Tora! Tora! Tora!, de Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda

“Me temo que hemos despertado a un gigante dormido”

Mario Fernando Castaño

Es la mañana del 7 de diciembre de 1941, su amanecer vislumbra un hermoso día en la isla de Oahu, Hawái, el resplandor azul del mar se funde con el cielo sobre el curvado horizonte llevando en su belleza un mensaje demasiado positivo para pensar en la tragedia que nadie vería venir. La muerte en alas llega desde el sol naciente y no falta mucho para que arrase con toda la base naval de Pearl Harbor, hundiendo barcos, aviones y cegando la vida de casi 2.400 jóvenes soldados. Los japoneses gritan con júbilo: «¡TORA! ¡TORA! ¡TORA!», anunciando que su ataque relámpago ha sido un completo éxito, asestando un golpe contundente al espíritu estadounidense y dando lugar a una razón más que suficiente para que entren de lleno en la Segunda Guerra Mundial.

Japón, desde hace tiempo, venía expandiendo su poder por China y los países del sudeste asiático, y Estados Unidos al ver amenazados sus intereses económicos, impone sanciones económicas y embargos petroleros. Los nipones en respuesta envían un ultimátum, amenazando con atacar militarmente, el mensaje de advertencia de la inminente ofensiva se retrasa debido a que mecanografiar el extenso texto demoró su envío, además, transmitir el mensaje desde Washington a Hawái se dificulta aún más debido al cambio de horario y problemas con los circuitos de radio que fueron finalmente responsabilidad de Western Union y sin la categoría de máxima prioridad, estos errores y otros inconvenientes, debido al azar y actos irresponsables combinados, alteraron decisiones que hubieran cambiado el rumbo de la historia, al momento de recibir el mensaje, ya era muy tarde, la operación ya había iniciado. Japón interpreta este silencio como una provocación y continúa entonces con el ataque sorpresa a los incrédulos estadounidenses, yendo directo a su Flota del Pacífico instalada en la isla de Hawái.

Este hecho histórico sensible a nivel cultural y político es tomado con pinzas por Hollywood a través de la 20th Century Fox que destaca su película por una notable característica, fue realizada por los dos países involucrados en 1970.

En su dirección está Richard Fleischer por el lado estadounidense y Kinji Fukasaku y Toshio Masuda en la cuota japonesa. Su objetivo es mantener la imparcialidad y la mirada objetiva por parte de los dos bandos, siendo lo más cercanos posible a los hechos reales, conservando el respeto por las culturas y las tradiciones de cada región y personajes, eso sí, sin ocultar equitativamente los errores decisivos y fallos de inteligencia militar.

Para ser más fidedignos al “día de la infamia” se adaptaron aviones, acorazados y portaaviones reales, algunos se rediseñaron para parecerse a las naves japonesas, al igual que se realizaron maquetas a escala y locaciones, dando como resultado que el film fuera merecedor a un Óscar de la Academia a mejores efectos visuales, efectos que al día no han envejecido nada mal después de más de cincuenta años. Incluso algunos accidentes reales que no reportaron víctimas fatales quedaron finalmente en escena. Cabe aclarar que su producción destaca por ser muy complicada a nivel de contratiempos e imprevistos sufridos durante el rodaje, otro punto a destacar es que los orientales hablan en su idioma nativo, agregando más realismo a la experiencia apoyado además por la música del Maestro Jerry Goldsmith y las extraordinarias ilustraciones de Robert McCall para la campaña de promoción.

La historia se divide en dos partes, en la primera se van gestando las causas, siendo imparciales con los hechos y personajes evitando destacar alguno y yéndose más por un tono más documental, destacando el honor y el orgullo por el país que corresponda. La segunda parte se concentra en el ataque en cuestión cambiando drásticamente el ritmo de la cinta.

La percepción del público frente a su visionado giró hacia una comprensión más objetiva del cómo se desarrollaron los eventos y de una mirada mucho más digna hacia los japoneses, sanando de paso heridas aún abiertas desde el hemisferio oriental, brindando además una opinión menos racista que la de otras películas occidentales que se habían lanzado hasta el momento e incluso a futuro, como la lamentable Pearl Harbour (2001) de Michael Bay, pero contrastando de manera muy positiva con Cartas Desde Iwo Jima (2006) de Clint Eastwood, que narra los hechos desde la tribuna del sol naciente.

Destaca como las erradas decisiones y el exceso de confianza por parte de Estado Unidos genera un enlace de eventos desafortunados que llevan a que los japoneses ataquen sin imprevistos, impulsados estos por su determinado arrojo militar y orgullo patrio que incluso al observar desde sus aviones su bandera reflejada en el sol matutino, lo identifican como un buen augurio.

Lo que es considerado en su momento un triunfo japonés, sería más adelante una jugada en su contra a futuro y que sufrirían con creces años más adelante hasta el final de la guerra, en agosto de 1945, con dos bombas atómicas arrojadas por Estados Unidos que devastaron no solo el honor de los japoneses, sino a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, causando la muerte de aproximadamente 246.000 personas y su rendición total, dando como resultado el fin de la II Guerra Mundial.

Ya en la película tras el ataque a Pearl Harbor, mientras todo es jolgorio, el almirante japonés Isoroku Yamamoto predice: “Me temo que lo único que hemos hecho es despertar a un gigante dormido y llenarlo de una terrible determinación.”

Películas recomendadas: La batalla de Inglaterra (1969), La Batalla de Okinawa (1971), Midway (1976 y 2019), El imperio del sol (1987), Salvando al Soldado Ryan (1998), Cartas Desde Iwo Jima (2006), The Pacific (2010 – Miniserie), Isoroku Yamamoto (2011), Dunkerque (2017), Pearl Harbor: Minuto a minuto (2021 – Documental).

1917, de Sam Mendes

Corre, ve y dile

Oswaldo Osorio

1917

Esta es una película de trámite. Empieza cuando les ordenan a los protagonistas que entreguen una carta y termina cuando lo hacen. No hay trama, solo un recorrido del punto A al B. La cuestión es si en medio de eso dice algo con algún significado más allá del trámite, si plantea ideas o emociones que no sean las obvias en un relato de guerra y supervivencia. En esta pieza hay grandes dudas de si eso ocurre, aunque de lo que no hay dudas, es del virtuosismo del director para llevar a cabo este recorrido, sin embargo, ¿Eso es suficiente?

Sam Mendes hasta ahora ha sido un director infalible. Desde sus películas de corte independiente (Revolutionary Road, Away We Go) hasta las que hacen parte de la saga de James Bond (Skyfall, Spectre), sus relatos son precisos, eficaces y muy expresivos visual y narrativamente. La diversidad de temas y géneros que ha abordado en su filmografía no permite hablar de él como un autor con un estilo o un universo definidos, pero sí como uno de los grandes artesanos de las últimas décadas, por la elocuencia y belleza que logra contando historias con imágenes en movimiento.

En este filme, durante la Primera Guerra Mundial dos soldados ingleses son comisionados para entregar un urgente mensaje, lo que requiere una peligrosa travesía. Y efectivamente, los obstáculos, amenazas y atentados en su contra son frecuentes, o más que eso, son el cuerpo del relato, el cual prácticamente se limita a la premisa de la supervivencia (el conflicto narrativo más fuerte que existe) y de la que depende el objetivo último de la historia.

La fuerza de la película y donde puede estar el valor diferencial en relación con otras películas bélicas, es la expresividad visual y cinética al dar cuenta de esa travesía en medio de las adversidades. Aunque no se trata de algo inédito, ya otros títulos (Salvando al soldado Ryan, La delgada línea roja, Enemigo al acecho, Dunkerke) han mostrado la guerra con registros equivalentes, aun así, Sam Mendes y su fotógrafo, Roger Deakins, haciendo del plano secuencia su recurso base, consiguen unas imágenes de gran vigor narrativo y estético.

Pero bueno, de imágenes bonitas y potentes está lleno el cine. El asunto es que si una película solo tiene esto, escasamente dará de comer a los espectadores más formalistas; además, si un filme bélico apenas dedica un par de minutos en algunos altos del camino al drama y a la construcción de sus personajes, inevitablemente solo podrá, si acaso, definir arquetipos y dejar enunciada alguna idea o sentimiento, porque rápidamente se viene otra correría con su consecuente despliegue técnico y visual, por lo que, para los espectadores que buscan más que eso en una película, todo ese trámite se puede volver tedioso y vacío.

Dunkerque, de Christopher Nolan

El relato de la guerra… y nada más

Íñigo Montoya

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No se me ocurre otro director en la actualidad de quien la cinefilia espere más su última producción. Ya ni Tarantino. Nolan, con su impecable, compleja, estimulante y variada filmografía nos obliga a repensar el cine desde cada nueva propuesta que trae: El thriller con Following (1998) e Imsomnia (2002), la fragmentación del relato con Memento (2000), el cine de súper héroes con Batman Begins (2005), la ciencia ficción con Interestelar (2014) y ahora el cine bélico con Dunkerque (2017).

Esta última película es sobre aquel célebre capítulo de la Segunda guerra mundial cuando miles de soldados ingleses son rescatados del asedio alemán. En este caso, la gran apuesta de Nolan está en su propuesta narrativa: en primer lugar, con la alternancia de tres distintos tiempos en el relato, que obedecen a tres momentos y duraciones de ese mismo episodio: una semana de los soldados en playa, un día de los civiles rescatistas y una hora de un piloto.

En segundo lugar, concentrando (reduciendo, también se podría decir), el grueso del metraje en secuencias de acción que tenían como únicos objetivos sobrevivir o rescatar. Estas secuencias, además de verse potenciadas por el suspenso propio de su dinamismo y la alternancia con los otros momentos, con los otros tiempos, resultan especialmente acuciantes gracias a la música de Hans Zimmer, constituida por piezas casi desprovistas de melodías, incluso muchas veces de sonidos salidos de instrumentos convencionales, que transforman el ritmo, el drama y las atmósferas en pura angustia y desesperación, incluso de una forma dudosamente artificial.

Así que, con este juego de tiempos y de montaje, la historia casi limitada a la acción y la enfática banda sonora, la experiencia de la guerra que nos propone este gran director es visceral y emocional, aunque en un sentido inmediatista, es decir, el impacto de la guerra no está presente en personajes sólidamente construidos ni en sentimientos o emociones hondos o complejos.

Es otra forma de crear un relato bélico, y una no solo valida sino de gran intensidad y pericia cinematográfica, cargada de momentos e imágenes tan inolvidables como épicos y grandilocuentes. No obstante, a la luz de muchas de sus películas, que nos desafiaron la ética, la emoción y el intelecto, tal vez dudamos un poco con este planteamiento tan directo y casi primario. Es como si, parafraseando aquel viejo refrán, haya habido mucho cine y pocas nueces.