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Somos un país que avanza cargando una cruz cada vez más pesada, no por destino inevitable, sino por decisiones que han profundizado sus propias heridas
En el marco de la Semana Santa, cuando la tradición cristiana convoca al recogimiento y a la reflexión sobre el sacrificio, Colombia no necesita hacer grandes esfuerzos para encontrar paralelos con su propia realidad: somos un país que avanza cargando una cruz cada vez más pesada, no por destino inevitable, sino por decisiones que han profundizado sus propias heridas.
La carga no es abstracta. Tiene nombre y forma: polarización elevada a dogma, reformas impulsadas sin consensos amplios, desconfianza creciente en las instituciones y un discurso público de odio que, en lugar de unir, divide. Colombia no solo está dividida; está fatigada. Fatigada de un debate que se ha degradado, donde disentir implica ser señalado y donde la complejidad de los problemas se reduce a consignas emocionales.
Lo que está en juego no es únicamente el éxito o fracaso de un gobierno, sino la estabilidad misma de un modelo institucional que, con todas sus fallas, ha permitido avances sostenidos durante décadas. La preocupación ya no se limita a reformas puntuales, sino a la sensación de que se está desmontando, pieza por pieza, un andamiaje que costó generaciones construir.
En lo económico, la inquietud deja de ser técnica para volverse existencial. La incertidumbre frente a sectores estratégicos, los mensajes contradictorios hacia la inversión y las tensiones permanentes entre el centro y las regiones están quebrando la confianza en el rumbo del país.
A este cuadro se suma un debate particularmente delicado: el interés de un sector del Gobierno por reescribir el contrato social. La Constitución de 1991 no es un documento perfecto, pero ha sido el cimiento de una apertura democrática sin precedentes, ampliando derechos, fortaleciendo la participación y dando herramientas a la ciudadanía para vigilar al Estado. Desconocer ese legado o minimizar su valor es un error histórico.
La propuesta de una Asamblea Constituyente, en medio de este clima de polarización, no puede leerse con ingenuidad. Abrir la puerta a rehacer las reglas del juego cuando los equilibrios están tensionados puede convertirse en la antesala de una concentración de poder que América Latina conoce, con dolor, demasiado bien. Bajo la promesa de cambio, se corre el riesgo de desdibujar garantías esenciales y de llevar a Colombia a escenarios más inestables, más frágiles y, en el peor de los casos, más autoritarios.
Y, sin embargo, es precisamente porque esta reflexión se da en Semana Santa que no puede quedarse en la denuncia. La cruz, en su significado más profundo, no es solo sufrimiento: es tránsito. Es un punto crítico que obliga a decidir si se sucumbe al peso o se transforma a partir de él.
Colombia, hoy, está en ese punto. La cruz es pesada —más de lo que muchos quisieran admitir—, pero no es definitiva. Y en esa diferencia se juega todo. Porque hacerla más llevadera no depende de un acto providencial, sino de la acción concreta de los ciudadanos. Está en manos de los colombianos —en su voto, en su criterio, en su capacidad de exigir y de no dejarse arrastrar por la polarización— evitar que el peso siga aumentando.
Para muchos, el horizonte inmediato pasa también por el cierre del actual gobierno de Gustavo Petro. Existe la expectativa de que, terminado este ciclo, el país tenga la oportunidad de corregir excesos, recomponer equilibrios y aligerar una carga que hoy se siente desbordada. Pero sería un error pensar que el simple relevo garantiza la recuperación. Ningún cambio político sustituye la responsabilidad colectiva.
Porque esta no es solo una crisis de gobierno. Es, también, una prueba de carácter nacional. Y ahí es donde la reflexión deja de ser abstracta y se vuelve personal. Cada colombiano está llamado a preguntarse qué papel le exige este momento. El viacrucis del país no se observa desde la distancia; se transita en la vida cotidiana, en la forma como se informa, como participa, como decide.
El desafío implica resistir la simplificación, desconfiar de los mesianismos y asumir que la democracia exige más que indignación ocasional. Exige criterio, memoria y responsabilidad.
La cruz está ahí. Pesa. Pero no está escrita en piedra. Y si algo enseña este tiempo es que incluso los momentos más oscuros pueden ser antesala de transformación. Y ojalá para Colombia, como en la Semana Santa, tras la crucifixión llegue la resurrección.