Pico y Placa Medellín
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Fueron momentos difíciles de asimilar. Había víctimas de todas las condiciones y circunstancias generadas por la violencia y la intimidación del narcotráfico durante los ochenta y noventa. ¿Quién podría imaginar que ese edificio, el Mónaco, que albergó a un capo mafioso tan temido caía con la idea de honrar a sus víctimas? Un poder ilegal que asesinó a jueces, periodistas, políticos, empresarios y ciudadanos de a pie, muertos bajo las ondas y las esquirlas de sus bombas y el plomo de sus balas terribles.
Hubo una sensación pasajera de sanación. Parcial, pero necesaria y reconfortante, porque al final se impusieron el Estado de Derecho y los ciudadanos que padecieron los atropellos de Pablo Escobar, el Cartel de Medellín y sus bandas rivales, que convirtieron a Colombia en charca de sangre y en reguero de escombros.
La realidad irreversible de la demolición del Mónaco, con tantas discusiones a bordo, propició algo de resarcimiento, de alivio simbólico a decenas de familiares de los inmolados en medio de la cruenta guerra desatada por las mafias contra el Estado, y entre ellas.
Los familiares de aquellos valientes que se opusieron o padecieron el terror de Escobar y su régimen de amenazas y corrupción, se sintieron representados por la frase del entonces ministro de Justicia, Enrique Low Murtra: “me puede temblar la voz, pero no me tiembla la moral”. De esa profundidad fue el estremecimiento de la gente reunida para ver la caída de la casa de un victimario impiedoso.
Este acto, de perceptible incidencia en la opinión pública, dado que reeditó discusiones aplazadas y necesarias sobre los dilemas éticos y morales que trajeron a la ciudad y el país la pervivencia y el influjo de los patrones mafiosos, abrió paso a las voces acalladas y ausentes de quienes nunca antes encontraron medios y espacios para relatar su sufrimiento y reclamar su derecho a la reparación simbólica y efectiva de los daños y pérdidas que dejó el período nefasto en que Colombia estuvo a las puertas de ser un Estado fallido y penetrado en sus cimientos por el narcotráfico.
En los rostros de muchos asistentes se percibían años de indiferencia y olvido, en una larga y obligada estadía en la amargura y la impotencia. Convocar a las víctimas a esta demolición las reivindicó y las hizo visibles ante sus conciudadanos y ante el mundo, en una sociedad que hoy reclama verdad ante los innumerables hechos de violencia y violación de derechos humanos que le ha traído la ocurrencia de conflictos políticos, sociales y económicos prolongados y devastadores.
Ahora Medellín, con esta demolición, se permite una catarsis que le ayuda a seguir “abrazando su historia”, a recorrerla sin ocultarla, pero también se facilita una introspección amplia respecto de las acciones colectivas que la llevarán a una transformación cultural que anule cualquier forma de aceptación, simpatía o complicidad con lo ilegal.
La nube de polvo que se levantó con la implosión del Mónaco no puede ocultar los numerosos y hondos interrogantes que confrontan a la sociedad colombiana, ante los males y debilidades de ilegalidad y corrupción que hoy todavía la afectan y le roban progreso y bienestar.
El derribo de ese hito del narcotráfico y su violencia, por supuesto tiene que realzar a las víctimas y su valor, pero tiene que ser, ante todo, el símbolo de un rechazo general a quienes buscan poder y fortuna en la ilegalidad.