Víctor Gaviria

Realidades inmersas en narraciones mordaces

Por: Andrea Carolina Guerra Posada


“Hay muchas clases de reinos. Entre los más pobres hay algunos que superan a los demás en pobreza, llevan con una alegría inusual su saco y su sombrero agujereados, su espíritu a prueba de todo resplandece con el simple paso del tiempo…”

Este pequeño fragmento del poema “La novia que no duerme” de VíctorGaviria resume lo que es el cine para él, un cine que llego por accidente cuando el solo quería ser escritor. Un cine lleno de realismo y soberbia. En medio de la porno miseria, del cine de realidad de JoséArzuaga y de los inicios de los grandes carteles del narcotráfico en Medellín nace el cine realista de VíctorGaviria quien ve en el cine otra forma de conocer y comunicar la realidad de un país excluyente, sumergido en la indiferencia. Hablar del cine de VíctorGaviria es hablar de compromiso social, actores naturales, de lenguaje parlache, camaradería y locaciones auténticas.

Algo evidente y muy natural en el cineasta VíctorGaviria es el hecho de sumergirse en un proceso de investigación intenso en el que descubre todos los inconvenientes que viven a diario sus protagonistas, en ese camino largo y turbulento en el que andan. Víctor. De esas experiencias o existencias a documentar saca las bases en las que construye sus nuevas historias, es por ello que muchos le acusan de realizar documentales en vez de argumentos, muy a pesar de todo esto el sigue viviendo miles de horas con los protagonistas, miles de horas siendo su amigo y viviendo como ellos. Y esto indudablemente se ve reflejado en esos filmes honestos, intensos, verdaderos y llenos de vida propia, que realiza. Para VíctorGaviria el guion tiene que estar ensamblado en la investigación de campo, en la que se desarrolla un constante dialogo que lleva a la cocreación directa y permanente de la película. Si hay algo que Víctor Gaviria logra con propiedad es ese trabajo al interior de los personajes, desde el exterior, en el que todo detalle es importante, ya que le da un sentido de realidad y, sinceridad [1]

Para VíctorGaviria un actor natural es aquel que lleva su vida acuestas y que la adhiere a todas las actividades que realiza sin necesidad de que alguien lo pueda constatar. Un ejemplo de esto es la utilización de palabras o frases propias de los actores al interior de la película, frases como “esas no son penas”, o como decían en Rodrigo D (1990), “normal”, o la de La vendedora de rosas (1998) “para qué zapatos si no hay casa” Son expresiones que tienen significado, y que son respuestas a una realidad social y vivencial. Es por esto que los actores naturales de Víctor Gaviria siempre están expuestos a puntos medios no parecen ni muy buenos ni muy malos, Mas bien se encuentran en ese punto gris en el que a la final todos nos paramos.

En el afán de huir de ese racismo o clasismo intelectual en el que la mayoría de veces se ve envuelto el cine colombiano, Víctor Gaviria ha creado un cine de realidad en el que los actores pueden ser unos pobres y unos arrastrados, pero tienen mucho poder [2] el poder que les da este en ese universo propio que les crea. Gracias a esto y a muchas cosas másVíctor Gaviria ha logrado un sello y un estilo propio que con el tiempo fue reconocido, en el que la conjugación de los elementos apropiados hace de la obra de Gaviria un legado sólido y maduro.

VíctorGaviria desde sus inicios ha mostrado el profundo inconformismo que siente alrededor de la sociedad desigual y burgués del país, especialmente de la sociedad medellinense que siempre está alardeando de progreso, tradición y bonanza, cuando en realidad en sus calles hay pobreza, vandalismos y exclusión. El principal reflejo de esto es su opera prima Rodrigo D: No futuro en la que le da una cachetada a todas esas promesas y creencias de un futuro mejor, mostrándonos a un grupo de jóvenes anarquistas que no creen en nada, que no tienen ni Dios ni ley, que lo único que esperan es el momento de morir. Rodrigo D, es una película de desesperanza, de rupturas y caos. La vida para estos jóvenes amantes del punk consiste en poseer un arma, una mujer y ropa de moda, vivir disfrutando de todo esto hasta que llegue el día del adiós final, de un adiós esperado con valentía y gozo.

En un país donde las clases dominantes son las que tienen la última palabra, “Rodrigo D: No futuro” quiso ser desechada pero muy a pesar de esto consiguió no solo ser aceptada por los organizadores del festival de cine de Cannes sino por el curador de la sección de cinematografía del museo de arte moderno de nueva york.  Evidentemente por más que las clases dominantes estuvieran revueltas ya no podían hacer nada, porque Rodrigo D: No futuro no solo era un éxito de Gaviria sino un éxito de la cinematografía colombiana, en la que se hablada de la realidad de Medellín una ciudad  aparentemente pujante y progresista, que en sus calles y comunas esconde una profunda cultura desconocida para la mayoría, la cultura del “No futuro” tapada por ideales e intereses políticos. Este fue el gran dilema de Gaviria al atreverse a mezclar realidad social con política y anarquismo sin delimitar el lenguaje cinematográfico utilizado, es por esto que no se puede saber a ciencia cierta que es Rodrigo D: No futuro, si un documental, un testimonio o un argumental. Lo que sí es evidente es la importancia de esta nueva dramaturgia que plantea Gaviria a lo largo de su obra.

Continuando con el cine polémico y de contenido de Víctor Gaviria aparece ante nuestros ojos  La vendedora de rosas (1998) una historia bañada de pueblo, niños y calle. En la que se cuenta la historia de Mónica, una niña de 13 años golpeada por la soledad quien se encuentra la mayor parte del tiempo en la calle, compartiendo este espacio y sus vivencias con otros de su misma edad. Mónica decide vender rosas en la ciudad de Medellín un día antes y durante la noche de navidad, por cosas del destino esta hermosa niña de 13 años se topa con un borracho que le obsequia un reloj, el cual a grandes rasgos termina siendo el causante de su muerte.

Esta película hecha como la anterior con actores naturales, permite ver la espontaneidad de la realidad en que se desenvuelven los protagonistas. Partiendo de su lenguaje (el parlache), la significación de su entorno, su modo de vestir, de pensar y contradecirse. Permiten evidenciar esa cultura sumergida dentro de los muros y las calles, esa cultura que aún nos negamos aceptar y que podemos palpar en el destino trágico de los actores que intervinieron en la obra, esos que terminaron muertos, encarcelados o en el olvido.

Después del flamante éxito de la vendedora de rosas Víctor Gaviria decide explorar el fenómeno que en últimas era el trasfondo de las películas mencionadas con anterioridad. El fenómeno del narcotráfico. Sumas y restas (2005) Es una película que paradójicamente y muy a pesar de su temática no enfrenta policías ni ladrones, y en la que casi no hay derramamiento de sangre. Es una película que se centra más en mostrar los matices culturales y en ese cambio de vida que surge al involucrarse en el negocio de la droga. Logrando todo esto a través de personajes de bajo perfil y basándose en la historia real de un amigo, Víctor Gaviria obtuvo como resultado una película honesta que habla de esa búsqueda de las cosas que nos han confundido el camino, del cambio de los códigos y valores al deseo tortuoso por tener cada vez más y más dinero, sin importar nada más que ese deseo.

La naturaleza sensible de Víctor Gaviria, sus ojos de poeta, su conciencia social fuertemente arraigada, y el enfoque antropológico y sociológico que le da a su trabajo facilitan a través de la etnografía la creación de dichas obras majestuosas llenas de realismo y pureza con las que a lo largo de los años nos ha venido sorprendiendo, no sabemos a ciencia cierta cuálserá su próximo acierto o si simplemente desatinara lo que sí es seguro es que en su próxima película se verá reflejada nuevamente ese compromiso que tiene con la realidad en la que en este país todos estamos inmersos.

Decálogo del cinéfilo

Por: Andrés Burgos

Uno. Si la película es rusa y en blanco y negro, no hay que comprar crispetas a la entrada.

Dos. Resulta conveniente evadir las películas latinoamericanas donde salen prostitutas intelectuales, que declaman o sueltan datos enciclopédicos. Existe allí una alta posibilidad de que también aparezca una gallina caminando sobre una mesa o algún personaje haga el chiste sobre la contradicción de la inteligencia militar.

Tres. Los susurros resultan más importantes en las películas de acción que en las intimistas.

Cuatro. La cámara como protagonista equivale al lenguaje como protagonista en un libro. Juzgue usted.

Cinco. Amo profundamente las películas orientales, en especial las coreanas. Pero eso de saberse muchos directores, teniendo claro cuál es el nombre y cuál el apellido, es francamente no tener nada más que hacer.

Seis. Que la cámara se levante, en un movimiento de grúa, mientras un personaje grita adolorido al cielo es una imagen que ya solamente se puede permitir la comedia. No importa que Clint Eastwood lo haya hecho en Mystic River.

Siete. El talento de un director mucho le debe a la capacidad de rodearse de la gente adecuada.

Ocho. La posibilidad de que el cine gringo salga con una escena erótica memorable está en proporción directa con la eventualidad de que los franceses logren una de comedia.

Nueve. Si a uno le dicen que una película hay que verla leyendo su contexto, la cosa no pinta nada bien.

Diez. Vade retro a quien no le gustó Toy Story.

Publicado en la Revista EL Maslpensante N° 125 de noviembre de 2011

Las mejores películas del 2011

O las limitaciones de las listas

Por: Oswaldo Osorio


Es un placer culposo hacer listas. Lo único cierto en ellas es que hay que creerles solo en la medida en que se comparta los criterios y el gusto de quien las hace. Esta lista, además, está llena de limitaciones: películas estrenadas en 2011, ni siquiera en Colombia, sino en Medellín, donde la oferta es menor.

Es por eso que muchos de los grandes títulos del año (Melancolía, El árbol de la vida, El niño de la bicicleta, Tenemos Papa, El artista…), no fueron contemplados, ya porque nunca se estrenarán en el país o porque se verán con un año o más de retraso. Lo importante de las listas es que son un referente, sobre todo para quienes no son muy cinéfagos y agradecen que alguien les limpie un poco la oferta de tanto ripio de celuloide que siempre abunda por ahí.

1. Medianoche en París, de Woody Allen. Esta cinta es una carta de amor que el siempre genial director neoyorkino le hace a la Ciudad Luz. En ella está lo mejor de su cine: serias reflexiones sobre el arte y el amor cruzadas por el humor y la fantasía.

2. Un año más, de Mike Leigh. Hecha por un director que nunca decepciona, esta cinta habla de personas corrientes que lidian con situaciones corrientes, y aún así, resulta una significativa historia, inteligente y cargada de connotaciones.

3. Lazos de sangre, de Debra Granik. Un conmovedor relato que se adentra en un desconocido sector social de Estados Unidos, donde violencia, familia y marginalidad están presentes en cada personaje y su visión del mundo.

4. De dioses y hombres, de Xavier Beauvois. Un inspirador y reflexivo filme sobre la religión pero sin proselitismos, que habla con lucidez acerca de la naturaleza humana y de manera sosegada con su narración y sus imágenes.

5. El asesino dentro de mí, Michael Winterbottom. Descarnado e inquietante thriller que casi nos hace comprender y apreciar a un asesino. Una historia de atmósferas densas y personajes impredecibles.

6. Bright star, de Jane Campion. La historia de un amor insatisfecho y un retrato del más puro romanticismo. El esbozo a trazos gruesos de uno de los cultores de este movimiento literario, el poeta John Keats.

7. Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez. Esta entrañable película habla del conflicto colombiano con sutil contundencia, sin gritos ni sensacionalismo; así como de la naturaleza de los niños, sin empalagos ni sensiblerías.

8. En un mundo mejor, de Susan Bier. Los conflictos afectivos y familiares están aquí en  primer plano tratados en toda su complejidad, mientras de fondo, el gran tema de la venganza es cuestionado y analizado de manera inteligente e impactante.

9. Así se siente el amor, de Mike Mills. Una cinta que habla de la tristeza a partir de dos historias de amor, una filial y otra romántica. Un sutil relato que juega con el contrapunto entre la emotividad de las situaciones y el adverso estado de ánimo de su protagonista.

10. Rompecabezas, de Natalia Smirnoff. Una historia de liberación que de forma mesurada e inteligente habla del universo femenino y del machismo institucionalizado por la familia y el matrimonio.

Con el cine a cuestas


Por: Oswaldo Osorio

El cine llegó a Medellín a galleras y plazas de toros en los estertores del siglo XIX. Por aquel entonces, igual que lo hizo Bruno Crespi en Macondo, un ejército de empresarios trashumantes se repartió las ciudades y pueblos del mundo para llevar el cinematógrafo, si venían de parte de los hermanos Lumière, o el proyectoscopio, si los había mandado Edison.

Claro que Macondo fue el único lugar que despreció la nueva atracción, cuando sus habitantes vieron como un engaño que un actor muerto en una película, resucitara para la cinta de la semana siguiente. Por lo demás, el cine fue acogido con fervor desde las grandes capitales del mundo hasta los más recónditos e impronunciables poblados. Y todo empezó con centenares de proyectores viajando en barco, tren o a lomo de mula. Por eso el cine comenzó siendo portátil, una atracción de feria ofrecida por nómadas de la luz y de la imagen en movimiento.

A finales de 1898 se dio la primera función de cine en Medellín. Era un proyectoscopio, traído por los señores Wilson y Gaylord, en el que se pudieron ver las acostumbradas imágenes de aquel entonces, esto es, películas entre cinco y diez minutos que todavía no contaban historias sino que mostraban la febril actividad de las grandes ciudades: trenes, transeúntes, bailes, carruajes surcando las calles, etc.

Esas primeras funciones fueron en el Teatro-Gallera, años más tarde serían el Teatro Principal y a partir de 1910 es el célebre Circo España el que empieza a tener al cine como uno de sus acostumbrados programas, los cuales intercalaba con obras de teatro, zarzuelas y corridas de toros. Dos años después, sus administradores se asocian con los hermanos Di Domenico, pioneros de la producción y la exhibición del cine en Colombia, para mantener una programación más regular y variada. El cine ya estaba en casa.

Se abren los templos del cine

Y así como ocurrió en Medellín, al mismo tiempo se dio el advenimiento y furor del cine en todo el mundo. Esos proyeccionistas nómadas esparcieron las semillas para que se crearan las primeras salas de cine. Ya para la primera década del siglo XX los llamados Nickelodeones invadían las ciudades de Estados Unidos, y con ellos el cine se convertía en la forma de entretenimiento más popular, pero también significaron el inicio del predominio del cine sedentario.

Por el soporte en el que se encuentra la obra, el cine es el arte que más condiciones exige para ser consumido. Esto se debe, en principio, a su base tecnológica, pero también a unos requerimientos necesarios a la hora de presentar una película: proyector, pantalla, sonido amplificado, butacas y sala oscura. Si bien estos requerimientos inicialmente se ajustaron a la itinerancia de un pasatiempo que apenas se daba a conocer, cuando fue más popular y rentable fueron concebidos para grandes salas y así ofrecer un mejor espectáculo.

Para los años veinte los Nickelodeones, que todavía tenían mucho de teatro de variedades, habían sido sustituidos por los grandes templos del cine, creados en función de las proyecciones cinematográficas y dotados de un gran aforo. En Bogotá ya hacía años operaba el famoso Teatro Olympia y en Medellín se construyó, en 1924, el siempre recordado con nostalgia Teatro Junín.

El primero duró 33 años y el segundo una década más. Ambos sucumbieron ante la concepción de progreso de los gobernantes de turno, al de Bogotá le pasaron por encima una calle y al de Medellín lo aplastaron con el edificio más emblemático de la ciudad. Luego de más de medio siglo como la forma predominante de exhibir películas, el fin de estos templos del cine en Colombia hace parte de una tendencia mundial, a partir de la cual empiezan a desaparecer esas grandes estructuras dotadas de cuatro mil o seis mil butacas (como el Junín y el Olympia, respectivamente). En consecuencia, para los años ochenta el panorama había cambiado casi por completo. Los cines de barrio dejaron de existir y el público empezó a ver cine en sus betamax o en pequeñas salas agrupadas en multiplex incrustados en centros comerciales.

Del Kinestoscopio al iPad

Pero la razón de ser de este recorrido por la exhibición del cine no es el lamento y la nostalgia, sino reparar en una paradójica situación que se presenta desde hace unas dos décadas y que en los últimos años ha cobrado mayor fuerza. Y es que el cine de nuevo ha empezado a ser portátil y trashumante. Otra vez la tecnología lo hace posible. El formato de video (ya en VHS o DVD) y los cada vez más pequeños y baratos proyectores de video, han devuelto el cine a la carretera y lo han sacado a las calles y plazas públicas.

Pasando agachados por el complejo –para estos casos- asunto de los derechos de autor, instituciones, cineclubes, festivales de cine y hasta pequeños empresarios como los de hace un siglo, cargan sus películas y proyectores hacia todos los rincones de las ciudades y del país. El medio centenar de muestras y festivales que hay en Colombia dan fe de ello, pero también los programas culturales y de formación de públicos llevadas a cabo por distintas entidades y hasta –muy tímidamente habría que reprochar- por los mismos entes estatales.

La gran diferencia con el cine portátil de hace cien años es que ahora todas esas funciones son gratis. El eslogan propuesto hace más de una década por el Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia de “cine bajo las estrellas”, se ha impuesto en este nuevo ciclo de películas nómadas, y el techo de estrellas no se cobra. Igualmente, el “Cine Andariego”, uno de los principales programas itinerantes de Medellín, es una bella expresión que le da nombre a esa vocación que tienen muchos para echarse el cine a cuestas y llevarlo a un público siempre ávido de ver las historias de la gran pantalla.

Esta situación llega a una coincidencia mayor con los orígenes del cine cuando es posible ver que ahora, por vía de los computadores portátiles y los iPad, que un considerable número de espectadores ven las películas en solitario, así como se prefiguró Edison que se debía ver el cine cuando creó el Kinetoscopio, el cual, a diferencia del cinematógrafo, solo podía ser visto por una persona, porque la película estaba proyectada dentro de una caja y se veía a través de una rendija. La diferencia es que el aparato de Edison era grande y solo almacenaba una película, mientras los dispositivos actuales se pueden llevar bajo el brazo y conteniendo hasta varios centenares de películas. El ciclo del consumo de cine parece que volvió al mismo punto, pero es abismalmente diferente.

Todo el cine ya no se ve en cine

Por: Oswaldo Osorio

Hace 20 años yo iba a cine 300 veces al año. Ahora, aunque lo quisiera, no podría, porque la oferta de la cartelera ha bajado esa cifra casi hasta la mitad. Paradójicamente, las salas de cine se han multiplicado. Con las que acaba de abrir Cinépolis, solo en el área metropolitana de Medellín llegan a casi un centenar. En otras palabras, actualmente hay más dónde ver cine, pero menos cine para ver.

No hay que pensar ni investigar mucho para saber la razón de esto, porque tal situación se da desde que, en 1927, Cine Colombia compra la empresa de los hermanos Di Doménico y contrata a los Acevedo para que hagan noticieros y dejen de hacer películas. De esta manera, el mayor exhibidor del país saca del camino a las dos familias pioneras del cine nacional, y así despeja el panorama para poder llenar sus salas con todo el cine de Hollywood que siempre le ha sido más rentable.

De manera que, al parecer, simplemente es un asunto de oferta y demanda, la natural imposición de la industria sobre el arte, en un medio que está más determinado que cualquier otro por este doble componente. Sin embargo, verlo así sería un facilismo conformista, porque, por un lado, cuando se estrenaban más películas, el cine también era rentable, y por otro, antes no había más público que ahora, al contrario, en los últimos cinco años se ha duplicado.

El problema es que el facilismo es más bien por parte de los exhibidores, quienes siempre van sobre seguro con cierto tipo de cine, como por ejemplo las sagas (Destino Final 5, Transformers 3, X-Men 5, Harry Potter 8), las infantiles (Kung Fu Panda 2, Cars 2, Los Pitufos) o  las películas de súper héroes (Thor, Capitán América, Linterna verde), por solo mencionar los títulos que este años monopolizaron la cartelera.

Y como se sabe, salvo por las películas en 3D (que ya están bajando sus ganancias), los exhibidores ganan tanto o más dinero con la confitería, que no con las entradas a cine. Así que tampoco es un gran sacrificio pedirles que de las cinco o diez salas de sus múltiplex, dejen una o dos con cintas que diversifiquen la oferta.

Estas empresas deben saber que, como todas, también tienen una responsabilidad social, y si trabajan con una expresión artística, tal práctica es una obligación mayor. Con una más variada oferta, incluyendo más títulos de calidad y diferentes, la contribución de los exhibidores a la formación de públicos sería inapreciable, porque ese es un proceso necesario en el que todos ganamos, sobre todo los mismos exhibidores.

Por eso, cuando un espectador ve la cartelera (sobre todo en época de vacaciones), se da cuenta de que en más de la mitad de las salas están las mismas cuatro películas. Entonces, se conforma con lo que hay o desiste de entrar y se compra una camiseta o se dirige al primer local de hamburguesas que encuentre.

Los espectadores que queremos ver más cine, adicional a las miserias que nos ofrece la codicia de los exhibidores, pues recurrimos a las tantas alternativas que la tecnología y el mercado negro hoy nos permite: tiendas de DVD piratas, descargas por internet, TV por cable o películas online. A través de estos medios, la oferta se multiplica exponencialmente, pero el cine muere un poco, porque ya la calidad de la imagen y el sonido serán más deficientes, difícilmente tendremos la complicidad de la sala oscura y la imagen se reduce ridículamente.


El cine de Luis Alberto Restrepo

El Placer de la Guerra

Por: Sebastian Betancur Ochoa


“Errare humanum est”, cita la clásica expresión latina en la que se deja por sentado que el ser humano, por su naturaleza, es susceptible de cometer errores y es inevitable tratar de impedir que esto pase. Entre los errores que ha cometido y seguirá cometiendo el hombre, está la guerra. Esa lucha implacable y despiadada por el poder, el territorio o por el simple hecho de demostrar superioridad, ha hecho de la historia una gran sucesión de errores y tropiezos en la evolución del ser humano.

Sin embargo, estos han sido enormemente productivos para los artistas que hacen de ella una fuente de inspiración tanto para reflexionar sobre ella como para criticarla en todos sus aspectos. Desde los realizadores norteamericanos utilizando su Guerra Civil, la invasión a Vietnam o la más desgastada ya, Segunda Guerra Mundial; pasando por los españoles que no ignoran la represión de la dictadura franquista y su misma guerra civil, un país como Colombia, cuya historia ha ido de caída en caída, no podía ignorar, a través de sus expresiones artísticas, todo este conflicto que ha acompañado a su población desde hace más de medio siglo.

Luis Alberto Restrepo es uno de esos individuos capaces de analizar y criticar el conflicto que se ha vivido en el país, y presentarlo, utilizando los recursos y la narrativa cinematográfica, para mostrar realidades que casi siempre son ignoradas por los medios que se encargan de delimitar qué y cuánta información recibe la sociedad en general. Pero aun así, éste no lo hace de manera amarillista ni sensacionalista, sino que involucra otros aspectos de la psicología del ser humano que afronta todo este tipo de conflictos y los presenta a través de personajes muy bien construidos que llevan la trama a una faceta que llega a desligarse del asunto guerrerista y se centra en una cuestión más rica en detalles narrativos e ideológicos.

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9º Festival de Cine Colombiano de Medellín

El cine nacional, un joven y viejo saludable

Por: Oswaldo Osorio

El cine colombiano tiene casi noventa años, eso si contamos desde la realización del primer largometraje de ficción (María, 1922). No obstante, podría decirse que en la actualidad atraviesa por una etapa de juventud, eso como resultado del impulso que le ha dado la Lay de Cine desde hace ya siete años. Tampoco se puede decir que empezó otra vez desde cero, sino más bien que es un cine reencarnado, el cual conjuga elementos del pasado y del presente.

En esta nueva versión del Festival de Cine Colombiano de Medellín se podrá ver esa combinación de elementos. Son quince películas de una rica diversidad en sus temáticas y tratamientos, también en la intención, la calidad y la factura. Hay coproducciones como Rabia, Contracorriente y Del amor y otros demonios; cine intimista como Karen llora en un bus; y películas que buscaron conectarse con el gran público como Sin tetas no hay paraíso, El paseo o El jefe.

Naturalmente, y como es necesario, hay otras cintas que reflejan la realidad del país en sus distintas problemáticas y con acercamientos diferentes, desde la sutileza y emotividad de Los colores de la montaña, pasando por la dureza y realismo de La sociedad del semáforo, hasta la vocación reflexiva y crítica de Retratos en un mar de mentiras.

El caso es que se trata de una cinematografía hoy por hoy vital y prometedora, con películas tanto para el beneplácito del público, como para ser consentidas por la crítica o premiadas en festivales, incluso películas “todoterreno” que tienen la capacidad de llegar a esas tres instancias. También, y no menos importante, es una cinematografía más madura, tanto en los aspectos técnicos como en el eficaz conocimiento de los procesos de producción. Es decir, todo está dado para que el público se decida a apoyarla definitivamente, que es lo que más le hace falta.

Un festival dedicado por entero a esta cinematografía, justamente, busca esa apropiación por parte del público. Con un evento de estas características, se pretende dar a conocer mejor este cine a los espectadores y disuadirlos de sus prejuicios para con nuestro cine. Por eso, además de esas quince películas, se mirará al pasado con un homenaje al pionero de la animación en el país, el maestro Fernando Laverde, y se realizará una muestra sobre el rico periodo de realización de mediometrajes de Focine.

Para completar esta vocación formativa, como siempre, el Festival tiene una nutrida programación académica, esta vez dedicada a la dirección de fotografía. El evento está planteado en forma de seminario y contará con la presencia de los más importantes cinematografistas del país, a quienes acompañarán cuatro invitados internacionales, encabezados por el reconocido guionista y director mejicano Guillermo Arriaga (Amores perros, Babel, Fuego).

Se trata, pues, de toda una semana dedicada al cine nacional estrenado durante el último año, más un repaso a ciertos momentos de su pasado y una importante reflexión académica en torno a la fotografía en el cine. Una oferta completa y al alcance de un público que cada vez tiene menos reparos para con el cine nacional, gracias en parte a eventos como este.


Cine de culto en Colombia

Retorcidos objetos visuales para unos extraviados

Por: Oswaldo Osorio


Cine pobre, feo y mal vestido. Esa bien podría ser una primera definición del cine de culto. Y en Colombia abundan las películas con estas características. No obstante, la verdadera condición para pertenecer a esta categoría no la determina el director o la película misma, sino el público, que por alguna aberrada razón, decide idolatrar una cinta, muchas veces al punto de la obsesión.

Por lo general, no son las películas más populares, pues tienden a ser marginales, ya por su distribución o por su propuesta salida de todo cause; tampoco son las de mayor pedigrí artístico, porque casi siempre son sus defectos, excesos o deformaciones intencionales lo que llama la atención de los “cultistas”, ese raro tipo de cinéfilo que gusta de adorar y mitificar ciertas películas, ya sea por su tema, su estética, alguna tragedia que la acompaña o su mal gusto. Las razones nunca son las mismas.

Son películas de culto The rocky horror picture show (Jim Sharman, 1975) esa exuberante historia de rock y horror (blando), que es tal vez la más famosa de todas, por ser celebrada e imitada en funciones de media noche. El Cuervo (Alex Proyas, 1994), porque la oscuridad de este súper héroe se alinea con la trágica muerte en el rodaje de Brandon Lee (Hijo de Bruce). Y así muchas más, como las películas de Ed Wood por nefastas y “tugurientas”, las de John Waters por gamberras y provocadoras, o las primeras de Peter Jackson por exabruptas y viscosas.

Mal gusto y excesos criollos

En Colombia, por una simple cuestión de estadística y proporciones, el cine de culto es de esporádicos guetos e ínfimas cofradías, esto por efecto de una premisa básica: si en este país el público (incluyendo –y a veces sobre todo- a los cinéfilos) ve muy poco cine nacional, pues el que frecuenta el cine de culto es una especie harto más escasa.

Aún así, existen unas películas que seguirán siendo vistas una y otra vez por mucho tiempo y por encima de las más taquilleras o galardonadas. Los filmes de Jairo Pinilla, los realizados en Caliwood y la ópera prima de Víctor Gaviria, son probablemente los principales exponentes de este cine nacional ritualizado. Son películas que, gracias a sus características o a pesar de ellas, son una droga para la pupila de ese raro bicho que ve en la extraña belleza de estas cintas una turbia fascinación.

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70 años de El ciudadano Kane

La importancia y vigencia de un clásico

Por: Oswaldo Osorio


La historia de la mejor película de todos los tiempos empieza con una simpática anécdota. Una compañía de teatro de New Jersey aterrorizó a los habitantes de esta ciudad, en 1938, con una impactante y realista adaptación de La guerra de los mundos, de H.G. Wells. Detrás del pánico colectivo, producido por esta transmisión radial que anunciaba una invasión extraterrestre, estaba un joven llamado Orson Welles.

Lo importante de la anécdota es su consecuencia inmediata, y es que, apenas con 23 años, este joven firmó un contrato con la RKO, una de las más poderosas productoras de la época. Pero no cualquier contrato, sino uno sin precedentes en la industria, pues le permitieron dirigir, producir, escribir y protagonizar varias películas con plena libertad creativa.

Este detalle de la libertad creativa, que por primera y última vez se le otorgaba a una persona (le quitaron ese privilegio con los siguientes filmes del contrato), es el elemento decisivo para que esta película fuera posible. Porque Hollywood nunca le ha apostado al genio creador, sino al camino seguro, que en aquel entonces –y todavía- era el atractivo de sus estrellas y los esquemas conocidos de los géneros cinematográficos.

Welles podía contar cualquier historia, y se decidió por la vida de un magnate de las comunicaciones, inspirada en la vida de William Randolph Hearst. Es cierto que dicha historia, como otras tantas, gira en torno al materialismo y al capitalismo, a la megalomanía y egocentrismo de un hombre, y es un retrato de la sociedad y la política de Estados Unidos, pero la diferencia fue cómo lo contó este director y lo que dijo sobre estos tópicos.

Rosebud

El hilo conductor de esta película es un cuento de detectives. La trama busca el significado de la última palabra que dijera Kane antes de morir: Rosebud. Es posible que una sola palabra explique la vida de un hombre, pero lo cierto es que esta búsqueda dio lugar a las principales rupturas propuestas por esta película en relación con el cine de su tiempo: la discontinuidad en la estructura narrativa y la variación del punto de vista.

Por aquel entonces, el cine apenas se estaba afianzando en sus convenciones. La narrativa clásica, eminentemente lineal, se imponía, así como los relatos en primera o tercera persona, pero rara vez mezclados. Lo que hace Orson Welles, junto con su guionista Herman Mankiewicz, es contar la historia de este hombre a partir de seis puntos de vista distintos, los cuales definen el orden no lineal del relato.

Así mismo, su propuesta visual redefinió las posibilidades estéticas del lenguaje del cine. Y no es que Welles (en complicidad con su fotógrafo Greg Toland) se haya inventado nada, sino que fue la forma como entendió los recursos formales del cine (iluminación, encuadres, angulaciones, uso de la profundidad de campo, lentes, etc.) y cómo los combinó y los aplicó en beneficio de la expresividad, el drama y la estética de su filme, lo que la convirtió también en una obra maestra y referente para piezas futuras.

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El cine de los hermanos Farrelly

El desgaste de los últimos reyes de la comedia

Por: Oswaldo Osorio


Hollywood, a lo largo de su historia, ha tenido bien definidos los comediantes que se han impuesto en distintas épocas. En este momento, y desde hace unos quince años, los hermanos Peter y Bobby Farrelly son quienes se han posicionado con un estilo de comedia que nos plantea serias preguntas acerca del gusto, más que de ellos, del público que los ha sostenido como los más populares y rentables comediantes de esta época.

Todo empezó con Chaplin, quien se impuso como el más sobresaliente comediante durante casi dos décadas hasta la llegada del cine sonoro, en 1927. Cuando el cine habló, fueron los hermanos Marx quienes dominaron las pantallas durante los años treinta. La década siguiente no tuvo un reinado tan definido, si acaso príncipes disputándose el trono, como Los Tres Chiflados o Abott & Costello. Los cincuenta y parte de la década siguiente son del genio de Jerry Lewis y le recibe el trono Mel Brooks. Y para fines de los setenta y todo el decenio siguiente son del trío de directores Zucker-Abrahams-Zucker. El hecho de que todos estos “reyes” de la comedia sean judíos, es una coincidencia que, seguramente, puede ser explicada más allá de la mera casualidad.

Con Tontos y más tontos (1994) se inicia el reinado de los Farrelly. Ya en esa película empiezan a definir el tipo de humor para el que son buenos y el esquema general de sus comedias, esto es, el humor que apela a unos chistes, tanto visuales como verbales, muy básicos pero ingeniosos, con muchos componentes escatológicos y con explícitas connotaciones sexuales; y un esquema que siempre combina el respectivo “vicio” o debilidad del protagonista (que es lo que lo pone en apuros y propicia el humor) con una improbable historia de amor.

Es decir, la escatología, sin atenuantes ante el decoro, y el amor torpe, que casi siempre llega a feliz término, es la materia prima con la que trabajan los Farrely. Algo de eso se vio en su siguiente y tibiamente acogida película, Kingpin (1996), y mucho de ello en la popular, aclamada y referenciada Loco por Mary (1998), “la Cumbres borrascosas del mal gusto”, como algún crítico la llegó a definir.

Loco por Mary, sin duda, es una hilarante película, original e ingeniosa, que le ha dado a la historia de la comedia un par de escenas e imágenes inolvidables. No obstante, estos adjetivos deben ser aplicados en el marco del humor de Hollywood, de la comedia elemental y populista y del uso del mal gusto como materia prima del humor. Más o menos en el mismo nivel han estado otros filmes suyos como Irene y yo y mi otro yo (2000) y Pegado a ti (2003)

Sin embargo, la forma ingeniosa y arriesgada en que llevaron un paso adelante ese mal gusto y la escatología, ya no se presenta de igual forma en las siguientes, ya por falta o por exceso, es decir, porque no presentan nada nuevo y sus historias de amor están casi desprovistas del componente cómico, como ocurre en Amor ciego (2001); o porque lo llevan a un nivel insoportablemente desagradable, como ocurre con el chiste de la nariz defectuosa en La mujer de mis pesadillas (2007) o el del estornudo en su última película, Pase libre.

En el cine de Hollywood no se avizora sus sucesores en el futuro inmediato, a lo sumo, actualmente se les equipara el éxito y popularidad que tienen algunos actores, como Ben Stiller, Adam Sandler o Will Farrell. A pesar de ello, ya el cine de los hermanos Farrelly se antoja gastado o excesivo, dos extremos que difícilmente volverán a concebir otra Loco por Mary. Es decir, estamos ante la decadencia de un humor que ya de por sí, en relación con los otros reyes de la comedia, era decadente.