Susurrar en medio de los gritos: La librería de Isabel Coixet
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 20 de noviembre de 2018

Susurrar en medio de los gritos: La librería de Isabel Coixet

A veces los problemas no los tienen las películas sino nosotros. Cuando te acaban de dar una noticia maravillosa y la felicidad se sale por tus poros, aquella sensible pero lentísima adaptación de una obra de teatro escandinava, que en otro momento te parecería profunda e interesante, puede no ser lo que necesites. De la misma manera, cuando estás triste porque acabas de percibir que el mundo, al menos tu mundo, sí depende de tus decisiones, esa comedia desenfadada de humor grueso te va a parecer más tonta de lo que es. Puede que eso sea lo que pase con La librería de Isabel Coixet.

Que en estos tiempos de noticias falsas, de exaltaciones extremas, de luchas por los principios de la nación (y Nación con mayúscula inicial, faltaba más), este drama frío y flemático, en el que parece que nunca nadie va a levantar la voz, luce un poco como una vajilla muy fina en la que no nos atrevemos a servir la comida de todos los días.

¿Por qué ocurre esto? Probablemente porque todos los factores se juntaron para lograrlo. La película adapta una novela inglesa de finales de los setenta, y lo hace bajo la dirección de Isabel Coixet, que incluso en sus obras más logradas (como “Mi vida sin mí”, por ejemplo), prefiere jugar con cierta elegancia y sencillez en los planos, con ciertos tiempos medios en la narración, en la que poquísimas veces se pisa el acelerador.

También ocurre porque un reparto como el escogido, con la belleza tranquila de Emilly Mortimer protagonizándolo, y con la inquietante pero suave presencia de Patricia Clarkson como su adversaria, está allí precisamente porque lo que se busca es pintar con acuarela más que con óleo.

Basta decir que en una escena de la película, Florence, la mujer que ha insistido en abrir una librería en ese pueblo donde nadie lee, se mide y se prueba un vestido rojo que la hace ver bellísima, pero finalmente decide no usarlo para no llamar la atención demasiado.

Eso es lo que pareciera querer toda la película: no ser demasiado llamativa, ni subir el volumen o hacer escándalo, para que el gesto final caiga sobre el público con la trascendencia que tiene.

Si miramos con un poco más de atención veremos que en realidad La librería es un homenaje a la importancia de los libros, a lo que puede ocurrir en la vida de alguien cuando abre el volumen indicado, y ciertas ideas en las que jamás había pensado llegan a su mente. En ese sentido, se presta incluso para una lectura política, pues el personaje de Bill Nighy representa a todos los que nos alejamos de la sociedad, decepcionados por su comportamiento, para descubrir cuando queremos volver, que ya es demasiado tarde, que hemos dejado desde nuestra torre de cristal que la ignorancia comande al mundo.

Pero puedo estar inventando esta interpretación y viendo moralejas donde no las hay, en este cuento elegante y tibio, que tal vez no sea la película que necesitamos en estos tiempos de pasiones desenfrenadas, de odios irreconciliables. De gente que grita y grita sin escuchar a los demás.

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