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El santo sepulcro

Defender la libertad de culto en Jerusalén no es tomar partido por una religión sobre otra. Es afirmar un principio universal: que toda persona, en cualquier lugar, debe poder practicar su fe sin obstáculos.

hace 1 hora
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  • El santo sepulcro

El pasado Domingo de Ramos, por primera vez en siglos, la policía israelí impidió celebrar la tradicional misa en el lugar más emblemático del cristianismo: el Santo Sepulcro de Jerusalén. La comunidad internacional repudió el hecho, mientras la iglesia católica protestó duramente denunciando este grave precedente. Preocupa que en esta ciudad, de profundo significado para cristianos, judíos y musulmanes, y cuyo equilibrio espiritual ha sido históricamente tan frágil como decisivo, se haya atentado así contra la libertad religiosa.

Más allá de las versiones oficiales, lo cierto es que el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, y el custodio de Tierra Santa, padre Francesco Ielpo, fueron detenidos en el recorrido, mientras avanzaban de forma privada, sin estar en procesión o acto ceremonial alguno. Las autoridades alegaron razones de seguridad, de manera que posteriormente fueron obligados a regresar al lugar de donde venían sin poder oficiar la homilía.

Jerusalén no es una ciudad cualquiera. Es, simultáneamente, centro de devoción para cristianos, judíos y musulmanes. La Basílica del Santo Sepulcro, en particular, representa el corazón simbólico del cristianismo: el lugar donde, según la tradición, Jesús fue crucificado, sepultado y resucitó. Alberga reliquias preciosas como la gran piedra de la Unción, la losa de donde, según la tradición, el cuerpo de Cristo fue depositado y preparado para el entierro en la sábana que la tradición católica identifica con la Sábana Santa de Turín. Toda la historia y la fe del cristianismo se asientan sobre esa tumba vacía.

Este templo, además, es escenario de un delicado equilibrio interconfesional. Diversas iglesias —católica, ortodoxa griega, apostólica armenia, copta, siríaca y etíope— comparten su administración bajo el denominado Status Quo, un acuerdo vigente desde el siglo XIX que regula con precisión horarios, espacios y derechos de culto. Este sistema, aunque complejo, ha permitido evitar conflictos mayores. Alterarlo, incluso indirectamente, implica abrir la puerta a tensiones de difícil contención.

La falta de sensibilidad que han tenido las autoridades con miles de millones de personas que viven estas fiestas religiosas con especial fervor ha sido pasmosa, generando una reacción en cadena que no se hizo esperar. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, consideró la situación como una “ofensa” no solo para los creyentes, sino para toda comunidad que reconozca la libertad religiosa.

Por su parte, el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, que generalmente apoya los puntos de vista de Israel, dijo que la policía se había extralimitado al impedir la entrada a Pizzaballa. Y añadió que a pesar de que los lugares sagrados de la Ciudad Vieja permanecen cerrados por motivos de seguridad, las restricciones son para multitudes, y ese no era el caso. Para él, no hubo nada que justificara esa decisión. De hecho, al día siguiente se autorizó la celebración de la Bendición Sacerdotal de Pésaj —la Pascua judía— en el Muro de los Lamentos de Jerusalén limitando el acceso a 50 sacerdotes que participaron en el acto.

El primer ministro canadiense fue enfático al afirmar que “las personas de todas las religiones en Jerusalén deben poder practicar su fe libremente, plenamente y sin temor”. Y Emmanuel Macron, desde París, también condenó la decisión de la policía israelí, subrayando que “el libre ejercicio del culto en Jerusalén debe garantizarse para todas las religiones”.

Y es que a estas acciones ya las habían precedido otras. A principios del conflicto con Irán, coincidiendo con el mes de Ramadán, la Policía impidió la celebración de cualquier tipo de ceremonia para los fieles musulmanes en la Explanada de las Mezquitas. Este es el tercer lugar más sagrado para el Islam pues, según el Corán, desde allí ascendió a los cielos el profeta Mahoma. Quienes se acercaron a la gran explanada por esas fechas con el fin de rezar, así como a las calles aledañas a las murallas de la Ciudad Vieja, fueron reprimidos con violencia.

La libertad religiosa no es una concesión discrecional del poder político; es un derecho fundamental reconocido por el derecho internacional y piedra angular de cualquier sociedad democrática. En contextos tan sensibles como Jerusalén, su respeto no solo es una obligación jurídica, sino una condición indispensable para la convivencia pacífica.

Las autoridades israelíes enfrentan, sin duda, desafíos complejos en materia de seguridad. Sin embargo, en una ciudad donde cada gesto tiene implicaciones simbólicas profundas, actuar sin la debida sensibilidad puede avivar tensiones que trascienden lo local.

Defender la libertad de culto en Jerusalén no es tomar partido por una religión sobre otra. Es, por el contrario, afirmar un principio universal: que toda persona, en cualquier lugar, debe poder practicar su fe sin obstáculos indebidos. Cuando ese principio se vulnera en uno de los epicentros espirituales del mundo, la preocupación deja de ser local para convertirse en un asunto de conciencia global.

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