El cine colombiano del Siglo XXI

Dos décadas del mejor cine

Oswaldo Osorio

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Tal vez solo una hecatombe volvería matar al cine colombiano. Esa historia intermitente, cruzada por nacimientos y muertes, parece haber llegado a su fin. Por eso, en lo que va de este siglo y en delante, de lo que se trata es de lidiar con su vitalidad, la cual le fue insuflada por una serie de afortunados factores, entre los que se destaca una favorable y bien ejecutada legislación, pero también la formación de los cineastas y del público, así como una mayor visibilidad en el exterior, un dinamismo de la industria en sus diferentes componentes y una inevitable diversidad en sus temas y propuestas.

Luego de un periodo de sequía durante la década del noventa, cuando no se alcanzó a estrenar ni siquiera una veintena de películas, termina esa transitoria orfandad del interés y apoyo estatal. Se crea la Dirección de Cinematografía y Proimágenes en Movimiento, las entidades que sacarían adelante la Ley de Cine, la cual entraría en vigencia en 2004. Pero ya a principios de ese decenio se empezaba a conjurar la escasez, cuando unos primeros estímulos contribuyen a desatrancar una serie de proyectos pendientes que inauguran esta nueva y prometedora etapa del cine nacional, por lo que para antes de la Ley de Cine ya se había superado el número de estrenos de la década anterior, con significativas películas como Soplo de Vida (Luis Ospina, 2000), Diástole y Sístole (Harold Trompetero, 2000), Terminal (Jorge Echeverri, 2001), Los Niños Invisibles (Lisandro Duque, 2001), Bolívar soy yo (Jorge Alí Triana, 2002) y La primera noche (Luis Alberto Restrepo, 2003).

El testimonio de este pistoletazo inicial es recibido con brío por las primeras películas apoyadas por la ley de cine. Gracias a ella, principalmente, en el país se ha pasado a producir de ninguna o unas cuantas películas por año a casi medio centenar, y es una cifra que va en progresivo aumento. Con esto es posible decir que cantidad implica calidad, tanto por ley de probabilidades como por el oficio ganado por la gente del cine como consecuencia de la dinamización del medio. Así que, necesariamente, de esas 250 películas que, aproximadamente, se han estrenado en el país en estas dos décadas, muchas de ellas alcanzan un buen nivel o son cinematográficamente muy relevantes. Y aunque solo fuera un tercio de esa cifra, ya eso son decenas de títulos de buen cine colombiano.

Las grandes narrativas

El reconocimiento de la gran heterogeneidad que tiene el cine nacional en sus temas y narrativas suele ser castigado por su desconocimiento por parte del grueso del público. De ahí surge el equívoco de mantenerlo encasillado en asuntos relacionados con la violencia, el conflicto y el narcotráfico. Este imaginario también se da por la arbitraria asociación con los contenidos de la televisión. Pero lo cierto es que, si bien en estos temas radica la más importante narrativa del cine nacional, lo es no por la cantidad de títulos dedicados a ella, que llegan apenas al veinte por ciento en este periodo, sino más bien porque sus personajes, historias y universos son los que suscitan en los cineastas una mayor contundencia expresiva y capacidad reflexiva, resultando películas más sólidas y de mayor calidad. Eso se puede ver claramente en filmes como Sumas y restas (Víctor Gaviria, 2005), Perro come perro (Carlos Moreno, 2008), Retratos en un mar de mentiras (Carlos Gaviria, 2010), Los colores de la montaña (Carlos César Arbeláez, 2011), Jardín de amapolas (Juan Carlos Melo, 2014), Alias María (José Luis Rugeles, 2015), Oscuro animal (Felipe Guerrero, 2016), Matar a Jesús (Laura Mora, 2018) o Monos (Alejandro Landes, 2019), por solo mencionar algunas.

Así mismo (y conociendo las contradicciones de este país no resulta tan paradójico), la otra gran narrativa del cine nacional es la comedia populista, esa que apela a los actores y formatos televisivos y a un humor ligero y usualmente chambón, definido por los diálogos repentistas y la explotación de estereotipos, pero casi nunca por la comedia visual o de situaciones elaboradas. Así que, aplicando la misma lógica del benjumeismo de los años ochenta, empieza Dago García estrenando una película cada diciembre durante la primera década del siglo, pero para el decenio siguiente, el modelo es copiado (y la mitad de las veces para empobrecerlo) por otros productores y directores, al punto que en los últimos años más o menos una cuarta parte de los estrenos anuales pertenece a ese tipo de comedia, esto es casi un treinta por ciento de la producción todo de este periodo. Es un cine de consumo, cine de usar y tirar en su mayoría, pero son películas que animan la taquilla y la producción, y por eso mismo, muy necesarias para la industria nacional.

De manera que entre estas dos grandes narrativas está casi la mitad de la producción nacional, pero todavía quedan unos ciento veinte títulos que son los que más abren el rango de diversidad, tanto temática como estéticamente. Hay un buen porcentaje de cine de género, algunos de horror, incluso de acción, pero especialmente thrillers, la mayoría muy desconocidos por el público, pero entre los cuales hay propuestas afortunadas, como Satanás (Andrés Baiz, 2007), 180 segundos (Alexander Giraldo, 2012), Los perros (Harold Trompetero, 2017) o Los fierros (Pablo González, 2019).

Pero la mayor heterogeneidad viene de lo que muy ampliamente podría definirse como cine de autor, sobre todo realizado por cineastas que debutaron en este siglo y que ya se han consolidado como tales gracias a que en ellos se destacan miradas personales que empiezan a definir un estilo o un universo, así como el honesto compromiso con el tratamiento de sus temas, algunas audacias formales y, en unos cuantos casos, el riesgo narrativo y dramatúrgico. El futuro del mejor cine colombiano, por tanto, está en nombres como Franco Lolli, Libia Stella Gómez, Spiros Stathoulopoulos, Óscar Ruiz Navia, Ciro Guerra, Jorge Navas, Laura Mora, Alexander Giraldo, Andy Baiz, José Luis Rugeles, Rubén Mendoza, Carlos César Arbeláez, Carlos Moreno, William Vega, Jaime Osorio Márquez, Andrés Burgos, Carlos Osuna, Juan Andrés Arango y Johnny Hendrix Hinestroza, eso por solo mencionar los que al menos han dirigido dos películas.

El corto y el documental

Y esto es apenas hablando de los largometrajes de ficción, porque esa vitalidad del cine colombiano de los últimos veinte años también se debe medir con la producción documental y de cortometrajes, dos líneas que renacen con fuerza en esta etapa y que contienen una riqueza en sus temas e innovadoras propuestas incluso mayor que lo que se ve en los largos de ficción. El corto es un universo en sí mismo que requeriría un texto de igual extensión que este para dar cuenta de él. Como indicio, solo habría que decir que a la convocatoria anual de un festival como Bogoshorts o a una muestra como Caleidoscopio pueden llegar entre 200 y 300 obras.

En cuanto al documental, lo más significativo es que está llegando a salas y que tiene un público interesado y cualificado. Casi el veinte por ciento de los estrenos del periodo en cuestión son de este tipo de cine, lo cual lo convierte en la tercera gran narrativa de la producción nacional, aunque hay que aclarar que los documentales producidos pueden triplicar a los estrenados en salas, solo que deben ser vistos en otros circuitos de exhibición, como festivales, televisión o en línea. Los buenos títulos son muchos, solo hay que mencionar unos cuantos para dar fe de ello: Del palenque de San Basilio (Erwin Gogel, 2004), Pequeñas voces (Jairo Carrillo y Óscar Andrade, 2011), Apaporis (Antonio Dorado, 2012), Infierno o paraíso (Germán Piffano, 2014), Un asunto de tierras (Patricia Ayala, 2015), Todo comenzó por el fin (Luis Ospina, 2016), Noche herida (Nicolás Rincón Guille, 2017), Smiling Lombana (Daniela Abad, 2019), Homo botanicus (Guillermo Quintero, 2019).

Aunque las bonanzas suelen venir acompañadas de sus propios males, el principal en este caso es el cuello de botella que se presenta en la exhibición ante tanta producción nacional. Y a pesar de que existe un público cada vez más formado y con buena disposición para el cine colombiano, hay momentos con hasta cuatro películas en cartelera y que solo estarán exhibidas una semana. Por eso, si bien está yendo más gente al cine (73 millones en 2019), la asistencia a las películas colombianas si acaso supera el dos por ciento, y esto con las naturales diferencias del mercado, donde una comedia puede llegar al millón y medio de espectadores, mientras que un filme de autor apenas si alcanza unos cuantos miles o, los más afortunados, decenas de miles.

Pero a pesar de todo lo que implica este crucial asunto,  lo vital y prometedor del cine nacional también se refleja en muchos otros aspectos que han sido logros de estos últimos veinte años, como la proyección internacional de autores y películas, sobre todo por vía de premios y participación en festivales de prestigio; el fortalecimiento de la investigación y la formación académica, que opera como causa y consecuencia del actual dinamismo; la Ley de Filmación Colombia (2012), que ha permitido rodar decenas de películas extranjeras en el país y, de paso, profesionalizar aún más al gremio; y la existencia de más de un centenar de muestras y festivales de cine, los cuales contribuyen enormemente a la difusión de las películas, la formación de públicos y estimulan la creación.

Estos veinte años son, sin duda, los mejores de la historia del cine colombiano. Y aunque, de entrada, el balance empieza definiéndose por las cifras, lo fundamental es que esta cinematografía, sin ser una industria como tal, definitivamente es una fuerza expresiva, identitaria y significativa socialmente que resulta esencial en un país tan diverso, conflictivo y muy necesitado de pensarse y crear memoria. Y para eso, nada mejor que el cine.

Publicado en la Revista Cinemateca en diciembre de 2020.

Amigo de nadie, de Luis Alberto Restrepo

Historia de dos ciudades

Oswaldo Osorio

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Aunque casi todas las películas sobre Medellín tienen que ver con la violencia, aun así es un tópico del que todavía falta mucho por decir, porque esa veintena de títulos que lo abordan todavía resultan insuficientes para dar cuenta de un tema tan complejo e intenso, y más cuando se trata de una revisión del pasado. Esta película habla de eso, la violencia de Medellín en el pasado, y lo hace de manera directa y honesta, revelando todo un complejo contexto a partir de un caso particular.

Basada en el libro Para matar a un amigo (2012), escrito por Juan José Gaviria y Simón Ospina, la película relata la historia de Julián Vidal, un joven de una privilegiada familia con un grupo de amigos de su misma clase. Ese es el caso particular, mientras que el contexto es la gran fractura social que vivió esta ciudad entre finales de los años ochenta y principios de los noventa por cuenta de la irrupción del narcotráfico y la consecuente violencia y descomposición social.

Es el momento cuando se entrecruzan las dos ciudades y las dos mentalidades prevalecientes en ellas, esto es, por un lado, la ciudad privilegiada, conservadora en sus valores y confiada de su supremacía y pujanza; y por el otro, la ciudad marginal, violenta y caerente de oportunidades que descubre el tentador camino del dinero fácil. Ya Sumas y restas (Víctor Gaviria, 2005) había mostrado esta situación, pero directamente desde el narcotráfico y más dando cuenta de cómo una ciudad permeó a la otra.

En la película de Restrepo, en cambio, si bien está presente dicha mezcla, hay mucho más énfasis en el choque entre las dos ciudades, pero un choque también representado de forma compleja y hasta ambigua por la figura del protagonista, quien parece llevar las dos ciudades dentro de sí, pues tiene ese convencimiento de ser mejor que otros y pertenecer a una “raza” de emprendedores colonizadores y ahora poderosos industriales, pero también un asesino despojado de toda moral o remordimiento.

Aunque es él y sus asesinatos el hilo conductor del relato, en últimas puede verse solo como un asunto anecdótico, pues la verdadera fuerza y las connotaciones que deben ser leídas en la película están en ese universo en descomposición y lleno de zozobra que sabe construir el director, el cual también ya había sido trazado de forma parecida en Apocalíspur (Javier Mejía, 2006). Es la trágica transformación de una sociedad, que en este filme puede verse de muchas maneras: los diferentes destinos del grupo de amigos, la normalización de las muertes violentas, el estupendo arco dramático que experimenta la madre, la aparición en escena de la mafia y, claro, esas contradicciones encarnadas por su protagonista.

Tal vez lo único que no funciona bien en la película es que el espectador se enfrenta a una contradicción, y es que, si bien siempre está en presencia del protagonista siguiendo sus acciones, lo cual suele producir identificación o que se le tome simpatía, el problema es que esto no parece ser posible con este personaje, quien pocas cualidades o gestos tiene para crear esa conexión del público con él. La consecuencia de esto puede ser un distanciamiento del espectador frente a ese personaje central y, por consiguiente, al relato mismo. Es por eso que el mayor atractivo de cara al espectador, se sitúa en la trama de contexto, en esa transformación y choque de la ciudad antes referidos. Si solo se enfoca la atención en lo que hace Julián, se le podría perder el interés al relato y parecer una historia reiterativa.

De otro lado, es una película con la factura y la eficacia narrativa propias de un director que ya había demostrado su buen oficio con La primera noche (2004) y La pasión de Gabriel (2008), otros dos títulos que también revelaron el espíritu e implicaciones de la violencia en el país y que, como en esta nueva obra, contribuye a reflexionar sobre esa violencia y crear memoria, la cual sirve para prevenir que ciertas cosas no vuelvan a suceder.

Los días de la ballena, de Catalina Arroyave

Encallada pero no callada

Oswaldo Osorio

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La ciudad de Medellín casi siempre ha sido contada desde la marginalidad y la violencia. Pero ya hay varias películas, como Apocalípsur, Lo azul del cielo, Matar a Jesús y ahora esta ópera prima de Catalina Arroyave, que proponen contarla desde otro punto de vista o cruzan las diferentes ciudades que hay representadas en sus personajes y sectores. De ese cruce surge el conflicto central de una historia que definitivamente tiene su propio tono, y que hace un colorido retrato de la ciudad, en el que están presentes tanto el amor y la ilusión como la desazón y la violencia.

La primera tentación al ver la película es relacionarla con Los nadie (Juan Sebastián Mesa, 2016), por todos los elementos que tienen en común. Pero si bien puede haber relación, lo que no puede hacerse es una comparación valorativa, pues cada una tiene una actitud y una voz diferentes. Mientras Los nadie opta por la irreverencia y el desencanto, Los días de la ballena se inclina por la resistencia y la esperanza. Es decir, cuando la primera habla de esta ciudad desde un talante existencial, la segunda lo hace desde el ideológico, y en esa medida son obras muy distintas.

Simón y Cristina son dos jóvenes graffiteros que pasan sus días entre marcar los muros de la ciudad con sus obras y sobrellevar una ambigua relación como amigos, colegas y enamorados. En este sentido el relato se muestra intimista y espontáneo, incluso pueden resultar reveladores, para el público que no pertenezca a esa generación, los matices y el espectro de emociones y sentimientos que están en juego entre un grupo de jóvenes que pintan paredes sin ser delincuentes, fuman mariguana sin ser drogadictos y asumen unos compromisos sociales sin ser activistas.

A estas relaciones y conflictos íntimos se suma una problemática externa cuando su arte se enfrenta a los violentos del barrio. Cada quien quiere apropiarse de la ciudad a su manera, la cuestión es que los combos lo hacen por coerción e imponiendo la fuerza. Aquí es donde la película se la juega por la resistencia, con argumentos y con actitud por parte de sus personajes. Aunque es una lucha desigual, la cual parece terminar en una trunca derrota, y es en esto, tal vez, en lo que da la impresión de no ser consecuente la película con todo el planteamiento que traía.

El relato es animado por el contrapunto entre el intimismo de los protagonistas en su relación entre sí con su entorno inmediato (amigos y familia) y ese conflicto central fuerte de su confrontación con los violentos. La narración sabe pasar de lo uno a lo otro con buen sentido del ritmo, un ritmo acompasado no solo por el montaje, sino también por la diversidad de la música, el color que lo salpica todo, el raudo paisaje urbano y tal vez alguna ballena encallada en la ciudad.

Monos, de Alejandro landes

La animalidad de la guerra

Oswaldo Osorio

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La guerra en el cine colombiano ya ha sido narrada muchas veces, casi siempre apelando al realismo y desde el punto de vista de las víctimas. Incluso temas como el reclutamiento a menores, el secuestro y las dinámicas en las jerarquías y relaciones al interior de los grupos armados también  han sido temas tocados en diferentes producciones. No obstante, aunque esta película de Alejandro Landes tiene un poco de todo eso, marca claras diferencias con sus antecesoras en el acercamiento que propone.

La primera gran diferencia es el tono en que está planteada la historia y la naturaleza de sus personajes. Son imágenes realistas pero al servicio de la metáfora y el simbolismo. Ese escuadrón de adolescentes alineados en la dureza y la crueldad del conflicto  y comandados por un inquietante hombrecillo de apariencia contradictoria, se conducen en un universo no realista que solo puede leerse como una estilización que busca conferirle un sentido épico y estético a ese contexto muchas veces trivializado por el cine, la televisión y los noticieros.

La misión de estos jóvenes guerreros es cuidar a una ingeniera estadounidense secuestrada y mantenerse cohesionados fieles a las reglas de la organización y a las líneas de mando. Pero a fin de cuentas son adolescentes y seres humanos volubles y vulnerables. Entonces, bajo tal condición y en ese contexto de tensionante violencia, el relato toma una dirección que hace recordar a El señor de las moscas. El descontrol, la pérdida del sentido primario de la misión y el surgimiento de facciones, desconfianzas y violencias al interior del grupo se toma el relato.

Consecuentemente, la progresión dramática de la narración se dispara a niveles de locura y delirio. Todo esto carburado por el contrapunto entre el realismo y esa suerte de épica alegórica, lo cual genera una turbadora contradicción producida por estar ante una retorcida fábula que, al mismo tiempo, hace alusión directa a los horrores de la guerra que padeció el país hasta hace poco y de la que aún quedan desventurados remanentes.

El arte cuando más miente y más exagera puede ser más efectivo y contundente para comunicar lo que quiere, y en esta película ese componente épico y delirante exacerba la realidad que está contando: la selva es más espesa y amenazante, la violencia más enfática y las suspicacias y traiciones más temibles. Entonces la animalidad y el salvajismo se apoderan de esta manada de jóvenes, lo cual ya es sugerido desde su mismo título.

Toda esta exacerbación está acompañada por una factura de gran nivel y una estética igualmente épica y grandilocuente que crea el contexto visual ideal a lo que, sin duda, es lo más llamativo y agresivo de toda la propuesta: los personajes, sus relaciones entre sí y las interpretaciones. Tampoco hay realismo en este aspecto, lo que hay son excesos y manierismos, pero que en ningún momento se distancian de la premisa de reflejar y comentar los horrores de la guerra. Es un juego de la ficción al que el espectador debe entrar so pena de terminar desaprobando la película por hacer una lectura a partir de parámetros distintos, como el realismo o las dinámicas y acontecimientos exactos del conflicto colombiano.

Porque la premisa formal y narrativa no da para sutilezas o trazos miméticos, todo lo contrario, se trata de picos dramáticos y actorales fuertes, figuras estilizadas con grandes brillos y colores, peripecias enfáticas que rizan el rizo de la trama, y todo en función de hablar de la guerra, sus efectos deshumanizantes y perniciosas consecuencias. Ya otros se ocuparán de la filigrana y el realismo, el cine da para todo.

 

Homo botanicus, de Guillermo Quintero

El jardín infinito

Oswaldo Osorio

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Ante la mención de la categoría de Cine científico, es posible encontrar reticencias por lo áridos que puedan parecer sus contenidos y tratamiento. Y si bien esta película podría entrar en esa categoría, decir que es un filme científico sería encasillarlo y tal vez restarle posibilidades con el público por las mencionadas reticencias. Esta película es un documental, y punto, con todo lo que implica este tipo de discurso: esa fascinación por unos temas y sujetos que sabe transmitir al espectador, su tratamiento creativo de una realidad y, a fin de cuentas, el relato de una historia contada con inteligencia y pasión.

Como ya es bastante habitual en el documental contemporáneo, el director hace parte de ese universo del que quiere dar cuenta. Guillermo Quintero antes hacía esa labor  que sus dos personajes desarrollan durante toda la película: internarse en los bosques nativos de Colombia y recolectar muestras de especies vegetales para su clasificación. Ahora regresa a su antiguo maestro, ya trabajando con otro discípulo, y los sigue por la espesura de la naturaleza en esa tarea que él mismo califica como infinita y que, incluso, cuestiona lo necesaria o inabarcable que puede ser.

Pero si en algún momento hay dudas, estas se empiezan a despejar con el compromiso, comprensión y casi cariño con que el director expone finalmente, con su propia voz incluso, esa ingente labor a lo largo de su relato. Sin mucho alarde en su concepción visual y su montaje, la película sigue de cerca y juiciosamente a maestro y discípulo en sus funciones de botánicos entregados y apasionados. Entonces el espectador puede empezar a comprender ese universo y sus dinámicas, justamente, a partir del entusiasmo de estos dos hombres, o más bien tres, si se cuenta al director.

El relato también pone en evidencia, de distintas maneras, ese sentido último que tiene la existencia humana: la transmisión del conocimiento, ya por vía del rigor en el trabajo de recolectar y clasificar especies de los botánicos desde Humbolt hasta el joven aprendiz de este documental, o a partir de la relación entre los dos personajes de esta película, en la que hay una armonía y una dinámica de cambios de estados entre la verticalidad, por la transmisión de ese conocimiento, y la horizontalidad, por el colegaje en que trabajan y la entrega a esa labor que los une.

La sinopsis de esta película y su posible clasificación dentro del Cine científico podría hacerla parecer un producto cinematográfico poco atractivo, por lo especializado y específico de su tema, incluso por la naturaleza de sus dos protagonistas, pero el caso es que con este material su director, seguramente por esa mencionada cercanía, es capaz de construir un relato envolvente y hasta revelador, así como dar cuenta de unos personajes con los que espectador inevitablemente empatiza  y hasta pude llegar a sentir admiración.

Dos películas colombianas

Amalia y El Piedra

Oswaldo Osorio

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La diversidad del cine nacional está representada en dos películas que coinciden en la cartelera pero que son opuestas en muchos de los aspectos que las definen: Amalia, de Ana Sofía Osorio, y El piedra, de Rafael Martínez. La primera es una historia de mujeres, se desarrolla en Bogotá (aunque con producción caleña), de bajo presupuesto y precisa en su puesta en escena; mientras la otra es una historia de hombres, en Cartagena, con un presupuesto que se refleja en su buena factura, pero con titubeos en su guion y actuaciones. Continuar leyendo

El silencio del río, de Carlos Tribiño Mamby

La violencia que flota inerte

Oswaldo Osorio

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El río de las tumbas es una de las películas más importantes de la historia del cine colombiano, en ella, Julio Luzardo, su director, da cuenta de uno de los principales gestos que define las muecas de la violencia de nuestro país: los cuerpos de las víctimas que son arrojados a los ríos y la advertencia que hacen a la gente que, con miedo e impotencia, los ve pasar a lo largo de las riveras. Continuar leyendo

The Smiling Lombana, de Daniela Abad

La victoria de las cosas

Oswaldo Osorio

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No hay por qué sorprenderse por la forma en que dos películas sobre una misma familia consiguen reflejar los dos grandes males de Colombia, y específicamente de Medellín. Es que todo está conectado y la violencia cruza todas las esferas. Y aunque en The Smiling Lombana no está todavía esa violencia, sí la aborda reflexivamente y prefigura aquella que se erige implacable y arbitraria en Carta a una sombra (2015), la ópera prima de esta misma directora y codirigida con Miguel Salazar. Continuar leyendo

Luis Ernesto Arocha y el cine experimental colombiano

Al calor del experimental

Oswaldo Osorio

La nueva edición de la Revista de cine Kinetoscopio acaba de salir y está dedicada al cine del Caribe colombiano. Este artículo hace parte del dossier especial, en el que también se encuentra una mirada panorámica al cine de la región, textos sobre Pacho Bottía, Roberto Flores Prieto y Ciro Guerra.

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Existe la idea generalizada de que La langosta azul (Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Luis Vicens, Enrique Grau, 1954) es una película experimental, la primera del país, por demás. El gran reconocimiento de los artistas que la firman parece legitimar esa creencia, así como algunas pocas imágenes con cierto tono surreal. Pero lo cierto es que se trata de un relato de ficción con todos sus elementos (personajes, acción, conflicto, argumento), aunque sin sonido. No obstante, hay que reconocerle que es un cortometraje muy distinto a ese escaso cine que se hacía por la época en Colombia y con unas significativas e inéditas intenciones estéticas y expresivas.  Continuar leyendo

Nacimiento, de Martín Mejía Rugeles

La madre naturaleza

Oswaldo Osorio

Nacimiento

 

Cada espacio trae consigo sus tiempos y estados de ánimo, incluso pueden determinar la configuración del carácter. Por eso la gente citadina es distinta a la del campo, o la rivereña a la de la montaña. En esta película ese espacio es una cálida región, tupida de verdor, bordeada por un cristalino río y escasamente poblada. Ante tales condiciones, sus habitantes viven en la parsimonia de la cotidiana subsistencia, mientras una cámara pacientemente los observa y, de paso, nos sorprende y ensimisma con la creación de bellas imágenes. Continuar leyendo