Pico y Placa Medellín
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Medellín no es perfecta. Nunca lo ha sido. Pero tiene algo que escasea en la política nacional: gente que hace las cosas bien y respeta lo público.
Colombia atraviesa uno de esos momentos en que el caos parece devorarlo todo –el debate público, la energía cívica, la fe en las instituciones– y resulta fácil caer en el lugar común del pesimismo.
Por eso queremos dedicar este espacio a destacar y aplaudir esas pequeñas cosas, expresiones de civismo, esfuerzo y compromiso que, silenciosamente, construyen tejido social en Medellín y Antioquia.
Se trata de esa ciudad que no aparece en los titulares estridentes y nos da pie a la esperanza. Medellín no es perfecta. Nunca lo ha sido. Pero tiene algo que escasea en la política nacional: gente que hace las cosas bien y respeta lo público.
Están los que hacen fila. Suena trivial hasta que uno lo piensa: hacer fila es un acto de civilidad radical en un país donde el vivo siempre se ha querido colar. El paisa que espera su turno en el metro, en la clínica, en la ventanilla del banco, está haciendo algo más que esperar: está votando, cada día, por un orden que funcione. Esa fila silenciosa es más democrática que muchos discursos.
Están los empresarios que se levantan a las cinco de la mañana a sostener negocios en medio de la incertidumbre. Los que exportan flores, textiles, software y no piden subsidios sino reglas claras. Los que contratan, capacitan, apuestan. Ese empresariado antioqueño —al que tanto le gusta caricaturizar la izquierda como villano de clase— es, en buena medida, el colchón que ha impedido que ciertos sectores en Colombia caigan del todo cuando los gobiernos fallan.
Están los concejales que denuncian. En un país donde la política local suele ser el espacio más poroso a la corrupción, en Medellín hay concejales que se paran en el micrófono a decir lo que no les conviene decir. Que cuestionan contratos, señalan irregularidades, piden cuentas. No son héroes de película, pero son la primera línea de control democrático.
Y están los gobernantes que cuidan los recursos. Los que saben que el presupuesto público es plata de la gente y no botín de nadie. Medellín ha tenido alcaldes con visión de largo plazo —no todos, no siempre— que han entendido que una ciudad se construye en décadas y que el crédito político de hoy no vale si se hipoteca el futuro. El presupuesto de la ciudad para 2025 alcanzó los 10,96 billones de pesos —un 25% más que el año anterior—, con más del 82% destinado a inversión social. El metro, el urbanismo social, las bibliotecas en los barrios: nada de eso cayó del cielo.
Luego está la cultura. Hace menos de un mes, la Unesco designó a Medellín como Capital Mundial del Libro para 2027. El reconocimiento no sorprende: en la ciudad, el número de librerías ha crecido 542% en las últimas siete décadas y hoy lidera el índice de lectura en el país. Contamos con más de 110 librerías y 25 bibliotecas, algunas de ellas en espacios en donde funcionaba una cárcel o una estación de policía. Solo en 2025, el Sistema de Bibliotecas Públicas recibió 4,7 millones de visitantes. En 2026, la Alcaldía lanzó estímulos por más de 8.000 millones de pesos para proyectos artísticos y de formación cultural. Y a ese esfuerzo público se suma la inversión privada de Comfama, EPM, la banca y el sector empresarial en festivales, museos y espacios de creación que ningún decreto obliga a financiar.
Medellín es capital mundial de algo más amplio que el libro: aquí tenemos la convicción de que el arte y la cultura no son adorno sino alma e infraestructura. El Hay Festival, el Festival Internacional de Poesía, la Fiesta del Libro, Botero en plena plaza pública, el Jardín Botánico convertido en escenario permanente: todo eso ha sido instrumento de reconciliación en comunas que vivieron la guerra y argumento de peso para atraer talento, turismo e inversión internacional. Una ciudad que financia el arte y la cultura no está siendo generosa. Está siendo inteligente.
Desde el ciudadano que respeta la norma hasta el funcionario que protege el erario se configura una forma de resistencia cívica. No es una resistencia estridente ni mediática. Es, más bien, una ética compartida que se expresa en actos pequeños pero acumulativos. Y no dudamos que es allí donde Medellín encuentra una de sus mayores fortalezas.
Nada de esto implica desconocer los problemas. Pero tampoco se puede permitir que la narrativa del fracaso opaque aquello que funciona. Porque lo que funciona —aunque no haga ruido— es lo que, en última instancia, sostiene a la ciudad y la esperanza.
Los países no se salvan solo desde arriba. Se salvan también desde las ciudades que deciden funcionar, desde los ciudadanos que hacen fila, desde los empresarios que insisten, desde los funcionarios que se niegan a robar, desde los artistas que llenan de sentido los barrios que antes llenaba el miedo. Como dicen el alcalde Federico Gutiérrez y el gobernador Andrés Julian Rendón: “si Medellín y Antioquia resisten Colombia se salva”.