Incidentes de la música incidental Baby, El aprendiz del crimen
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 09 de septiembre de 2017

Incidentes de la música incidental Baby, El aprendiz del crimen

A lo mejor nunca hayan pensado en ello, pero cuando estamos viendo una película y escuchamos una balada lastimera, cantada, digamos, por Sia, mientras vemos que la pareja protagonista se separa para siempre, se supone que los personajes, en la realidad que viven dentro del filme, no están escuchando la canción. A eso se le llama música incidental y es tan importante que muchos de nuestros recuerdos cinematográficos están asociados a “cuando oímos esta canción” en tal escena.

Edgar Wright, director y guionista, propone en Baby - El aprendiz del crimen, que la música incidental sea la guía de las acciones de su personaje principal en una ingeniosa variante narrativa. Baby, encarnado por Ansel Egort, trabaja como conductor para un cerebro criminal que arma “equipos de trabajo” de acuerdo con el asalto que quiere ejecutar. La variante original de este esquema, ya visto antes, es que Baby tiene desde la infancia un problema en el oído que lo obliga a estar constantemente oyendo música. De esta manera ha desarrollado una obsesión tal por todo lo que suena, que prácticamente maneja su vida y sus movimientos de acuerdo con la lista de reproducción que tenga en ese momento en su iPod. Esa habilidad lo convierte en una máquina de perfecta concentración a la hora de estar detrás del volante y ejecutar los planes de escape de los crímenes, siempre y cuando el audífono que lleva puesto tenga la canción ideal.

Al convertir la música incidental en la explicación de lo que hace su protagonista, Wright nos conecta con la realidad mental de Baby de una forma poco común y prácticamente crea otro nivel de narración superpuesto al que normalmente tenemos, gracias a una prodigiosa edición y a otros recursos simpáticos, como usar los grafitis de las calles y las marquesinas de los locales frente a los cuales camina Baby, para ubicar fragmentos de la letra de la canción que él escucha. Este mecanismo logra que muchas secuencias resulten maravillosas de ver, pues cada curva que da un carro, cada gesto de los actores, cada elemento puesto en primer plano, se coordinan con los sonidos de la música que Baby y nosotros escuchamos y hacen parte de coreografías perfectas que el director construye como si fueran trucos de mago.

El problema es que al concentrarse en la premisa de que la música dicte todo (los alias de los asaltantes son expresiones cariñosas muy usadas en las canciones populares, por ejemplo), Wright olvida dotar de “vida real” a sus personajes, preocuparse porque sean algo más que los elementos de una fórmula. La historia de amor que plantea, los puntos de giro (sobre todo los que tienen que ver con los personajes secundarios) y la lección moral que aparece sin que entendamos por qué, le restan potencia al motor creativo. Comparándola con la música, Baby - El aprendiz del crimen pierde la coherencia de un álbum y se convierte en un disco de grandes éxitos, o mejor, en una serie de canciones bacanas que preferirías comprar de a una en la tienda de iTunes.

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