constante sobre la supuesta “agenda globalista”, pero no hay ningún pudor en formar parte de una internacional ultra financiada por el capitalismo más salvaje de la extrema derecha estadounidense.
Desde este lado del charco, ver ese espejo europeo obliga a encender las alarmas, pues si las grandes potencias institucionales flaquean ante chequeras tan pesadas, en estas latitudes la vulnerabilidad es el doble. El fenómeno demuestra que los discursos extremistas locales rara vez brotan de forma espontánea y más bien obedecen a un engranaje globalizado sumamente peligroso. Blindar la transparencia del financiamiento político y rastrear cada peso extranjero ya no es una opción técnica, sino una urgencia vital para defender la soberanía real. Al final, la democracia tiene un costo que se debe asumir colectivamente, porque permitir que se compre desde el exterior con agendas prefabricadas es hipotecar el propio destino.