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El caso de Starmer en el Reino Unido es ilustrativo de una dinámica más amplia: gobernar bajo el “viejo orden” se ha vuelto casi imposible.
Hay un fenómeno político que está llamando poderosamente la atención y es el rápido desgaste del gobierno en el Reino Unido. Hace menos de dos años, en julio de 2024, el Partido Laborista, liderado por Keir Starmer, regresó al poder con mayorías sólidas en el Parlamento y un triunfo contundente que ponía fin a 14 años de gobierno conservador. Sobre el papel, pocos primeros ministros llegaban a Downing Street en mejores condiciones para gobernar.
Pero la noticia es que no se trata de un hecho aislado, sino un síntoma de una transformación más profunda en la política europea. Lo que está en juego no es únicamente la suerte de un primer ministro, sino la capacidad misma de los partidos tradicionales para gobernar en un entorno cada vez más volátil.
El Reino Unido venía de un prolongado periodo de inestabilidad política, particularmente desde el referendo del Brexit en 2016. En apenas ocho años, los británicos vieron desfilar a cinco primeros ministros conservadores: David Cameron, que renunció tras perder el referéndum sobre la salida de la Unión Europea; Theresa May, derrotada por su propia bancada al no lograr un acuerdo con Bruselas; Boris Johnson, derrumbado por escándalos durante la pandemia; Liz Truss, cuyos 49 días en el cargo pasaron a la historia por haber durado menos tiempo que una lechuga; y Rishi Sunak, encargado de administrar la derrota anunciada. La economía del país, mientras tanto, llevaba casi una década en total estancamiento.
Con ese telón de fondo, Starmer construyó su narrativa de campaña, basada en la promesa de “poner fin al desorden”, que encajaba con el agotamiento ciudadano y una agenda de cambio que el electorado parecía pedir a gritos.
Sin embargo, lo que ha ocurrido desde entonces es uno de los desplomes más vertiginosos que se recuerdan en la política británica. Starmer es hoy uno de los primeros ministros más impopulares desde que existen mediciones, con una favorabilidad en algunas a veces incluso peor que la de Liz Truss. La intención de voto del Partido Laborista oscila ahora alrededor del 18%, la cifra más baja para un partido en el gobierno desde los años cuarenta.
Las causas se han ido encadenando. La primera gran herida fue autoinfligida: pocas semanas después de asumir, su gobierno anunció el recorte de un subsidio histórico para los pensionados británicos en una decisión que coincidió, además, con revelaciones incómodas sobre regalos personales que había recibido el propio Starmer. A esto siguieron una serie de retrocesos sonoros —reformas frenadas por su propia bancada, leyes clave hundidas en el Parlamento, ajustes fiscales que terminaron descafeinados ante la presión interna— que han ido proyectando la imagen de un gobierno paralizado: incapaz, incluso teniendo mayoría, de sacar adelante sus propias reformas.
A esto se han sumado escándalos mayores. El más grave, el del nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, terminó con su salida cuando emergieron documentos que revelaron vínculos con el pederasta Jeffrey Epstein. La salida de Angela Rayner, vice primera ministra, por una disputa con la autoridad tributaria, completó el cuadro. En menos de dos años, Starmer ha perdido dos jefes de gabinete, cuatro directores de comunicaciones y once ministros: una rotación impropia de un gobierno con mayoría absoluta.
Por todo esto, la pregunta política en el Reino Unido ya no es si Starmer podrá reelegirse en 2029, sino si logrará terminar siquiera su mandato. Las elecciones locales del 7 de mayo se anticipan como un baño de sangre electoral: proyecciones estiman que el laborismo podría perder hasta tres cuartas partes de los escaños municipales que defiende.
El principal beneficiario de este deterioro ha sido Nigel Farage. Su movimiento, Reform UK, que hace un par de años se consideraba marginal, ha ganado terreno de manera sostenida y ha llegado a encabezar los sondeos recientes. Con un discurso contra la migración y agresivamente populista, Farage se ha convertido, según las casas de apuestas, en el favorito para ser el próximo primer ministro británico.
Pero el caso británico no es la excepción: es parte de una tendencia cada vez más nítida en Europa (por no hablar de otras tierras). En Francia, el Rassemblement National de Marine Le Pen y Jordan Bardella encabeza los sondeos para la presidencial de 2027, mientras los gobiernos centristas se desploman uno tras otro. En Alemania, la Alternativa para Alemania ha igualado o superado a la Unión Demócrata Cristiana en sondeos recientes.
Según un cálculo reciente de The Economist, agrupando a las distintas formaciones por familias ideológicas, los partidos de la derecha populista son ya, por primera vez en la historia moderna del continente, la fuerza política más votada de Europa, por encima de socialdemócratas y conservadores tradicionales, aunque sin mayorías para gobernar en solitario.
El caso de Starmer es ilustrativo de una dinámica más amplia: gobernar bajo el “viejo orden” —el de los grandes partidos de centro-derecha y centro-izquierda que se alternaban el poder desde la posguerra— se ha vuelto, en muchas democracias, una tarea casi imposible. Ya no basta con ganar elecciones: hay que sostener gobiernos en medio de electorados volátiles y oposiciones populistas que con ayuda del ecosistema digital capitalizan cada error.
Nada muy distinto a lo que también hemos vivido en Colombia.