Barbara, de Christian Petzold

Una mujer, una idea libertaria

Por: Oswaldo Osorio


La libertad es una afortunada condición que sistemáticamente la gente, sobre todo de nuestro tiempo, desestima en función de su aborregado sometimiento a la sociedad y su afán de productividad. En este siglo XXI que ya está despegando, una considerable porción de la población mundial tiene libertad de movilizarse, elegir en qué quiere creer y ser dueños de sus acciones cotidianas y vitales. Solo cuando les quitan esa libertad es cuando recuerdan que la tienen. Y si no se las quitan, para eso –entre otras cosas– están películas como esta, para tener presente que hubo (y hay) oscuros tiempos y lugares cuando y donde se imponían límites para vivir y para pensar.

Barbara (Christian Petzold, 2012) es una de esas películas. Corre el año de 1980 y en la República Democrática Alemana existen esas limitaciones, el ahora discontinuo muro de Berlín sigue ahí, como una cicatriz, para dar testimonio de la existencia de ese Estado restrictivo y represivo. Y es en este escenario donde “se mueve” la protagonista que se llama como la película. Aunque se mueve condicionada por las mencionadas limitaciones, sobre todo porque es un elemento sospechoso para el régimen, lo cual implica que sus límites son aún más estrechos y la opresión que padece es todavía más intensa.

Lo que hace un Estado como este es castigar y vigilar. En ese orden para el caso de Barbara, o al menos en el argumento de la película, pues primero fue encarcelada y luego desterrada al hospital de un pueblo remoto donde deberá ejercer su profesión de médica, para después ser sometida a una asfixiante y humillante vigilancia por parte de la Stasi local (policía secreta). De entrada ya aquí están planteados dos de los conflictos que debe enfrentar esta mujer. Porque ser desterrada y vigilada solo son la base de sus problemas, pues en aquel pueblito el más mínimo detalle puede significar dificultades: encariñarse con una paciente, la relación con sus colegas, fumar cigarrillos occidentales, en fin.

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En la mira, de David Ayer

Dos policías van al trabajo

Por: Oswaldo Osorio


Los thrillers policiacos son muy comunes en el cine de Hollywood, desde Arma mortal (con sus cuatro entregas) hasta Bad boy (de la que ya alistan la tercera) la mayoría de ellos son solo una excusa para hacer películas de acción con unos héroes que buscan tener gracia y glamur. No obstante, En la mira (End of watch), ensaya un registro distinto, no solo con su relato de corte documental, sino y sobre todo, con la construcción de sus personajes.

Una pareja de policías en Los Ángeles patrulla las calles de los barrios latinos, donde tienen que acudir tanto a llamados de problemas domésticos como a enfrentarse con la violencia de las pandillas respaldadas por los carteles mexicanos de la droga. Al principio parece solo un capítulo más de la serie televisiva Cops, pero luego se puede ver que ese día a día se los policías es para dar cuenta de otros asuntos de fondo, como la relación entre ellos y la visión del mundo criminal en esa ciudad desde su punto de vista.

Sobre lo primero que se debe reflexionar es acerca de ese punto de vista, pues podría verse como una historia con tendencias fascistas, pero si se analizan los matices que propone la película, se puede ver que esa no es su intención ni ideología de fondo. Es cierto que la pareja de policías son como unos cowboys urbanos que buscan combatir el crimen con la violencia que sea necesaria, pero esos matices están, precisamente, en la construcción de los personajes, pues el relato le dedica mucho tiempo a que el espectador los conozca, y es posible ver en ellos una honesta vocación y sin fanatismos. El guion sabe construir su universo personal y la ética que los sustenta como personas y como policías.

Esta construcción y esos matices se logran, especialmente, a partir de la relación que se establece entre los dos policías, uno blanco y el otro latino. Y la intención de mostrarlos sin los vicios de cualquier fanatismo empieza por esta combinación étnica, pues siempre se hace evidente que hay unos afectos y una camaradería por encima de estas diferencias. Incluso hacerle frente a esas diferencias, ya con chistes o reflexiones serias, hacen parte de esa cercanía entre ellos. Porque se trata también de una historia de amistad, donde un par de amigos estrechan vínculos en medio de su trabajo, que podría ser cualquiera, pero que en este caso, por ser policías, hay unas implicaciones éticas y sociales.

La cinta también hace evidente su vocación de mirar el tema desde una perspectiva distinta con su tratamiento visual, pues se trata de una propuesta con una narrativa de tipo documental, casi de reality, que no hace concesiones a ese público que tal vez cree que va a ver una película de acción, llena de imágenes grandilocuentes y efectos. Aquí, por el contrario, resulta incluso difícil acostumbrarse a esa imagen sucia y precaria (más aún con la imagen oscura que hace meses tiene una de las salas de Cine Colombia Unicentro), pero justo ese tratamiento intensifica la sensación de realismo y veracidad de la historia y los personajes.

No se trata tampoco de una película que va a cambiar el género, pero decididamente es una propuesta diferente, con acción para quienes buscan acción (sin glamur ni efectismos eso sí), con la presentación de unos personajes sólidos y llenos de matices que son el objetivo principal del relato, y con la visión de fondo de una ciudad donde la criminalidad ya mira sin parpadear a la ley.

Edificio Royal, de Iván Wild

Habitantes desvencijados

Por: Oswaldo Osorio


El cine colombiano anda en una saludable etapa de búsquedas y exploraciones, o al menos de ensayar narrativas y formatos que si bien han sido recurrentes en el cine mundial, son inéditos en la producción nacional. Esta película de Iván Wild cabe en tal descripción, porque se aventura a proponer una historia coral, con un espacio que se convierte en un personaje más y un tono en el relato que resulta difícil, para bien y para mal, de definir con un solo rótulo.

El edificio venido a menos es el mencionado personaje y también el espacio que determina al tipo de personajes que lo habitan y la atmósfera que caracteriza el relato. Su lustroso pasado, contrastado con el desvencijamiento actual, impone un drama que empieza en sus descoloridas paredes y el malfuncionamiento de sus servicios y estructuras, pero que tiene continuidad en las personas que también resienten el paso del tiempo, ya sea por el deterioro del cuerpo, el desvanecimiento de la memoria o la cercanía de la muerte.

Esta conexión entre entorno material y las vicisitudes y estados de ánimo de la gente es el alma de la historia, algo que es expresado con eficacia desde la puesta en escena y que dota de un distinto interés e intensidad a cada personaje y su respectiva historia: a la dueña que con dificultad trata de guardar las apariencias (las suyas y de su inmueble), al frustrado embalsamador y su soñadora esposa, a la pareja de ancianos que luchan contra el olvido y al conserje que carga con el peso de todo ese deterioro, tanto de las paredes como de las personas.

En la naturaleza y los hábitos de estos personajes es posible encontrar desde lo cotidiano hasta lo insólito o extravagante, y es en estas últimas características en lo que el director (y su co-gionista, Carlos Franco) se apuntalan para construir las cinco tramas individuales –que apenas ligeramente se rozan- y con lo que pretenden crear un tono de comedia (ya negra o absurda) que solo consiguen con fortuna de forma parcial. Porque si esto es una comedia, que es como lo han promocionado, se trata de un humor que apela más al patetismo que al ingenio de las situaciones cómicas, las cuales tienden a ser más bien predecibles y obvias.

Es cierto que la cinta en este sentido tiene algunos momentos simpáticos y con chispa, pero su fuerte no es exactamente su supuesto humor, sino más bien esa atmosfera enrarecida que consigue definir la fotografía y la dirección de arte para ese espacio de existencia agónica, así como con el correspondiente talante de sus moradores, con todas sus expectativas y frustraciones.

Es a partir de esta lógica que se podría entender la alusión que se hace con esta película al llamado Gótico tropical, esa especie de género cinematográfico acuñado por el Grupo de Cali a partir de los años setenta –el único género propiamente colombiano- y que aquí se puede ajustar a ese contraste entre el ambiente adverso que exhala todo el edificio y cierto aire festivo de algunas escenas y personajes, así como los ánimos encendidos y expectativa por la final de fútbol que se anuncia ese domingo.

De manera que lo que llama la atención de esta película no es tanto lo cómico, sino todo lo contrario, ese ambiente opaco y de espíritus vencidos en medio de ese lugar caduco, como una distopía en el presente. Porque las dos cosas mezcladas, lo cómico y lo oscuro, no parece encajar muy bien aquí. Y es ese tono del relato, con sus componentes disociados, lo que menos convence de una propuesta a la que, sin duda, se le debe reconocer su preocupación por hacer un cine inteligente, estimulante y que trasciende lo evidente.

The Master, de Paul Thomas Anderson

El sabio y el díscolo

Por: Oswaldo Osorio


Si todo hombre necesita un guía, es tal vez porque la vida necesita instrucciones, por eso hay maestros y discípulos. Aunque esto no es tan simple como suena, y así lo demuestra esta película, una sugerente y nada sencilla pieza en la que el siempre estimulante Paul Thomas Anderson enfrenta a dos hombres, con dos formas distintas de concebir el mundo y afrontar la vida, que no necesariamente son incompatibles, porque de hecho, también se trata de la entrañable historia de una amistad.

Estos dos hombres tienen en común la ambigüedad que los define. Mientras el maestro puede ser visto como un hombre místico, carismático y lleno de una serena sabiduría, también podría verse en él a un falso profeta que engatusa y explota a sus seguidores; el pupilo, entretanto, puede definirse como un ser primario, vicioso y violento, pero también como un hombre en esencia noble y libre de prejuicios.

En este sentido, todo el relato es un constante contrapunto entre un hombre y otro, entre la visión estructurada (independientemente del tipo de ideas en que la basa) y civilizada del uno y el comportamiento errático y de instinto animal del otro. Pero lo que sorprende de esta relación es que parecieran ser dos personas complementarias, como si el díscolo necesitara la mente clara del maestro y a éste le hiciera falta el ímpetu inconsecuente del hombre sin rumbo. Tal vez toda esta película sea para eso, para argumentar la necesidad de ese equilibrio en el hombre, esa pulsión que lo incita tanto a ser un sabio como una bestia.

¿Y al final, qué aprendió el pupilo? Nada, solo charla ligera para entretener a una amante ocasional. Una caricatura de su maestro, no porque no lo respetara, sino porque ese no era su camino. Y en este sentido el director parece tomar posición, inclinándose mejor por el hombre simple y libre que por aquel otro que cree tener conocimiento y sabiduría, pero con una vida llena de lastres.

Es posible que el problema de esta película –al menos para los espectadores impacientes- es que, para llegar a todo esto, Paul Thomas Anderson debe primero construir unos complejos personajes y una historia cargada de una dispendiosa argumentación y una cadena de episodios que solo muy paulatinamente van desarrollando su tesis, por lo cual el relato se puede hacer pesado y casi invariable, al punto que uno siempre está esperando ese gran giro que nunca llega.  Y es que al final las cosas sí cambian en la relación entre estos dos hombres, que es lo importante en la historia, pero el cambio es un anticlímax, el cual es consecuente con la lógica del relato y los personajes, pero anticlímax al fin y al cabo.

El hecho es que Paul Thomas Anderson de nuevo sorprende con una película original y arriesgada, en este caso con mayor densidad en la idea que quiere poner en juego, aunque más austero en los recursos cinematográficos que utiliza. Una película que no hace concesiones al público sino que, por el contrario, lo pone a prueba con el tipo de relato, lo reta a desarrollar sus ideas y lo deja con más preguntas que respuestas.

Cloud Atlas, de Tom Tykwer, Andy Wachowski y Lana Wachowski

La libertad, que todo lo une

Por: Oswaldo Osorio


Después de su icónica y exitosa saga de Matrix, el público esperaba de los hermanos Wachowski otra obra del mismo calado. Y luego del decepcionante traspié de Meteoro (2008), ahora sí respondieron con una pieza monumental en su producción y compleja en sus implicaciones. Porque Cloud Atlas es una película potente y arriesgada, con una atractiva propuesta cinematográfica en su imagen, puesta en escena y secuencias de acción, pero también definida por un trasfondo lleno de connotaciones reflexivas y hasta filosóficas.

De nuevo tuvieron la ambición de proponer una “verdad” como principio que rige su relato y personajes, o como una suerte de esquema para entender –al menos en parte- la vida y que explica el devenir de la humanidad. Articulando las seis historias que desarrolla, la película plantea que hay un espíritu en la naturaleza humana que atraviesa todos los tiempos, un espíritu que consiste en la voluntad de rebelarse contra fuerzas opresivas, de tomar conciencia (aunque sea solo alguien entre todos) sobre la necesidad de pararse firme y enfrentar el abuso, y de paso servir de inspiración para que otros hagan lo mismo.

No importa la época, la situación histórica o la condición del individuo, o si es frenar a un hombre o a un imperio, lo importante es que esa voluntad prevalece en el espíritu humano y tiene unas repercusiones en el tiempo. Esto da como resultado una especie de interconexión entre los hombres de todos los tiempos, dicha interconexión, que se presenta como otra idea de fondo que articula esta fragmentada epopeya, se hace evidente en una estructura narrativa que va y viene entre las seis historias que se desarrollan en tiempos distintos entre el siglo XIX y el XXIV: un estadounidense que toma partido por el abolicionismo, un joven músico que no permite que le roben su obra maestra, una periodista que quiere denunciar el complot de una multinacional, un viejo publicista que urde un plan para escapar de un hospicio, una joven fabricada para usar y tirar que se convierte en inspiración para toda una generación, y un hombre del futuro que vive como los de las cavernas que asume con coraje una misión suicida y redentora.

Guardadas las proporciones, esta monumental película recuerda a Intolerancia (1916), el filme que el padre del lenguaje cinematográfico, David Griffith, realizara luego de hacer una obra parteaguas como lo fue El nacimiento de una nación (1914). Griffith también habla de algo esencial del espíritu humano a través de los tiempos y a partir de cuatro historias contadas por medio del montaje alterno. Luego de su célebre saga (que también es una obra parteaguas para el cine de ciencia ficción, de acción y digital), los Wachowski -con la necesaria ayuda de Tom Tykwer- también crean un ambicioso relato que, por medio de una compleja narrativa, además de buscar impactar y entretener, igualmente plantea una potente idea de fondo que le da sentido a todo. La diferencia es que lo que fuera visto en Griffith hace un siglo como un caos narrativo, en Cloud Atlas es leído con mayor facilidad, esto como consecuencia de estos tiempos cuando (la más de las veces gratuita) la fragmentación narrativa está tan de moda.

Las seis historias de Tykwer y los Wachowski toman cuerpo a medida que avanza y se arma la gran epopeya, y en cada una va despuntando un personaje que, aunque parezca muy diferente a los demás, poco a poco empezamos a ver el hilo invisible que los une. Así mismo, va tomando forma perfecta y casi sincrónicamente la curva dramática de los seis argumentos hasta un múltiple y simultáneo clímax que en todas ellas deja satisfecho al público, tanto por la coherencia con que fueron construidas las historias como por su sintonía con esas ideas de fondo sobre asuntos esenciales de la naturaleza y condición humanas.

Empaquetando esas ideas y dándole forma a esa narrativa, está todo ese gran esfuerzo en el diseño de producción y la puesta en escena, que es donde más se evidencia la monumentalidad de esta película. Los seis distintos ambientes correspondientes a cada historia socorren al espectador, al principio, para diferenciar cada argumento, pero después, el cambio constante de uno a otro son un factor que dinamiza el relato. De igual forma, el uso de un mismo actor para encarnar varios roles de acuerdo con cada historia, permite ver con cierta fascinación el mayor o menor talento de los actores para hacer cambios de registro en su interpretación, así como las habilidades del equipo de maquillaje y vestuario.

Es posible que muchos vean en ella una pieza complicada y pretenciosa, pero lo cierto es que se trata de obra exigente con el espectador, sobre todo en su propuesta narrativa y en el sentido de fondo que une las historias y que es el que les da un significado concreto, a cada acción, a cada personaje y a cada diálogo. Si el espectador sabe seguir la línea argumental de cada uno de los seis relatos y si, además, identifica esa gran idea de fondo que las une, se percatará de que lo complicado se torna rico y complejo, y de la misma forma, verá que de pretenciosa pasa a sólida y ambiciosa.

Los juegos del destino, de David O. Russell

Baila conmigo

Por: Oswaldo Osorio


Esta película tiene casi todos los elementos de una comedia romántica: el esquema del chico que conoce a la chica, el conflicto en relación con la batalla de los sexos y hasta el final feliz. Pero no lo es porque le falta, precisamente, el humor, y es que en realidad se trata de un fuerte drama (al menos en principio) en el que los problemas sicológicos de la pareja protagónica parecen conflictos insalvables, lo cual la hace una cinta intensa y muy atractiva (de nuevo, al menos en principio).

Además, es una historia que, más que de amor, es sobre el desamor, un sentimiento que define a los personajes y sus erráticos comportamientos, pues haber perdido a su pareja, por una u otra circunstancia, es lo que los desestabiliza de tan mala manera y lo que propicia que su encuentro sea intrigante y cargado de fuerza. Y aunque el apoyo de la familia es crucial, la verdad es que su mejoría depende de ellos mismos, de hallar una “estrategia”, ya sea el baile o correr o incluso encontrar a alguien aún más loco.

Y cuando el “chico conoce a la chica” se desata una batalla de histerias, neurosis y desquiciamientos que los empieza a construir como personajes, que una atípica pero electrizante relación y nos revela el peso de su desorden y la tensión diaria que viven –ellos y sus familias- por la constante inminencia de una recaída. Esta situación resulta realmente intensa y con la fuerza suficiente para estar atentos a estos personajes y a su nada prometedor futuro.

Sin embargo, luego de este original y brioso arranque, durante la otra mitad de la película entran en juego otros recursos a los que no se les puede definir con esos adjetivos. Por un lado, están las excéntricas (por no decir las casi inverosímiles) supersticiones del padre de Pat, y por otro, el hecho de que parte de la solución del conflicto y todo el clímax dependen de una improbable apuesta.

Estos recursos le quitan la fuerza y credibilidad a una historia que dependía de la construcción sicológica de la pareja protagónica y de la emocionalmente intrincada relación que van desarrollando. Es a partir de ellos que obligan al argumento a dar un giro gratuito y forzado para aumentar artificialmente la intensidad de la historia y su desenlace.

Sin duda se trata de una película entretenida y cargada de emociones, sobre todo durante la primera mitad, cuando realmente plantea un drama que seriamente nos hace sufrir con los protagonistas, pero luego, con todo ese artificio argumental de la apuesta y el concurso, además de su final torpemente predecible, se convierte en una película común y corriente, en una cinta para alimentar al grueso del público y, de paso, ganarse un par de premios Oscar.

Pescador, de Sebastían Cordero

De un hombre simple a un nuevo hombre

Por: Oswaldo Osorio


Hay muchas películas sobre personas ordinarias a las que les pasa algo extraordinario, muchas películas de carretera, muchas sobre narcotráfico y más aún sobre hombres que pierden la inocencia, quieren liberarse y reinventarse. Esta cinta es sobre todo eso, y aún así, es diferente a todas las de estos tipos, porque se trata de una película deliciosamente sencilla, divertida, con una naturalidad hipnótica y una sutil fuerza en su protagonista que lo convierte en un personaje inolvidable.

En esta co-producción colombo ecuatoriana el director Sebastían Cordero de nuevo convence con su buen pulso para encontrar el tono apropiado para la historia que está contando. Porque eso es lo único que tiene en común su cine, pues sus películas son tan heterogéneas que sorprende lo bien que se mueve en distintos rangos, desde el realismo marginal de Ratas, ratones y rateros (1999), pasando por el cine de gran presupuesto de Crónicas (2004), hasta el intimismo y la economía de recursos de Rabia (2009).

Basada en una crónica de Juan Fernando Andrade llamada Confesiones de un Pescador de Coca, la película tiene como punto de partida un hecho ocurrido en un pueblo pesquero ecuatoriano, donde sus habitantes se hicieron a un cargamento de coca que naufragó. Cada quien tomó lo que encontró y luego se lo vendió a los mismos narcos, salvo un hombre, Blanquito, el protagonista de esta historia.

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Apatía, una película de carretera, de Arturo Ortegón

Al final todo cae

Por: Oswaldo Osorio

Lo ideal en toda película de carretera es que esos personajes que comenzaron el viaje sean distintos a los que lo terminaron, es decir, transformados sicológica o emocionalmente, con una visión diferente de la vida por todo lo que les ocurrió o por las personas que conocieron en el viaje. Esta película, que desde el título no quiere dejar duda del tipo de relato que es, en esencia desatiende esta característica que define a este género, la del viaje transformador. Y es que a su regreso, los tres protagonistas, más que transformados, parecen apenas decepcionados y con el ánimo bajo por no haber podido lograr sus objetivos inmediatos.

Es cierto también que las películas de carretera están motivadas porque sus protagonistas buscan y/o huyen de algo. En esta historia la búsqueda va por vía del reencuentro del amor que Lucas tiene como propósito, mientras que la huída corre por cuenta de Julián, su amigo escritor, quien aunque no viaja, quiere escapar del caos y la brutalidad del mundo que lo rodea.

Estos dos personajes y sus propósitos son los que marcan el ritmo y la lógica de la historia, pues el relato propone el contrapunto entre el viaje de Lucas y los dos personajes estacionarios, principalmente el escritor y, en menor medida, la mujer buscada. De esta manera, la película consigue una permanente dinámica en la que siempre están pasando cosas (cuando se trata del viaje) o siempre nos está diciendo algo (sobre todo cuando habla el escritor). Naturalmente hay una lógica conexión entre ambas partes, una visión nada optimista de la vida y del país, donde todo está mal o en decadencia, donde todo cae (hasta los ángeles), más aún en la conflictiva realidad de Colombia o también caen las expectativas de un hombre enamorado o de un escritor desencantado.

Pero a pesar de los prometedores elementos con que está planteada esta historia, la película en cierta forma también cae. Que sus personajes no se transformen luego del viaje, ya es un indicio de ello, pero también lo es la presencia de algunos recursos que se antojan repetidos o infortunados. El más visible es el personaje del escritor, quien bien podría verse como el que hace las veces de coro griego que comenta la acción, es decir, el viaje de su amigo, consiguiendo así el mencionado contrapunto.

Aunque, por otra parte, podría verse también como un recurso harto recurrente en incontables filmes, como en la película En coma (Juan David Restrepo, Henry Rivero, 2010), por solo mencionar el más reciente referente y la más parecida en la forma en que se presenta. Pero tal vez lo menos afortunado de este recurso del escritor es que toda esa visualidad y cinética que puede tener una película de carretera, es descompensada con el lastre de un soliloquio que tiene más vena literaria que cinematográfica.

De otro lado, resulta también muy poco convincente la naturaleza de las adversidades que viven los tres jóvenes durante su viaje. Parece como si el relato quisiera usarlos como excusa para dar cuenta del caos y el conflicto que atraviesa el país, en especial lo relacionado con bandas criminales y guerrilla. Pero su encuentro con quien parece inspirado en el zar de las esmeraldas, Víctor Carranza, y luego con los guerrilleros, se antoja forzado frente al tono que traía el relato y al planteamiento general de la historia. Inevitable recordar la forma como Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) introdujo el contexto conflictivo mexicano sin que este interviniera bruscamente en el conflicto particular de sus viajeros.

Y como estos dos grandes recursos -el personaje del escritor y el conflicto del país- que son introducidos en el guion con cierta artificialidad, así mismo ocurre con otros detalles, como un improbable amor que florece mientras toman un desayuno de paso, una puta de carretera que entiende inglés o una carta puesta en un lugar imposible que luego llega a su destinatario. En otras palabras, en muchos de sus pasajes no es la historia la que parece desarrollarse con su propia lógica, sino unos guionistas que pusieron cosas en ella para que así quedara.

De otro lado, la película cuenta con una factura de nivel y una concepción visual muy atractiva. En cierta medida es una cinta efectista, pero esto no necesariamente es un defecto, al contrario, en buena medida es su marca y funciona de manera expresiva para la naturaleza de los personajes y el dinamismo del relato. Además, es un filme que consigue crear un amplio rango de atmósferas (con las actuaciones, el arte y el manejo de la luz) que le otorgan la verosimilitud que a la trama a veces le hace falta.

Es por eso que, en definitiva, se trata de una película que puede ser estimulante y cautivadora en ciertos aspectos, como el tono de la historia, el ritmo narrativo, la concepción visual o el simbolismo en los detalles, pero que en otros parece artificial y con soluciones desafortunadas.

Django sin cadenas, de Quentin Tarantino

Un amor entre la violencia y la venganza

Por: Oswaldo Osorio


Hasta ahora era impensable ver una historia de amor escrita y dirigida por Quentin Tarantino. En su cine hecho de crimen, venganzas y violencia, además de ser relatos hipnóticamente contados con un dotado genio visual y narrativo, poco espacio había para enamoramientos. Si acaso la presencia momentánea de ligues o parejas (lo más cercano es lo que le ocurre a Jackie Brown), pero nada con la fuerza romántica y de entrega absoluta que mueve a esta película de principio a fin.

Porque la motivación única del protagonista de esta cinta es la búsqueda del amor de su vida. Los otros grandes aspectos que componen el filme (la violencia y la esclavitud) están supeditados a este sublime propósito. No es gratuito que la base de esta historia sea el legendario relato de la literatura germánica de Los Nibelungos, en la que se cuenta el épico romance entre Siegfried y Broom-Hilda.

Con esta historia de amor en el corazón del relato, lo que más sobresale es el género cinematográfico que el director elige para contarla: el western (un tipo de cine, por demás, bastante alérgico a las historias de amor). Siempre se ha dicho que el díptico de Kill Bill es un western, un espagueti western para ser más específicos, ese género bastardo que floreció en la Italia de los sesenta y setenta y que tomó solo los elementos más llamativos del modelo de Hollywood: la iconografía del western y su violencia.

El cine de Quentin Tarantino es un incesante ejercicio de reciclaje, homenajes y pastiches de toda la música, la televisión y el cine que ha consumido, en especial en sus años de “pobre e indocumentado”. De ahí sale Django sin cadenas (y toda su filmografía), de aquel legendario título del espagueti western protagonizado por Franco Nero (Django, 1966), pero en general de todo ese género bastardo. No obstante, como buen producto posmoderno que es su cine, puede que todas las partes de sus películas se puedan rastrear en distintas épocas y referentes, pero no cabe duda de que es un auténtico producto “tarantinesco”. Y son pocos los directores que convierten su nombre en un rótulo que se refiere a su propia obra y se puede aplicar a la de otros que se le parezcan.

Lo que hay de “tarantinesco” en esta película, además de los elementos mencionados en el primer párrafo, son esos estilizados personajes y los extensos y retóricos diálogos que, al tiempo que definen a estos personajes, crean una atmósfera narrativa y contribuyen al permanente tono de tensión del relato. Por eso, en perspectiva, las películas de Tarantino son en general básicas y esquemáticas (casi todas, ésta incluida, solo son variantes del formato “voy-lo-mato-y-vuelvo” –igual que el espagueti western), pero en la cadena de episodios que componen la historia hay verdaderos momentos de genialidad, con esos personajes, las pequeñas e intensas anécdotas que siempre se cuentan y esa atmósfera de tensión. Todo esto, además, siempre está dimensionado por un popurrí musical que echa mano indiscriminadamente de cualquier género o época, pero cada canción es puesta en la escena y el momento exactos para hacer la situación más intensa o grandilocuente.

Esta película, junto con Jackie Brown (1997), son las únicas de la obra de este director que no se reducen (en términos de sus ideas, porque visual y narrativamente son todo un fascinante universo) al esquema básico mencionado. Y con esto volvemos a la historia de amor, la cual también pone en juego una reflexión –aunque no muy honda- de corte humanista en relación con el tema de la esclavitud y lo lleva a uno de la mano en un relato que trasciende la violencia y el concepto de venganza, una historia que entretiene, conmueve y apasiona.

Lo azul del cielo, de Juan Alfredo Uribe

Un perdedor busca el amor

Por: Oswaldo Osorio

El amor y la muerte siguen siendo dos de las grandes narrativas del cine nacional, aunque suele imponerse la ciega violencia sobre el elusivo amor. Esto parece más recurrente con películas de Medellín o Cali, como esta, donde se desarrolla una trama con ese doble componente teniendo como escenario la capital antioqueña, una trama tejida con altibajos que no permite, para bien o para mal, hacer juicios extremos sobre el filme.

Su historia está planteada en dos actos bien diferenciados. En el primero, vemos a Camilo, un joven bueno para nada que termina enredado con traquetos y cuidando a un secuestrado; mientras en el segundo, se desarrolla una historia de amor que tal vez le salve la vida este perdedor. Además, en el primer momento, tenemos una situación más o menos típica de marginalidad y falta de oportunidades, muy frecuente en las dos mencionadas ciudades; y en el otro, un leitmotiv del cine nacional, el “colombian dream”, esto es, el dinero fácil, por medio del cual el protagonista quiere volverse normal con su riqueza repentina y obtener a la chica.

Dicho así suena un tanto esquemático, incluso poco original (solo bastaría mencionar, entre otras, la película En coma para identificar los mismos elementos), y hasta cierto punto lo es, aunque hay que recordar que la diferencia la hace es la forma en que se cuenta la historia. Esta cinta trata de hacer la diferencia, en especial con su desarrollo en dos actos, lo cual en cierta medida funciona, aunque el brusco cambio de tono narrativo entre el primero y el segundo acto termina siendo contraproducente.

El problema es que uno espera pacientemente a que se desarrolle el primer acto, porque supone que es la preparación para el intenso drama que será el segundo, pero en este último el relato tiene un bajón que termina decepcionando. De hecho, la primera parte resulta mucho más sólida e interesante con la construcción del personaje central y una cierta atmósfera de tensión y zozobra que crea en torno a su destino, mientras que la segunda, se anega en una sosa y predecible historia de amor.

No obstante, su protagonista es un personaje que seduce y repele al mismo tiempo, porque parece a la vez un hombre bien intencionado que es víctima de las circunstancias, pero también un pelele que no se decide a nada, sin pasión ni intensidad, que termina escogiendo el camino fácil. Por eso, resulta difícil saber si se trata de una contradicción que dimensiona al personaje o un tratamiento ambiguo de éste, donde no hay reflexión social en el caso de que se trate de un asunto de falta de oportunidades, ni tampoco una mejor exposición de sus motivaciones, en cuanto a su construcción como personaje.

Independientemente de que sea lo uno o lo otro, hay que destacar que el actor Aldemar Correa alcanza a sostener un relato que está materializado con buen nivel y profesionalismo en el aspecto técnico y visual (aunque también es un problema las grandes coincidencias con su personaje de Paraíso travel). Sin embargo, asuntos esenciales como la solidez de la historia o la naturalidad en los diálogos, no terminan por convencer y dejan dudas sobre el resultado global del filme, sin tratarse tampoco de una propuesta del todo desafortunada.