Chocó, de Jhonny Hendrix Hinestroza

Casada con la adversidad

Por: Oswaldo Osorio


El colombiano, que es un cine de regiones, margina a las regiones marginadas. Es evidente la primacía del cine bogotano, seguido por el antioqueño y el caleño, luego el costeño. Con esta película, de alguna forma, se reivindica la región más marginada de todas, y lo hace a partir de una historia tan simple como potente, que habla al mismo tiempo de un drama humano y de esa cultura y región que lo determinan y lo enmarcan.

Y es que dentro de ese contexto marginal esta película habla de otra marginalidad, la de la condición de la mujer, que en esa cultura particularmente se nos revela en una situación aún más crítica, pues está arrinconada por las convenciones sociales y por una muy desigual relación con los hombres, tanto que parece un ciudadano de segunda, con muchos deberes y con sus derechos restringidos, es casi un asunto de castas.

La desfigurada institución del matrimonio que retrata esta cinta ilustra con azarosa contundencia esta situación. El matrimonio aquí es otra cosa. Y decir aquí no es solo para referirse a esta historia, sino también a esa cultura, pues en este caso se debe tomar la parte por el todo, porque así lo sugiere la idea de que el nombre de la protagonista sea el mismo que el de este departamento colombiano: Chocó.

Se trata de un matrimonio que parece más un requisito social cumplido por una pareja, donde no hay afecto, ni diálogo, tampoco mutuo placer sexual y ni siquiera una equitativa repartición de las funciones dentro del hogar, donde el hombre, por lo menos, sería el proveedor. Este matrimonio parece más regido por una lógica tribal que por lo que ese convencional pacto conyugal significa en una sociedad moderna y urbana.

De esta forma, Chocó tiene un marido que -literalmente- la viola casi cada noche y que no provee las necesidades del hogar, también tiene dos hijos y un trabajo. Pero lo más grave de todo es que ella misma contribuye a mantener ese estado de cosas en relación con la condición femenina. Las lecciones que le da a sus hijos -un niño y una niña- van encaminadas a prolongar la mentalidad machista de esta cultura: la única silla del comedor es para el niño, por ejemplo, o en una disputa entre ambos prevalece el respeto por el varón, aunque no tenga la razón.

Para desarrollar esta idea, el relato se enfoca en Chocó, en su callado descontento y en su vida concentrada en la supervivencia y el cuidado de los niños. Muy sutilmente se insinúa en ella un deseo de altivez que no puede poner en práctica por sus limitaciones, ya sean las económicas, por su condición femenina o a causa de ese entorno social que se conjura contra su integridad y su dignidad. Esa altivez le da una vaga esperanza al espectador -quien inevitablemente se solidariza con ella- de que en algún momento ella se rebele y explote y así su mundo cambie.

Entretanto, la película no desaprovecha para hacer comentarios sobre otros temas adyacentes, como lo que ocurre en contraposición con la rutina de los hombres, acompasada por el juego, la socialización, la infidelidad y el licor; la precariedad económica de esta zona del país, según se puede inferir por su paisaje urbano y las edificaciones; la presencia de foráneos como los dueños de la economía de la región, que les permite comerciar incluso con la dignidad de las personas; y también hace alusión al asunto ecológico, sobre todo por vía de la explotación minera, dibujando un panorama en donde es posible que los juegos de los niños sea fantasear sobre cuántos árboles van a tumbar cuando manejen máquinas, o en el que conviven la minería artesanal con aquella otra que usa químicos y causa devastación.

Así mismo, el espeso y sobrecogedor paisaje natural también es un protagonista. Permanentemente nos recuerda que estamos en otro universo, que tiene otras reglas y dinámicas distintas. Por eso la cámara siempre está jugando con el contraste al mostrarnos a Chocó: por un lado a la mujer, con planos cerrados que tienden a concentrarse en su silencioso descontento, y por otro a la región, con planos abiertos y largos que dan cuenta de la inmensidad del paisaje y la minúscula pero determinante presencia del hombre en él.

Al final toda esta historia parece terminar como trunca, pero la verdad es que se trata de un final abierto, porque si bien nuestra protagonista soluciona su conflicto inmediato, en realidad sabemos que tal vez quedó en una peor situación, o que, en el mejor de los casos, todo va seguir igual, para ella y para todas las demás mujeres.

El dictador, de Larry Charles

En la cuerda floja del humor trasgresor

Por: Oswaldo Osorio


El humor negro, lo políticamente incorrecto y el mal gusto son tres líneas de la comedia que requieren de ingenio y buen criterio para que sean realmente cómicas, en lugar de resultar ofensivas o repulsivas. Esta película se sustenta en esas tres líneas y ciertamente consigue crear una comedia eficaz, inteligente y elaborada, aunque también habrá quienes, inevitablemente, la vean como ofensiva y repulsiva.

Pero descartando a todo el mundo islámico, a los judíos, los latinos, los negros, las mujeres, los chinos, los homosexuales, los africanos y a Estados Unidos, no hay riesgo de que alguien se ofenda. Porque esta película no se burla ni habla mal de nadie, salvo de los mencionados, y cuando lo hace, no conoce términos medios, pues a partir de unos chistes visuales, otros escatológicos y muchísimos que recurren a estereotipos o que están cargados de una fuerte sátira política, ninguno de estos sectores se libra de la irreverencia, la trasgresión y contundencia de esta comedia.

Detrás de ella está el actor inglés de origen judío Sacha Baron Cohen, más conocido como Alí G, Borat o Brüno en su brillante comedia para la televisión inglesa (2000). Cada uno de estos personajes, en ese orden, originaron una película, pero fue Borat (2006), la que le dio mayor fama y donde reveló su atrevido y provocador sentido del humor, siempre cargado de sátira política, así como de parodias y embates a esas susceptibilidades raciales que en la actualidad determinan tanto las dinámicas ideológicas y sociales, sobre todo en Europa y Estados Unidos.

El humor negro lo define el burlarse de algo que no debería causar risa, como la maternidad, la deformación física o darle una fuerte patada a un niño. Todo eso se ve en esta cinta. Así mismo, lo políticamente incorrecto, como lógica del humor, sería reírse de asuntos que atentan contra grupos culturales o étnicos, como ocurre aquí con los islámicos y los negros principalmente. Y aunque en estas dos líneas la película se antoja cítrica e ingeniosa, inevitablemente resulta menos decorosa con la escatología, en sus permanentes alusiones a excrecencias y secreciones, así como cuando hace algunos buenos chistes con la cabeza del “Morgan Freeman” decapitado.

Y si el desarrollo de estas tres líneas puede resultar chocante para muchos, esta película también tiene suficientes chistes y momentos de fina y elaborada ironía. En este sentido se debe resaltar especialmente el discurso del dictador cuando habla de la democracia en Estados Unidos, el cual se convierte en una aguda crítica a la política interior y exterior de ese país.

Se trata, sin duda, de una comedia que cruza muchos límites, tanto del tipo de humor que generalmente se hace en Hollywood como en relación con los temas que aborda. Pero justamente esa es la apuesta de esta cinta, encontrar esa fina línea que separa lo desagradable y ofensivo de la comedia inteligente y trasgresora. Sacha Baron Cohen encuentra esa línea y camina toda la película sobre ella, como si se tratara de una cuerda floja.

Sanandresito, de Alessandro Angulo

Se busca policía tonto con suerte

Por: Oswaldo Osorio


El camino más rápido y seguro para obtener el respaldo del gran público y hacer una industria es el cine de género. Aunque en Colombia, por asuntos de presupuesto o dificultades de adaptación a nuestro contexto, ha resultado siempre complicado apelar a los distintos géneros cinematográficos. El único género cuyos elementos fácilmente coinciden con las características de nuestro país es el thriller. Por eso, esta película le apuesta a dicho género y, para mayor seguridad, lo han mezclado con comedia.

Aunque Alessandro Angulo acaba de dirigir y estrenar Ilegal.co, un cuestionador documental sobre la guerra de las drogas y su prohibición, esta película claramente está más por la línea del tipo de contenidos de los que habitualmente se ocupa su productora, Laberinto producciones, esto es, comerciales de televisión y series como Los caballeros las prefieren brutas.

Sanandresito es la historia de un policía mediocre y tontarrón que tiene un amorío con una superior y se ve envuelto en el crimen de una vendedora de estos populares centros comerciales. Pero si bien se trata de un thriller y su trama está definida por este crimen y las intrigas en torno a él, la dinámica que se impone en la película es más la de la comedia, esto debido a la naturaleza del personaje y a la interpretación misma de Andrés Parra (quien está en su cuarto de hora de fama gracias a la serie sobre Pablo Escobar).

De acuerdo con estos componentes (la productora, el thriller, el humor y el actor de moda), la película está diseñada para tener gran acogida por parte del público, porque además cuenta con una buena factura y un evidente profesionalismo en todos los aspectos de la producción. Es decir, es un producto comercial que tiene claro sus propósitos y el público al que va dirigido, y en esa medida es una película acertada e inteligente.

Sin embargo, para conseguir esto, necesariamente el filme debe hacer concesiones y apelar a recursos facilistas, porque es más importante que funcione el tono de comedia y las secuencias de acción (que es lo que más conecta y vende con el gran público) que la solidez y originalidad del argumento y el universo que construye. Y es que en estos aspectos la película ciertamente se antoja gratuita y forzada, incluso desafortunada, como se puede ver específicamente en su fallido (y casi inexistente) clímax.

De manera que Sanandresito es una película que es saludable para la industria nacional de cine, pues propone un producto bien planeado y con nivel para que el público general consuma cine colombiano, pero –por lo mismo– tampoco es la obra que estimulará el gusto del espectador más exigente. Y tal vez ese es el tipo de cine que más hace falta en Colombia, el que es capaz de conseguir el equilibrio entre un producto con grandes posibilidades comerciales y, al mismo tiempo, admirable en sus cualidades cinematográficas. Es más difícil hacerlo, pero se puede, y lo seguimos esperando.

De Roma con amor, de Woody Allen

Un divertimento en otra ciudad

Por: Oswaldo Osorio


Hay autores que sobrepasan un punto en sus carreras después del cual ya están por encima del bien y del mal. El público, y en especial el cinéfilo, espera y recibe de buen agrado la novedad de turno, ya sea –en el caso de Woody Allen- una magnífica y reveladora pieza como Media noche en París (2011) o un divertimento menor como De roma con amor (To Roma with love, 2012), una cinta que tiene muchos de los elementos que han forjado la obra de este autor y lo han hecho grande, pero con un resultado final menos afortunado.

Esa carta de amor a una ciudad que le escribió el año anterior a París, ahora quiso hacerla con la eterna Roma, pero solo le funcionó a medias, pues dos de las cuatro historias que se entrelazan en el relato bien podían ocurrir en cualquier gran capital del mundo. Aún así, cada historia contiene algunos de los elementos que conforman el universo de este director: relaciones afectivas problemáticas, el imperativo del sexo, el absurdo, la fantasía, el sicoanálisis, la crítica a ciertos aspectos de la sociedad moderna, el sicoanálisis, el humor y los referentes intelectuales.

La novedad en esta cinta es la actuación de Woody Allen después de varias películas sin hacerlo y cada vez menos presente en sus filmes de la última década. Da gusto ver al personaje de siempre, que ha cruzado su obra desde hace más de cuarenta años, con las mismas neurosis y embarcándose en un disparatado proyecto con el suegro de su hija, quien es un portentoso cantante… pero solo en la ducha. La presencia de Allen y el humor absurdo es lo que le da vida a este segmento.

Otra de las historias habla de las veleidades del amor. Aunque el conflicto es que un joven se enamora de la mejor amiga de su novia, toda la idea está en función de desenmascarar a un tipo de mujer: una sobreexcitada esnobista que siempre está asumiendo poses emocionales e intelectuales para seducir a los hombres, de quienes se enamora perdida y momentáneamente. En este relato hay un interesante personaje que no existe realmente, pero que funciona como un recurso de la ficción para confrontar a los otros personajes.

Un tercer segmento lo protagoniza una recatada pareja de italianos que, por cuestiones circunstanciales, terminan teniendo, cada uno por su lado, unas fugaces aventuras con las personas más inesperadas, pero que resulta convirtiéndose en una experiencia de vida para ellos y en la historia con más carga de humor de la película en el sentido tradicional del género.

Por último, hay una simpática historia, interpretada por el siempre enérgico Roberto Benigni, en la que, por medio del humor absurdo, se hace una crítica a lo que significa la fama y el estatus de celebridad en la sociedad actual, poniendo en evidencia el superfluo e irracional papel de los medios de comunicación (y del público que los consume) en este fenómeno.

Así que no estamos ante una de las portentosas obras que tantas veces este genio del cine nos ha obsequiado, pero reconforta cada año estar sentados frente a la pantalla recorriendo de nuevo su universo y siendo testigos de las ocurrencias de sus personajes, porque depués de tanto tiempo, ya es suficiente placer sentarse a escucharlo hablar, como se hace con los venerables ancianos.

El puerto de la esperanza, de Aki Kaurismäki

Libertad, igualdad y fraternidad

Por: Oswaldo Osorio


En esta época en que toda la parafernalia de los efectos visuales y las infinitas posibilidades que ofrece la imagen digital se han tomado las películas que copan casi toda la cartelera, algunos pensadores de la imagen están hablando del cine como la expresión visual que está impulsando el surgimiento de un neobarroco. Por eso, ante toda esa recarga de imágenes, vertiginosidad en el montaje y exuberancia de formas y color, ver esta película del finlandés Aki Kaurismäki es como volver a la esencia del acto fotográfico, al ritmo normal de la vida y a las imágenes que significan por sí solas.

El de Kaurismäki ha sido siempre un cine de economía de recursos, pero de gran elocuencia narrativa y contundencia al hablar de emociones y sentimientos. Es un cine de pocas palabras que incluso llegó a enmudecer totalmente en una de sus películas (Juha, 1999), y aún así es posible entender en toda su dimensión el mundo interior de sus personajes. El puerto de la esperanza (Le Havre), por supuesto, tiene estas características.

Se trata de una historia de marginales que en principio parecen elementales y hoscos, pero que cuando se les presenta la oportunidad de ser generosos y solidarios, se transforman ante los ojos del espectador. Empezando por Marcel Marx, un lustrabotas que vive con lo justo y algunos comerciantes del barrio lo repelen. Aunque luego de encontrar y ayudar a un joven inmigrante ilegal, lo conocemos realmente: su pasado bohemio, la devoción por su esposa y su desinteresada generosidad.

En medio de una Europa que se hunde en la crisis, esta película (que se desarrolla en la ciudad portuaria de Le Havre, en Francia), es una mirada optimista e idealista del problema de los inmigrantes, que es uno de los que más saca ampolla en medio de la crisis. De ahí que, en lugar de concentrarse en las complejas y espinosas consecuencias de este asunto, el director prefiere contar una fábula humanista en la que esta comunidad de marginales se contagia de la solidaridad del otro.

Y como toda buena fábula, la concepción visual contribuye a entender mejor ese universo que parece funcionar con reglas distintas al nuestro, aunque en últimas es el mismo universo, pero como debiera funcionar. Por eso la arrobadora belleza de una fotografía en la que la luz y el encuadre parecen más pensados para un sinnúmero de fotos fijas que para la imagen en movimiento propia del cine. También por eso la simpleza y eficacia de la narración y el laconismo en los diálogos. Porque es una cinta en la que aplica el conocido lema del diseño que promulga que “menos es más”.

La fábula humanista finaliza con belleza, armonía y contundencia al dejar en el aire la idea de que si das vida te devuelven vida. Y aunque en apariencia todo esto pueda sonar moralista y sensiblero, el relato que construye Aki Kaurismäki es todo lo contrario: austero pero expresivo, serio pero con ingeniosos toques de humor e idealista pero no utópico.

Sombras tenebrosas, de Tim Burton

Un vampiro en tiempos de hippies

Por: Oswaldo Osorio


Las de Tim Burton eran películas que uno esperaba con ansiedad y emoción. Pero esos sentimientos ya han perdido su intensidad, pues algunos de sus trabajos de la última década (El planeta de los simios, Charlie y la fábrica de chocolate, Alicia en el País de las Maravillas) se acercan más a los gastados gestos del cine de Hollywood que a ese genio, entre macabro e inocente, que define sus mejores cintas.

Esta película tiene un poco de lo uno y de lo otro, una combinación que ya de entrada es una contaminación de lo que podría definirse como su celebrado estilo. La historia del vampiro que, luego de dos siglos, reaparece a principios de la década del setenta en medio de hippies, moda extravagante y canciones pop, es un prometedor inicio para que Burton (y Johnny Depp) juegue de nuevo con los mencionados extremos: lo inocente y lo macabro.

Y efectivamente, en buena parte del relato lo hace, porque esta película, aunque se basa en una serie televisiva emitida entre 1966 y 1971, está determinada por el planteamiento que ha estado presente en todas las cintas de este director, esto es, un personaje con unas características muy particulares que termina en un mundo donde todo funciona con unas reglas distintas a las que él conoce. De este contraste y este encuentro surge el humor, la inocencia, el ingenio visual y los encantadores personajes secundarios que ya le hemos visto en otras películas.

Es en todo ese proceso en que el vampiro entra en contacto con ese nuevo mundo que la película se antoja estimulante y divertida. Un relato cargado de un humor colorido que pasa por varios registros: gags (chistes visuales), juegos de palabras, chistes tontos y clichés sobre vampiros, cómicas alusiones a la cultura popular de la época e ingeniosos toques de humor muy elaborado. Todo enmarcado también por el sugestivo contraste visual que representa, en términos de la puesta en escena, este vampiro y su mansión de hace dos siglos frente a un mundo moderno y trasnochado de sicodelia.

Sin embargo, acabada la novedad de este contraste, la historia empieza a ser errática y dispersa, en parte porque la bella antagonista desaparece junto con el conflicto y solo vuelven muy al final del relato, justo para iniciar un largo clímax en el que la historia se vuelve seria y toma la forma de una muy típica película de fantasía de esas tantas que hay en estos tiempos, desatándose una confrontación de fuerzas sobrenaturales a la que le interesa más hacer alarde de todas las posibilidades de los efectos de la imagen digital que ya no pueden faltar en una producción de Hollywood.

Así que estamos ante lo que podría parecer, por sus elementos constitutivos, una película propia de ese universo de Tim Burton que hace mucho nos sedujo, y en general se presenta como una experiencia estimulante en lo visual y en su planteamiento argumental, pero pareciera que algo se ha perdido en el camino, como si el gran éxito que ha tenido hubiera domesticado a ese “diablito” que siempre tenían sus películas. Pero ahora el diablito ha desaparecido y solo quedan sus ropajes.

Publicado el 24 de junio de 2012 en el periódico El Colombiano de Medellín.

Una separación, de Asghar Farhadi

Entre la verdad y la justicia

Por: Oswaldo Osorio


En una sociedad en la que jurar con la mano sobre el Corán sí tiene un valor real, la búsqueda de la verdad dice mucho sobre esa moral colectiva condicionada por el islamismo y que, aún así, mueve sus límites, más que por egoísmo o mezquindad, con las buenas intenciones de no herir o hacer sufrir a los seres queridos.

La película ganadora del Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín se nos presenta como una pieza que, apelando al realismo de una puesta en escena simple y eficaz, se cuestiona sobre las negociaciones que, en un país como Irán, se hacen entre la verdad y la justicia. Una verdad sostenida sobre el temor a Dios y a las consecuencias que afectan la vida cotidiana, y una justicia que se aplica sumariamente y no conoce de relativismos.

Lo que en principio y desde el título parece un drama conyugal, toma un inesperado giro cuando Nader y la mujer que cuida al padre de éste entran en una disputa moral y judicial. Él la acusa de haber dejado amarrado a su padre a una cama y tomar un dinero, y ella de haberla empujado y causarle un aborto como consecuencia de la caída. Con estos ingredientes el relato adquiere un moderado tono de thriller judicial (al estilo iraní) y la narración sostiene permanentemente la atención mediante la dinámica de ocultar y revelar los distintos componentes de lo que en verdad sucedió.

A primera vista, lo que está en juego son las consecuencias penales tanto de las acciones de la una como del otro, sin embargo, el director y guionista inteligentemente sabe cómo poner el énfasis en cuestiones más de fondo que tienen que ver con la ética y la moral. Todo esto enmarcado dentro de los lazos familiares, ya por vía de la complejidad de las relaciones conyugales o de la fragilidad con que se sostiene la visión de los padres frente a sus hijas.

Ocultar los hechos, mentir o decir la verdad. Todo esto es posible que se presente entre las personas envueltas en los sucesos, pero no se puede tomar partido ni tener preferencias o rechazo por alguno de los protagonistas. Y esta es otra de las virtudes de esta cinta, la forma como el director expone la naturaleza de sus personajes, quienes verdaderamente quieren ser honestos y correctos, pero la complejidad de la vida y las relaciones sociales no entiende solo de buenas intenciones, mucho menos la justicia.

Una historia originada prácticamente en una cadena de malos entendidos, aunque también de emociones precipitadas y orgullos vanos, donde los personajes son víctimas de accidentales circunstancias, pero que igual los obliga a tomar unas decisiones de orden moral que los pone en entredicho y en evidencia frente a su familia y la sociedad. Ahora, cuando tal vez se solucione este problema, habrá que enfrentar de nuevo la separación, la que todo lo inició.

Diario de un seductor, de Bruce Robinson

Sostenidos de una botella de ron

Por: Oswaldo Osorio


Una vez más los comerciantes que titulan las películas en español yerran o engañan con su versión. The rum diary (Los diarios del ron) la única “seducción” que propone es la de los diálogos ingeniosos y el poético atractivo de quienes viven al margen, flirteando con la vida bohemia y las causas perdidas. De eso va esta estimulante cinta: más que de un galán se trata de un desheredado de la fortuna, más que de amor habla del desconcierto frente al mundo.

Esta es una película del escritor Hunter S. Thompson y del actor Johnny Depp, el uno como inspirador de un estilo de vida y una forma de ver y describir el mundo asociados con la contracultura, y el otro como un fanático de ese estilo y de esa visión. La conexión entre estos dos personajes se dio con ese fascinante filme titulado Miedo y asco en las vegas (Terry Gilliam, 1998), basado también en el escritor e igualmente protagonizada por Depp.

Los diarios del ron (llamémosla así para no seguirle haciendo el juego a los comerciantes que quieren engañar a las fanáticas del buen Johnny) se puede considerar como un antecedente de la película de Terry Gilliam, y en esa medida se debe entender a su protagonista, esto es, como un alter ego de Hunter S. Thompson que apenas se nos presenta como el germen del irreverente y trasgresor escritor y periodista que terminara suicidándose en 2005, el mismo que es descrito en todo su ímpetu y excesos en el documental Gonzo : Vida y hazañas del Dr. Hunter S. Thompson (Alex Gibney, 2008).

En 1960 este alter ego, Paul Kemp, era apenas un timorato escritor que no había encontrado su voz y, en cuanto las drogas y el alcohol, apenas “se encontraba en la parte más alta de los bebedores sociales”. Todavía su fiereza y su genio con las palabras no habían terminado de aflorar, por eso, justamente, esta cinta propone lo que sería la génesis de esa transformación. Es en ese momento y en el paradisiaco Puerto Rico donde este escritor decide ir a contracorriente y luchar siempre contra los “bastardos”, es decir, contra los hombres del sistema.

El relato tiene el orden y la estructura propios de dos periodistas gringos que viven medio ebrios bajo el sol caribeño. Por eso su narrativa puede parecer dispersa y algo desvertebrada. Pero si uno se sintoniza con esa actitud de desorientación existencial y la errática búsqueda vocacional del protagonista, puede comprender y hasta disfrutar los tumbos que da el relato. Además, el guion está finamente aparejado con unos diálogos agudos y divertidos, así como con unos personajes secundarios que de lo pintorescos y bizarros por momentos se antojan postizos, aunque no por ello menos encantadores.

No se trata tampoco de un filme sólido e inolvidable, sino que debe asumirse como lo que es, un tributo que Johnny Depp le hace a su amigo Hunter S. Thompson y a su estilo (de escribir y de vivir). El resultado es un desenfadado relato que juguetea con las palabras y con el sentido de las cosas, y que desde el fondo de un vaso de ron hace una idealista declaración de principios que anhela un mundo mejor.

Habemus Papam, de Nanni Moretti

Con seria irreverencia

Por: Oswaldo Osorio


El cine fantástico (pero aquel que no solo se interesa por el entretenimiento) plantea una “realidad otra” para comentar nuestra realidad, para decir algo de ella de manera indirecta pero con mayor fuerza poética o metafórica. Esta película es una suerte de fantasía, aunque no la de un director de cine de género que nos quiere trasladar a mundos de magia o de ciencia ficción, sino la fantasía de un ateo, pero de uno que, aún así, cree en el papel de la Iglesia como una de las guías del mundo.

La fantasía parte, inicialmente, de la posibilidad de que antes de ser anunciado el nuevo Papa, éste tenga un ataque de pánico por el peso de tal designación. Este planteamiento es en parte un divertimento para burlarse un poco de ciertas instancias y propiedades de la Iglesia y los clérigos, pero también, y sobre todo, una excusa para sugerir entre líneas asuntos más de fondo, no solo sobre esa institución sino sobre el mundo actual.

Las dudas de este Papa pueden ser las mismas de Cristo. Pero lo importante aquí es leerlas en relación con este mundo en que vivimos. Y ese es el primer dardo envenenado de Moretti contra esta entidad religiosa: sembrar la duda en hombres a quienes los define la fe. Y si duda el hombre de mayor fe, el elegido por Dios a través de un colegio de cardenales, ¿Quién está exento de dudar y cuán mal andará el mundo de hoy?

Por otro lado, si la fe no tiene las respuestas, tal vez las tenga la razón. Entonces Moretti continúa aún más insidioso y propone al sicoanálisis como la solución. Esto le sirve para contrastar razón y fe, para darles la oportunidad de que cada una dé sus argumentos, pero también para ridiculizarlas un poco y poner en evidencia sus limitaciones. Tal vez para sugerir que puede ser más fácil encontrar las respuestas con la unión de ambas, dejando a un lado los dogmas y fundamentalismos.

Ahora, en lo que se refiere a la acción y la trama, el relato propone un bien diferenciado contrapunto. Por un lado está el confundido Papa vagando y cavilando por las calles de Roma, y por otro el colegio de cardenales en una espera que termina en asueto. Así, mientras el uno aparece aplastado por el peso de sus angustias y dudas espirituales, en los otros es el cuerpo el que toma la preeminencia y se abandonan a prácticas más ligeras y terrenales.

Y tal vez en la descompensación de este contrapunto es donde esté la mayor debilidad de esta película, pues el tono reflexivo del conflicto que vive el Papa, y en especial lo significativo de sus dilemas en relación con quien es y lo que representa, se impone ante el tono farsesco de los cardenales jugando cartas y voleibol, así como ante la ruidosa presencia del sicoanalista entre ellos. De ahí que algunos pasajes de este segundo componente argumental se antojen absurdos y disparatados, a veces para bien (por vía del humor y la irreverencia con toda esa sacralidad), a veces para mal (con momentos verdaderamente salidos de tono e innecesarios).

Nanni Moretti es un director que rara vez defrauda y que sorprende con su versatilidad y la originalidad de sus propuestas. En esta cinta la posibilidad de sorprenderse es inevitable. Nos propone lo impensable pero para obligarnos a pensar en asuntos importantes. A veces disparatada e irreverente, otras profunda y grave, esta historia nos da el golpe de gracia con un final más sorprendente y desolador aún, para que, de verdad, nos pongamos a pensar. Y luego de pensar bien y ser realmente conscientes de las implicaciones de ese final, este puede resultar más terrorífico que cualquier película del cine fantástico.

Gordo, calvo y bajito, de Carlos Osuna

O la dudosa liberación de un pusilánime

Por: Oswaldo Osorio


El cine colombiano todavía está en un periodo de “primeras veces”. Esta es la primera vez que se hace un largometraje con la técnica de la rotoscopia (filmar o grabar actores reales y transformarlos en dibujos animados). Y para hablar de esta película es necesario empezar por este aspecto técnico porque es lo que, de entrada y en su promoción, define esta propuesta cinematográfica y, por eso, determina algunos de sus aspectos más importantes, en especial el tono de la película y la caracterización de los personajes.

Así que lo primero que el espectador seguramente se preguntará es ¿Por qué hacer una película así y qué le agrega o le quita esta técnica tan particular a la historia que querían contar y a las ideas que se proponían plantear? Como principal ventaja, se puede anotar el atractivo visual que supone dicha técnica. Las formas delineadas y el color se imponen como valores plásticos que pueden ser un deleite para quien se sepa conectar con este tipo de representación. Además, ese juego de contraste y complemento entre los espacios realistas y los personajes dibujados realmente siempre ha conseguido un efecto plástico muy eficaz y sugerente.

Por otra parte, para una historia que depende tanto de la interpretación de los actores y de las emociones y estados de ánimo de sus personajes, en especial de su protagonista, esta técnica francamente limita todo el trabajo que un actor pueda hacer. Salvo por la “actuación de la voz”, lo que se refiere a las facciones, gestos y lenguaje corporal, son reemplazados por unas coloridas masas en permanente mutación, rayadas con nerviosas líneas que insinúan las formas. En otras palabras, lo que gana en expresión plástica lo pierde en expresión dramática.

Ahora, en cuanto lo que nos cuenta, este filme en esencia es la historia de liberación de un “perdedor”, un hombre con un trabajo de mierda, abrumado por la soledad, con serios problemas de autoestima y del que todos se aprovechan. Aunque por momentos corre el riesgo de ser una historia de superación personal (habla de autoconfianza, de valorarse a sí mismo, de dejar atrás el lastre del pasado, etc.), este aspecto termina matizado por el patetismo con que es planteado el personaje, que a veces funciona como comedia y otras como un ser entrañable con el que el espectador termina por simpatizar.

Por otra parte, aunque es cierto que el relato da cuenta de una transformación, este hombre no lo logra por sí mismo, sino que parece ser los guionistas los que le solucionan todo: le dan una chicha, un grupo de apoyo, un amigo con poder y eliminan a sus adversarios de oficina. El gordo, calvo y bajito solo responde con lo justo y aprovecha la oportunidad, sin que sea realmente una liberación del pusilánime que siempre será.

En una cinematografía que siempre se ha pasado de conservadora, son necesarias y refrescantes propuestas como la de esta película. No obstante, siempre queda la duda de si una decisión estética tan extrema fue tomada a priori por capricho y por apostarle a la novedad, o si realmente le aportaba verdaderamente a la idea. Así mismo, esta historia de un “perdedor” deja la ambigua sensación de si se trata de un obvio cuento de superación personal, una cinta con el tufillo de comedia de televisión o el emotivo y divertido relato de un hombre que se libera de sus limitaciones. En últimas, tal vez sea un poco de todo eso.