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Las baterías: la otra gran revolución

Si el siglo XXI va a ser eléctrico, como parece inevitable que lo sea, entonces el desarrollo de las baterías podría llegar a ser tan estratégico como lo fue el petróleo en el siglo XX.

hace 9 horas
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  • Las baterías: la otra gran revolución

A la humanidad, de tanto en tanto, le aparece una revolución que transforma de manera profunda la manera cómo viven los seres humanos.

Las revoluciones de antes se tomaban mucho tiempo para darse. Desde el dominio del fuego hasta la revolución agrícola, que dio origen a la propiedad y a las primeras ciudades, así como la revolución cognitiva, gracias a la cual el homo sapiens creó lenguajes complejos, pasaron cientos de miles de años.

En los últimos siglos ha aumentado la velocidad con la que se presentan esos cambios profundos. A finales del siglo XVIII, por ejemplo, fue la máquina de vapor, que dio pie a la revolución industrial. A comienzos del siglo XIX, los ferrocarriles cambiaron la manera de conectarnos con el mundo. Y la electricidad, con todo lo que ella implica, sacudió el mundo arrancando el siglo XX.

Pero, desde la segunda mitad del siglo XX las revoluciones se han venido acelerando. Los primeros computadores, seguidos por internet y los teléfonos móviles, se dieron en un corto lapso. Y ahora, estamos viviendo dos grandes revoluciones al mismo tiempo.

La Inteligencia Artificial (IA) generativa ha tendido a llevarse los reflectores y con razón. Cualquiera puede hoy creer que una nueva era como en las viejas películas de ciencia ficción podría estar a la vuelta de la esquina. Sin embargo, en paralelo, con menos glamour y menos reflectores, se está gestando la revolución de las baterías.

El tema lo hemos mencionado ya, pero hoy cobra interés porque se espera que el 2026 sea un año bisagra.

Sin los avances en baterías, por ejemplo, la revolución de los smartphones no habría sido posible: la durabilidad y la mayor capacidad de sus baterías son lo que permite que funcionen con una pantalla grande encendida todo el día. No basta tener electricidad.

Así mismo, solo gracias al progreso en la tecnología de las baterías podemos hablar de “transición energética”: la humanidad podrá depender menos de los combustibles fósiles gracias al desarrollo de baterías para almacenar enormes cantidades de energía, gracias a que aumenta la capacidad de almacenamiento podemos tener carros eléctricos y soluciones para la intermitencia que conlleva la generación solar y eólica a gran escala.

La caída vertiginosa en el costo de las baterías es parte también de la revolución. El precio de los paquetes ha caído más de un 98% de 1991 a hoy, una reducción promedio del 12% anual. En 2010, almacenar un kilovatio-hora costaba más de 1.200 dólares; hoy ese mismo almacenamiento cuesta alrededor de 100 dólares y continúa bajando.

No se trata solo de autos eléctricos. Cada dron que sobrevuela campos agrícolas o zonas de guerra depende de una batería. Las baterías también son ahora el corazón de equipos médicos avanzados, de instalaciones de respaldo energético en hospitales, de embarcaciones y maquinaria pesada, y de los sistemas portátiles que usan desde bomberos hasta científicos en lugares remotos. Incluso en los data centers que alimentan la Inteligencia Artificial, la energía almacenada en baterías permite enfrentar picos de consumo y cortes inesperados. Sin esta capacidad de almacenamiento, gran parte de la infraestructura eléctrica moderna colapsaría ante las intermitencias de la generación renovable o las nuevas exigencias del mundo digital. Y ni hablar de la búsqueda de vida en el cada vez más inmenso universo: dependerá del avance de las baterías.

China ha sabido anticipar esta tendencia y ha construido una posición de liderazgo casi total. Más del 75% de las baterías del mundo se fabrican en ese país, con gigantes como CATL produce una de cada tres baterías de carros eléctricos y sistemas de almacenamiento.

Si el siglo XXI va a ser eléctrico, como parece inevitable que lo sea, entonces el desarrollo de las baterías podría llegar a ser tan estratégico como lo fue el petróleo en el siglo XX. Y ese es un hecho que el hemisferio occidental y América Latina no pueden ignorar.

En un mundo obsesionado con la IA conviene no perder de vista que toda esa inteligencia necesita un cuerpo para actuar. Y ese cuerpo es, cada vez más, eléctrico. Las baterías, en ese sentido, serán el corazón silencioso no solo de esta nueva revolución, sino de muchas otras: habilitarán la transición energética, acelerarán el salto hacia una movilidad que deje atrás al motor de combustión, y están empezando a redefinir incluso la forma de hacer la guerra con el despliegue masivo de drones y sistemas no tripulados. Y, muy probablemente, serán también la base de innovaciones que todavía no somos capaces de anticipar.

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