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Los manuscritos, huéspedes de las bibliotecas locales

  • La copia del Código de Justiniano. FOTO Julio César Herrera Echeverri
    La copia del Código de Justiniano. FOTO Julio César Herrera Echeverri
  • Primeras pistas sobre el cielo. FOTO Julio César Herrera Echeverri
    Primeras pistas sobre el cielo. FOTO Julio César Herrera Echeverri
  • Bitácora para delimitar el mundo. FOTO Julio César Herrera Echeverri
    Bitácora para delimitar el mundo. FOTO Julio César Herrera Echeverri
  • La Memoria de la Villa Naciente. FOTO Julio César Herrera Echeverri
    La Memoria de la Villa Naciente. FOTO Julio César Herrera Echeverri
  • Joya de la cuna de la imprenta. FOTO Julio César Herrera Echeverri
    Joya de la cuna de la imprenta. FOTO Julio César Herrera Echeverri
Por daniela jiménez gonzález | Publicado el 23 de febrero de 2020
en definitiva

En los sótanos de las universidades y bibliotecas locales hay auténticas “máquinas del tiempo”. Se trata de los manuscritos e incunables. Entre ellos, el manuscrito de Francisco José de Caldas.

Todo en la elaboración de ese tipo de papel era un acto contemplativo, exigente, de tiempos y cuidados. Podrían pasar cinco o seis años, desde que la mano del escriba pule con la tinta las letras sobre las pieles, hasta que el producto llega a las manos del lector.

Las planchas, el secado, la maduración de las pieles, cada uno de estos pasos eran como los engranajes de una máquina más grande cuyo fin era, además, la persecución de la belleza. Los cuadernillos eran cosidos con cáñamo, unidos a veces con las entrañas de los animales. Un libro de los contemporáneos, de esos que guardamos en las bibliotecas hoy, no sobreviviría 500 años. Muchos de estos sí.

Se trata de los manuscritos y los incunables, documentos históricos que las bibliotecas locales —de los archivos de Medellín o de las salas patrimoniales de las universidades— guardan con recelo y hasta con misticismo.

En la Universidad de Antioquia, por ejemplo, reposa un acervo documental de más de 15 colecciones bibliográficas generales y especializadas compuestas por 258.016 títulos de libros (397.164 ejemplares físicos).

Entre este gran repositorio algunos son auténticas reliquias de los siglos XVII, cuando el papel aún provenía de pieles de animales y cereales molidos, se escribía con cálamos y se borraba con cuchillos. Otros más tardíos, de los siglos XVIII y XIX, plasmados a través de tipos metálicos móviles.

Por ejemplo, la institución conserva la tesis original que permitió que Antioquia rompiera la montaña para asegurar el cruce de los vagones del tren, titulada “El paso de La Quiebra en el Ferrocarril de Antioquia” y escrita por el joven ingeniero Alejandro López en 1899. En sus páginas está la cartografía del túnel de La Quiebra, su trazado de 3,7 kilómetros que sirvió para atravesar los cañones de los ríos Porce y Nus.

Con arrogancia o quizás absoluta confianza, López expresó en su tesis: “Tal como se nos presenta a nosotros, el problema de la Quiebra es una lucha de igual a igual con la naturaleza”.

Las preguntas ancestrales

José Luis Arboleda, coordinador de las Colecciones Históricas de la Universidad de Antioquia, confirma que muchos de estos documentos están escritos en lenguas muertas —como el latín y el griego antiguo— y que, por eso, ya no los consultan mucho. Es más por la curiosidad de ver un libro de ese tipo.

En otras universidades como Eafit custodian el único incunable del que se tiene registro en Antioquia, impreso en 1494 en Venecia, Italia, y el cual condensa dos obras del reconocido poeta Publio Ovidio Nasón (43 a. C.-17 d. C.): De arte amandi y De remedio amoris.

La universidad también adquirió una edición del siglo XVIII del Quijote de la Mancha (1780), conocida como El Quijote de Ibarra.

Las mayúsculas delicadamente decoradas, las marcas sobre el papel, revelan no solo su edad de más de 500 años sino también su unicidad. El investigador de la Universidad del Rosario, Jaime Restrepo Zapata, recuerda en su libro “La invención de la imprenta y los libros incunables” que se les llama así a las ediciones hechas en los primeros años de vida de la imprenta, entre 1450 hasta 1500.

Sus predecesores fueron los códices, que relevaron a los rollos de papiro alrededor de los siglos IV y V d.C y exploraron con ímpetu las nuevas posibilidades del pergamino: aumentaron el tamaño de las pieles, las hicieron delgadas, las doblaron en pliegues formando la estructura de cuaderno. Allí nació el lomo del libro.

Hubo, después, que pulir la técnica para coserlos. Restrepo indica que no es en vano que la tradición romana viera la encuadernación como oficio y arte, que además la llamara ars ligatoria. Con ella se embellecía y protegía lo escrito. Los primeros libros incunables se parecían mucho a los códices manuscritos, tenían la misma pretensión de beldad.

El sacerdocio y el monacato fueron factores decisivos en la conservación y preservación de saberes ancestrales y clásicos. Fue su más esmerado secreto.

La cultura tuvo su hogar en el laborioso trabajo de los copistas, de la mano de dibujantes de mayúsculas (rubricatores), calígrafos de copia (antiquarii), decoradores e ilustradores (miniatores e illuminatores). Y, como reseña el investigador, la naturaleza fue siempre la despensa para la tarea de escritores o artesanos: La plumas de ave aparecerían en el siglo VIII. Los colorantes eran sustraídos de los insectos, caparazones o crustáceos.

El Archivo Histórico de Medellín no guarda incunables, pero sí la historia de la Administración Pública de Medellín entre 1675 y la actualidad. Sus documentos hablan de la forma en la que ha cambiado la Villa. Es el relato de cuánto nos hemos transformado, pero también de las preocupaciones y acontecimientos humanos que, 500 años después, aún nos atraviesan .

Contexto de la Noticia

PRIMERas pistas SOBRE EL CIELO

De la antigua Biblioteca de Zea llegaron a la U. de A. tres documentos del Siglo XIX que se preguntan sobre la observación de los astros. Son la Traité élémentaire dástronomie physique de París, de1810 y escrito porJean Baptiste Biot, físico francés. También custodian Nociones de astronomía al alcance de los niños (1879), de Violette Vinot. El último es Astronomía ilustrada para el uso de las Escuelas Públicas de 1889, un recopilatorio de conocimientos de aquellos que, como hoy, miraban al cielo con todas sus preguntas, pero con pocas certezas. “¿Qué aspecto tiene la Luna?”. La misma enciclopedia se responde: “Parece cubierta de manchas claras y oscuras de varias formas”. Los astrónomos vuelven a la inquietud ineludible por el lugar del hombre en el universo. “¿Está la Luna habitada?”. Y su respuesta: “La falta de aire y agua la hacen inhabitable, al menos por seres como nosotros”.

bitácora para delimitar el mundo

Unas libretas de contabilidad son convertidas por el sabio Francisco José de Caldas (1768-1816) en sus libros de apuntes. La bitácora personal, conservada por la U. de A. y que data de 1804, inicia con un catálogo en el que él compila las estrellas del firmamento de París. Apunta 560 estrellas. Su pequeño registro del mundo no es monotemático: su interés fueron los peces, las montañas, las alas de las aves y cada uno de los huesecillos que les permitían volar. El manuscrito fue obsequiado por Jorge Pombo a Carlos E. Restrepo en 1910. Llegaron a la U. de A. en 1937, tal como lo consignó Restrepo en su testamento. Son los apuntes de un autodidacta, aprendiz de José Celestino Mutis. En el libro El día que Humbold llegó a Cartagena de Indias, de Gabriel Jaime Gómez, el investigador recuerda que Caldas se hizo naturalista “en el camino que lleva de Popayán a Santa Fe cuando, dedicado al comercio de ropa, iba herborizando como Mutis, comparando y clasificando las maravillas de una flora desconocida y calibrando por las estrellas la latitud de muchos puntos geográficos”.

LA COPIA DEL CÓDICE DE JUSTINIANO

De lomo de piel de carnero y con un exlibris tallado a mano sobre la plancha, el libro más antiguo que tiene la Universidad de Antioquia es un códice, el Codicis Sacratissimi de 1612. José Luis Arboleda explica que la edición está escrita en latín, con algunas inscripciones en griego. La obra condensa los códigos del emperador Justiniano que rigieron la organización social, política y religiosa de Roma en el periodo Bizantino, siglo V d.C. En 1612 estos códigos son retomados por una imprenta francesa, encargada de la divulgación de obras religiosas por toda Europa. Tras republicarse mil años después a doble tinta, Arboleda recuerda que el códice llega a la Universidad porque era uno de los tomos favoritos de los frailes franciscanos para las primeras cátedras que se dictaron en la institución. Tiene pocas ilustraciones, la mayoría en las mayúsculas ornamentadas. El director de la sala patrimonial dice que, sobre todo, le parece curioso que el compilador, Dionisio, mantuviera dos lenguas en el códice:
el latín, lengua culta; con el griego, una lengua
pagana. ¿Qué intención tenía y a qué
públicos quería llegar?

LA MEMORIA DE LA VILLA NACIENTE

Es una verdadera rareza de la literatura universal. En 2015, la Universidad Eafit importó desde Estocolmo una edición que reúne dos obras: De arte amandi (O “El arte de amar”) y De remedio amoris (“Remedios de Amor”), escritas por Publio Ovidio Nasón, —o simplemente Ovidio—, el gran poeta de la época de Augusto, el primer emperador romano. María Isabel Duarte, coordinadora de la Sala Patrimonial de Eafit, explica que con la compra se rescató una edición magistral, un texto que, inclusive, fue muy perseguido por la Iglesia y del que quedaron muy pocos ejemplares por tratarse del arte de la seducción. Está escrito en latín. El investigador de la Universidad Autónoma de México, José Quiñones, recuerda en su ensayo Los amores de Ovidio en habla española, que “ni el Renacimiento ni los siglos XV y XVI con su modernidad desearon difundir traducida esta obra que parecía marcada por un destino nada grato (...) Por dicha circunstancia, era difícil para el Renacimiento, a pesar de su liberalidad, no juzgar los amores, una lectura peligrosa para el hombre común; por ello nadie pensaba que fuera conveniente difundir su traducción”.

Daniela Jiménez González

Periodista del Área Metro. Me interesa la memoria histórica, los temas culturales y los relatos que sean un punto de encuentro con la ciudad en la que vivo, las personas que la habitan y las historias que reservan.

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