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Belisario Betancur y su búsqueda de la paz

  • Foto: Archivo EL COLOMBIANO
    Foto: Archivo EL COLOMBIANO
Víctor Diusabá Rojas, especial para Colprensa | Publicado el 07 de diciembre de 2018

“El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué eso no ha ocurrido”, Winston Churchill.

La frase, con la que con toda seguridad debió tropezar más de una vez el expresidente Belisario Betancur en sus largos momentos de soledad del poder, no lo pinta de pies a cabeza. En cambio sí toca dos aspectos que marcaron su mandato y su vida pública. Uno, el sentido de la anticipación. Y dos, la determinación, siempre, de asumir las consecuencias de sus decisiones.

Aunque también en el caso de Betancur, hay un tercero: ese extraño sino que marcó su mandato. Porque, antes de cualquier otra consideración de tipo particular, son dos hechos los que se han empeñado en servir de paréntesis a su gobierno entre 1982 y 1986: el holocausto del Palacio de Justicia y la avalancha que sepultó Armero. Todo, entre el 6 y el 13 de noviembre de 1985, la semana maldita. Y eso sin contar el terremoto de Popayán en el 83.

Sucesos de tales proporciones que hoy, 33 años después, las cenizas de ambas tragedias no paran de removerse, en procura de dar con la verdad y con otros culpables, aparte de los ya juzgados y condenados por acción o por omisión.

En ese sentido, ¿cuánta responsabilidad le cupo a Betancur en el caso de Palacio? Toda, según él mismo. “Esa inmensa responsabilidad (la de poner fin al asalto del M-19) la asumió el Presidente de la República, que para bien o para mal suyo estuvo personalmente tomando las decisiones, dando personalmente las órdenes respectivas, tomando el control absoluto de la situación, de manera que lo que se hizo para encontrar una salida dentro de la ley fue por cuenta suya, por cuenta del Presidente de la República...”, dijo por televisión al país en la noche del 7 de noviembre, con la voz apagada.

Sus amigos y cercanos consideraron ese mea culpa como “una exageración”. En 2015, tras 30 años del insuceso, Betancur se ratificó:

“...se presentaron situaciones inmanejables, o que manejé mal. Si las manejé mal, les pido perdón a mis compatriotas por haberlas manejado mal. Punto”, le dijo al Canal Caracol.

Sobre hasta dónde fue su responsabilidad, y la de su gobierno, en la hecatombe producida por el deshielo del Nevado del Ruiz, la polémica no se cierra ni se cerrará en mucho tiempo. Y es que si bien era imposible medir los alcances de un fenómeno natural incontrolable, ni existía la tecnología que hoy permite alertar con tiempo a pobladores de lugares que pueden ser afectados, los archivos de prensa certifican que hubo llamados, incluso desde el mismo Congreso de la República, para tomar medidas preventivas. Betancur nunca quiso entrar en ese debate.

Pero hay otros Betancur, más allá de Palacio y Armero. Uno de ellos , el que le apostó, sin suerte, a la paz con el M-19, proceso fallido que, sin saberlo, predijo lo que vendría luego con la administración de su sucesor Virgilio Barco Vargas y mucho después con Juan Manuel Santos y el acuerdo con la guerrilla de las Farc. Una predicción, a su manera, de la máxima de Churchill.

El hijo de Rosendo y Ana Otilia, vino al mundo el 4 de febrero de 1923 en un humilde hogar de Amagá que contaba 22 hijos (fue el segundo de ellos). Ese, el Betancur orgulloso de su origen, se hizo abogado de la Pontifica Bolivariana, aunque bien hubiera podido incursionar en las letras para vivir, si no le entra el incurable gusanillo de la política. Ese que lo hizo saltar de diputado de la Asamblea de Antioquia a representante a la Cámara por Cundinamarca y su departamento natal. Y después, a senador, a la vez que ministro de educación (con Alberto Lleras Camargo) y Trabajo (con Guillermo León valencia).

Pero el conservador de raptos liberales quería la Presidencia, lo que no pasó de ser una quimera en las elecciones de 1970 y 1978, hasta sorprender en el 82 para dejar en la lona a Alfonso López Michelsen (quien iba por la reelección) por casi 400 mil votos y postergar por primera vez las ilusiones de un joven aspirante, Luis Carlos Galán Sarmiento.

Entonces, Betancur se puso la banda presidencial el 7 de agosto de ese año, con un propósito personal: “Mi única aspiración, compatriotas, en este momento solemne de mi vida, es que al final de mi mandato se diga que fui un gobernante justo, un gobernante que batalló al lado de los humildes, de los cuales salí. Así podré salir tranquilo y feliz el resto de mi edad, como dice un hermoso poema”.

Sin embargo, buena parte de ese sueño se truncó por el impacto de los hechos de noviembre del 85 y de la guerra abierta declarada por el narcotráfico que asesinó al minjusticia Rodrigo lara Bonilla como manera de pretender arrodillar al Estado y frenar la extradición. Betancur respondió con un no que firmó, al precio que fuera. Y vino la guerra.

Todo ello dejó en la sombra otros resultados: la primera ola de vivienda social sin cuota inicial, la universidad abierta y a distancia, y los resultados en la lucha contra el analfabetismo. La incorporación de Colombia al Grupo de los No alineados más el impulso al Grupo de Contadora, en la búsqueda de la paz en Centroamérica, pusieron a Colombia en el tablero de la región, mientras la explotación de El Cerrejón significaba los primeros atisbos de confianza de la inversión extranjera.

Todo eso y la aparición además del IVA en la vida nacional generó – y sigue dando lugar – un gran debate, en un país que, a la vez, se constituía en el primero, y único hasta ahora, en renunciar a organizar el Mundial de Fútbol de 1986, sede que le había sido otorgada. Belisario, como se acostumbraron a llamarlo los colombianos, prefirió un no gracias, porque consideró mejor, dijo, destinar esos dineros a políticas de salud y educación, que al final no se hicieron palpables.

Vinieron después los tiempos del silencio y del repliegue. Betancur se aisló hasta convertirse en rara avis de una nación en la que los expresidentes mantienen su vigencia política. Ahí, en Barichara, entre la lectura y la compañía de su segunda esposa Dalita Navarro (la primera, Rosa Helena Álvarez, fallecida fue primera dama de la nación) pasó buena parte de sus últimos años.

Solo un viejo tema lo trajo de vuelta a la luz pública, la paz, “que no es solamente el cese de la guerra, sino componentes metafísicos más profundos como la reconciliación”.

Y también, el perdón: “Ha llegado el momento de barajar y volver a dar, y reconciliarnos los unos con los otros, y en esa reconciliación de los unos y los otros pido perdón a quienes ofendí y doy las gracias a quienes me iluminaron y me ayudaron”.

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