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¿La Selección Colombia?

La política no es fútbol, pero sí exige algo similar en visión estratégica y coordinación. ¿Qué sentido tiene reunir a nueve figuras destacadas si no le ofrecen al país una hoja de ruta conjunta? ¿Si no se comprometen a trabajar como equipo en el evento en que lleguen al Gobierno?

hace 3 horas
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  • ¿La Selección Colombia?

Con la llamada Gran Consulta –conformada por nueve figuras con trayectoria y reconocimiento en distintos sectores del país– Colombia tiene sobre la mesa la oportunidad histórica de articular una alternativa de sensatez política y de rigor técnico para gobernar el país.

Pero por aquellos dislates de la historia ninguno de ellos está punteando en la intención de voto. Ya ha ocurrido también en otros países: la revolución de los dispositivos electrónicos personales, les facilitan a los candidatos más extremos activar los sesgos de cada individuo, y les hace el camino más difícil a quienes apuestan a la razón más que a las emociones.

A menos de un mes de las elecciones, este grupo de figuras políticas, no ha logrado construir una narrativa compartida. Colombia necesita que este puñado de talentos entienda que no son tiempos para seguir haciendo lo de siempre.

Los colombianos ya hemos sido testigos de cómo los liderazgos individuales, cuando se articulan bajo un propósito superior, logran producir transformaciones. La Selección Colombia de los grandes momentos no se conformó con tener buenos jugadores en cada posición: se convirtió en equipo victorioso cuando definió una identidad compartida, una meta común y cada uno puso su cuota de sacrificio en función del colectivo. La política no es fútbol, pero sí exige algo similar en términos de visión estratégica y coordinación. ¿Qué sentido tiene reunir a nueve figuras destacadas si no le ofrecen al país una hoja de ruta conjunta? ¿Si no se comprometen a trabajar como equipo en el evento en que lleguen al Gobierno?

No se cuestiona aquí la calidad individual de quienes la integran. Al contrario: cada uno tiene credenciales suficientes para asumir responsabilidades de alta complejidad en el Estado. Enrique Peñalosa tiene experiencia en transformar ciudades para beneficio de la gente como ningún otro en el país. Aníbal Gaviria lleva a cuestas el liderazgo regional: en Medellín y Antioquia lo han elegido una y otra vez porque ha probado su calidad en el ejercicio del gobierno. Paloma Valencia tiene rigor para el debate, constancia en el trabajo legislativo y un sentido de responsabilidad que privilegia el largo plazo por encima del aplauso inmediato. Juan Carlos Pinzón ha demostrado ser capaz de crear y aplicar una estrategia de seguridad para que la gente no tenga que sufrir violencia infinita en los campos. Mauricio Cárdenas ha manejado la economía del país en momentos complejos, entiende de finanzas públicas, energía e infraestructura, y sabe tomar decisiones difíciles sin improvisación. Juan Daniel Oviedo, desde su paso por el DANE, personifica una política guiada por los datos, la evidencia y la transparencia. Vicky Dávila ha construido un perfil combativo contra la corrupción y con gran sentido de humanidad desde el periodismo. David Luna representa una generación política cercana a los sectores de innovación y tecnología. Y Juan Manuel Galán encarna el reformismo liberal con un compromiso histórico con la salud y las libertades individuales.

Cada uno, por separado, podría ser presidente o liderar con eficacia una cartera ministerial o un programa nacional. Lo que les falta no es capacidad: es narrativa colectiva y una vocación clara de equipo. Una selección de fútbol no gana porque cada jugador sea el mejor en su posición, sino porque cada uno decide poner el hombro en favor del equipo. Y si se quiere una metáfora aún más exacta: una orquesta no conmueve por el virtuosismo individual de cada músico, sino por su capacidad de interpretar la misma partitura bajo una misma batuta. ¿Cuál es la partitura de esta consulta? ¿Qué melodía están intentando tocar? ¿Cómo logran transmitir cuál es el proyecto de país que encarnan juntos?

Este déficit es aún más grave cuando se les compara con otras figuras de la contienda presidencial. Algunos, como Iván Cepeda o Abelardo De la Espriella, representan los extremos ideológicos de un país ya azotado por la polarización. Ambos han tenido presencia mediática y capacidad de movilización, pero carecen de experiencia en el manejo del Estado. El uno ha hecho de la política un escenario de confrontación constante; el otro, una plataforma de controversia.

La Gran Consulta podría ser, todavía, un punto de inflexión. Pero necesita con urgencia definirse como algo más que un mecanismo electoral. En cuanto a Sergio Fajardo, así formalmente no se haya inscrito en ninguna consulta, bien podría sumarse con su capital político, como la figura que conoce la complejidad del Estado desde adentro y puede ser garantía de respeto por todas las ideas.

Lo que está en juego es mayor que cualquier candidatura individual: esta consulta podría ser la plataforma de una verdadera Selección Colombia.

Si no lo hacen, si persiste esta lógica de candidaturas sueltas sin rumbo común, la consulta será recordada no por lo que ofreció, sino por lo que desperdició. Y para un país con tantas urgencias acumuladas, ese error no es menor: es una tragedia política. .

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