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“Cambiaría todo para que esas personas estuvieran vivas”: el “niño ángel” de Chapecoense

  • Johan Ramírez, el “niño ángel”. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
    Johan Ramírez, el “niño ángel”. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
Por Gerardo Boscán Villasmil Colaboración especial* | Publicado el 28 de noviembre de 2018

“Yo cambiaría todo, hasta la casita que nos dieron a mí y mi familia, con tal que todos los que viajaban en ese avión, estuvieran vivos, reunidos con sus familias. Con que esa final se hubiese jugado.

Días después que todo se calmó en la montaña (en Cerro Gordo, La Unión), que pude estar en mi casa acostado, sabiendo que estaba con mi papá, mi mamá y hermana, me he preguntado: ¿por qué yo?, ¿por qué me tocó eso a mí?, ¿por qué vino a caer el avión ahí, tan cerca de donde estábamos mi papá y yo?, ¿por qué Diosito me dio la capacidad de ayudar, de darme la voluntad para caminar y correr en esa noche tan fría? Son preguntas que aún me hago y seguiré haciéndome, siempre. Solo he comprendido que Diosito lo pone en un lugar y en un tiempo específico, por una razón. La mía, guiar y ayudar a otros.

El día de la tragedia

Recuerdo que ese 28 de noviembre, me levanté muy temprano. El viernes antes había salido a vacaciones del colegio y el fin de semana llamaron a mi papá para que despachara unas hortensias para enviarlas a Cúcuta. Teníamos que hacerlo en cuatro días. El lunes subimos a los cultivos a las cinco de la mañana para comenzar a trabajar. Parábamos por poco tiempo para comer. Mi papá levantó un cambuche con unas tablitas y un plástico para quedarse ahí cuando se le hacía muy de noche. Así evitaba caminar una hora hasta la casa. Ese día quedamos tan cansados que nos quedamos ahí.

A eso de las nueve de la noche, escuchamos que venía un avión, gargajeando. Se escuchaba extraño, como un carro sin gasolina que aceleraba y mermaba. Lo sabía porque donde vivíamos siempre escuchamos los aviones que van al aeropuerto. De repente, dejó de sonar y a los pocos segundos sentimos el temblor. No era uno común, fue algo que azotó todo lo que teníamos en el cambuche. Mi papá se levantó y me gritó: ‘Johan, se cayó un avión’. Salimos a ver qué pasaba pero no vimos nada. Y eso que estábamos a unos cinco minutos del pie de la montaña.

Como a las 11:00 de la noche empezaron a llegar bomberos, camionetas y policías. Había mucho alboroto. ‘Johan, Johan. Levántese’. Me puse las botas, el saco y una gorra y nos fuimos hacia donde iba la mayoría, camino hacia la montaña.

Antes de ver algo tuvimos que pasar un morrito. Justo después vimos lo que quedaba del avión. Una parte había quedado arriba. Estaba muy destrozado, no había forma de nada. Fue una imagen muy impactante. No había ni fuego ni humo. No pensé que encontraríamos a alguien vivo. Lo que sí había era mucha iluminación con lámparas y faros que la policía había puesto. Recuerdo que había mucha desesperación y tanta gente hablando que no se entendía lo que le decía uno al otro.

‘Buenas noches’, dijo mi papá cuando llegamos, pero solo un bombero le respondió. ‘¿En qué podemos colaborar?’ consultó mi papá. ‘Necesitamos unos machetes para abrirnos paso hasta el avión e intentar rescatar personas’, comentó el oficial. Mi papá les dijo que ‘por donde nosotros subimos hay un paso en el que pueden llegar más fácil’. ‘¡De una, vamos!’ nos dijo el bombero. Me fui a buscar unos machetes donde papá y yo trabajamos. Yo corrí tan rápido como pude. Al regresar comenzamos a trabajar. Atravesamos cultivos por caminos lisos y resbaladizos debido a que había caído una llovizna que puso el camino muy feo. ‘Sigan al muchacho, él nos guiará’, dijo un oficial.

Salvando vidas

Lo más cerca que estuve del avión y ver los cuerpos regados en la montaña fue a unos 15 metros. Hacía mucho frío. El primer grupo que guié traía a Alan Ruschel, el defensa del Chapecoense. Apenas podía hablar. ‘¡Háblenle, que no se duerma!’ decían los rescatistas. Yo alumbraba con la linterna de mi celular cada paso para evitar que nos cayéramos. En el segundo grupo, enviado por el camino por mi papá, venía Ximena Suárez, la azafata. A ella la vi muy poco.

Llegó un momento muy duro. Vi cuando el doctor evaluó a un sobreviviente y ordenó que lo bajaran muy rápido. Ya no tenía casi signos vitales. Yo bajé rápido con el grupo. Le hablaban, lo animaban, pero no respondía. No lo logró. Fue muy duro verlo.

Después de él bajaron, siempre siguiéndome, a Jackson Follmann, el portero. Venía con el pie destrozado, como colgando. Pero estaba vivo. No podíamos dejarlo dormir. Solo uno le hablaba e intentaba mantenerlo despierto. Cuando subí venía el grupo que rescató al periodista Rafael Henzel, lo guiaba mi papá. Por último venía, también en una camilla, el señor Erwin Tumiri. Junto con ellos venía mi papá puesto que habían mandado a salir a los civiles porque algunos no llegaron a ayudar sino a buscar qué había por ahí regado.

Terminamos cerca de las tres de la mañana. Estábamos tan cansados, física y mentalmente, que no podía dormir. El subir y bajar unas seis veces por el frío y pantanoso camino nos exigió mucho.

Yo comencé a tomar conciencia de mi papel en esto cuando llegó EL COLOMBIANO a entrevistarme. Un periodista se enteró que hubo un niño que colaboró. Los bomberos me decían “niño fantasma” y luego “niño ángel”.

Después de todo eso fue un montón de cosas: entrevistas, homenajes, el regalo de una casa. Y el viaje a Brasil. Allá estaba rodeado de muchas personas importantes. Y llegó un punto en el que me quebré. Muchas personas se acercaron y me rodearon para agradecerme. Gente desconocida que me abrazó. Fue algo muy especial. Estando solo en el hotel, me lancé a la cama y lloré. Fue mi primer desahogo. Ahí boté todo el sentimiento acumulado. Ahí sentí que había hecho algo realmente importante y bonito.” .

*Relato basado en una entrevista.

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