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Mientras en los años 60 se hablaba de misiones puntuales, el objetivo ahora es la presencia sostenida. El programa contempla una estación espacial en órbita lunar, una colonia e instalar un reactor nuclear.
Una de las preguntas más recurrentes de la historia del siglo XX es si fue verdad que el hombre pisó la Luna en 1969. Se ha convertido casi en un mito urbano afirmar que esa hazaña fue un engaño. Y esas dudas han reaparecido ahora que, más de medio siglo después, el ser humano decide intentar volver.
Con el regreso surgen nuevas preguntas, algunas legítimas y otras alimentadas por la desconfianza: ¿Por qué si en 1969, con una tecnología de cómputo equivalente a la de un celular básico de hoy, pudieron alunizar, ahora el proceso es tan largo y cauteloso? ¿Por qué la fotografía de la Tierra tomada desde el Apolo XVII se veía tan nítida y algunas imágenes de Artemis generan comparaciones desfavorables, pese a todos los avances tecnológicos?
Sin embargo, hay argumentos sólidos y evidencia física verificable que confirman que el viaje fue real. En 1969 se trajeron 382 kilos de rocas lunares que han sido estudiadas por científicos de docenas de países, incluida la entonces Unión Soviética —que no solo jamás denunció un fraude sino que, por el contrario, felicitó públicamente a Estados Unidos—. Se instalaron retroreflectores en la superficie lunar que siguen siendo usados hoy por observatorios de todo el mundo para medir con láser la distancia de la Tierra a la Luna. Los módulos de las naves Apolo son visibles con telescopios modernos de alta resolución. Y, sin duda, mantener un secreto de esa magnitud entre más de 400.000 personas habría sido humanamente imposible.
A pesar de toda esa evidencia, se calcula que alrededor del 20 por ciento de la población mundial sigue convencida de que el hombre nunca llegó a la Luna y que lo que vimos fue el set de una película. Una teoría conspirativa que funciona con la misma lógica que aquella más reciente según la cual las vacunas contra el covid incorporaban un chip en el cuerpo: la certeza inamovible frente a cualquier dato, la ideología impuesta sobre la razón y la ciencia.
Hace más de cincuenta años, Estados Unidos y la Unión Soviética libraron una batalla de prestigio para ver quién clavaba primero su bandera en la Luna. El objetivo era demostrar superioridad tecnológica como parte de una disputa geopolítica e ideológica más amplia sobre cuál potencia modelaría el mundo. En 1969 EE.UU. ganó esa carrera. Para 1972, doce astronautas habían caminado por la Luna y más de 26 habían participado en misiones espaciales. Pero el programa era demasiado costoso. El presidente Nixon dio por ganada la competencia frente a la URSS y la NASA vio cómo su presupuesto —que había llegado al 5% del gasto federal— se desplomaba hasta el 0,35% actual. Los dos presidentes Bush mencionaron la idea de volver, pero sin comprometer recursos reales. En ese interregno, la NASA construyó la Estación Espacial Internacional, puso telescopios gigantescos en órbita y envió robots a Marte.
Lo que ha cambiado el cálculo fue China. Con la convicción de que el programa espacial refleja el poder de una nación, llegaron en 2013 a posar una nave no tripulada en la Luna y aspiran a enviar humanos en 2030. Eso bastó para que Estados Unidos retomara la idea de volver, pero esta vez con una ambición distinta.
Mientras en los años sesenta se hablaba de misiones puntuales —llegar, plantar una bandera, regresar—, ahora el objetivo es una presencia sostenida. El programa Artemis, que ha costado hasta ahora 93.000 millones de dólares, contempla construir una estación espacial en órbita lunar, establecer una colonia en la superficie e incluso instalar un reactor nuclear. La Luna como base de operaciones para explorar el resto del sistema solar. Artemis I envió antes una nave no tripulada alrededor del satélite. La Artemis II, en curso, lleva astronautas en órbita lunar sin posarse en el satélite. La Artemis III, que pondría pie humano en suelo lunar por primera vez desde 1972, no llegará antes de 2028, por razones de seguridad: los estándares actuales son mucho más exigentes que los de los años sesenta. Ya existe el cohete que los llevará, el Space Launch System. SpaceX y Blue Origin trabajan en las naves de descenso. Sesenta países, incluida India, han firmado acuerdos de cooperación.
Ese espíritu de colaboración es lo que más le importa a la astronauta Christina Koch, una de las tripulantes de la Artemis II: “Estamos en un momento en el que reconocemos la importancia de que, si no lo hacemos para todos y por todos, no estaremos respondiendo verdaderamente al llamado de la humanidad a explorar”. Una visión generosa, la de una científica que todavía cree en el proyecto común de la especie.
El problema es que el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, firmado en 1967, establece que nadie puede poseer la Luna, pero sí explotar sus recursos. Y ahí es donde el idealismo se disuelve. Quien llegue primero se instalará cerca de los mejores yacimientos de agua, minerales y tierras raras. La carrera de los años sesenta tenía algo de épica; esta tiene algo de fiebre del oro.
Quizás ambas cosas puedan ser ciertas al mismo tiempo: que sea un logro de la humanidad y que sea también un negocio. Que Christina Koch tenga razón, y que los accionistas de SpaceX también cuenten con la suya.