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El parque de Berrío, donde se gestó el espíritu antioqueño

La plaza fundacional de Medellín guarda secretos de la erección de la Villa en 1675. Remembranza y evolución.

  • En el parque de Berrío convergen todas las clases, olores y colores de Medellín. FOTO jaime pérez
    En el parque de Berrío convergen todas las clases, olores y colores de Medellín. FOTO jaime pérez
El parque de Berrío, donde se gestó el espíritu antioqueño
08 de agosto de 2018
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Alrededor de una iglesia y un parque, como si desde allí soplara un constante hálito de vida, germinó la ciudad. Ese lugar, transitado hoy por propios y extraños bajo la estirpe del general Pedro Justo Berrío cruzado de brazos, fue donde hace 343 años se gestó Medellín.

La historia da cuenta que San Lorenzo de Aburrá fue el primer caserío establecido en el Valle en 1616, en lo que ahora es el parque de El Poblado. Sin embargo, el capitán Miguel de Aguinaga, 50 años después, trasladó el villorrio a las márgenes de la quebrada Santa Elena, arriba de su confluencia con el río Medellín.

Según las vigentes Leyes de Indias, ese caserío minúsculo, acorralado entre montañas, se desarrolló con la retícula española, favorecido por la topografía plana y ligeramente inclinada del terreno elegido por Aguinaga. Los lugareños se reunían en el lugar escogido para comprar y vender víveres, además de ser el punto de encuentro. El parque se llamó Plaza Mayor y el templo, Nuestra Señora de La Candelaria. Las actividades cívicas y comerciales tenían lugar allí.

Solo faltaba la bendición. Fue entonces hasta el 2 de noviembre de 1675, por orden de Mariana de Austria, reina regente de España, que el poblado fue erigido oficialmente. Tomó su nombre en reconocimiento a las gestiones de Pedro Portocarrero y Luna, conde Medellín de Extremadura y quien, como presidente del Consejo de Indias, insistió para que la corona española reconociera el caserío.

El crecimiento de la Villa fue concéntrico en torno a su Plaza Mayor, el polo de atracción de la ciudad hasta que apareció la plaza de mercados de Guayaquil, en 1890.

“Allí emergió el espíritu antioqueño, valores y costumbres, las tradiciones, el empuje, determinación y coraje”, se lee en el libro La Bella Villa, de Néstor Armando Alzate.

Todos los acontecimientos memorables se desarrollaban en su perímetro y los personajes políticos que llegaban a la ciudad eran recibidos en inmediaciones del parque.

Costumbres y dispersión

Durante los festejos populares se instalaban toldos, corralejas de madera y graderías de tabla. Eran comunes los fuegos artificiales en las conmemoraciones religiosas, sobre todo en el Día de la Virgen de La Candelaria.

Pero la ciudad empezó a crecer y a desplazarse en todas las direcciones. La plaza de mercado de Guayaquil y, posteriormente la estación Medellín del Ferrocarril, crearon nuevos polos de desarrollo que atomizaron la unidad urbana en su plaza primigenia.

Luego aparecieron las carreras Bolívar, Palacé y Junín, el parque en memoria del Libertador y la nueva Catedral que tuvieron como consecuencia, el movimiento de la población y la actividad comercial. La necesidad de vincularse con el resto del valle dio lugar a la extensión de caminos en todas las direcciones: Ayacucho, al Oriente; Colombia, al Occidente; Bolívar, al Norte; y Carabobo, al Sur.

“Alrededor de estos se intensifica la urbanización y se crean los barrios, con lo cual se presenta un desequilibrio con la original retícula española”, sintetiza un estudio del Centro de Medellín, de 1968.

La cuna del olvido

La ciudad continuó su expansión por todo el Aburrá y su centro histórico quedó en el olvido. Pese a su deterioro progresivo, el corazón urbano nunca nunca dejó de latir.

En los 17 barrios que componen la comuna de La Candelaria -una reminiscencia a los días de esplendor de la Plaza Mayor- trabajan 300.000 personas, operan 14 centros de educación superior, estudian 14.563 alumnos, 22.500 negocios , 79 edificios tienen declaratoria patrimonial y hay oferta de 16 grupos teatrales.

El parque de Berrío, que pasó a llamarse así a principios del siglo XX, en honor al general Pedro Justo Berrío (ver recuadro), sigue siendo el epicentro de esta comuna. Allí se mezclan todas las expresiones culturales, raciales, económicas y políticas de la ciudad.

En una especia de crisol urbano, caminan ejecutivos, adultos mayores con atuendos campesinos, venteros ambulantes, estudiantes, niños, indígenas, desplazados y turistas. Todos recorren los pasos de nuestros antepasados.

Es que según dice el escritor italiano Italo Calvino, las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; lugares de trueque, como explican todos los libros de historias de la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, sino también de palabras, ideas, discursos, deseos y recuerdos.

Todo eso, en la capital antioqueña, ocurre a diario en el parque de Berrío, en el lugar donde se gestó un sueño llamado Medellín.

Infográfico

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