Orphée, de Jean Cocteau (1950)

Es privilegio de las leyendas no tener edad

María Fernanda González García

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Segunda obra cinematográfica perteneciente a la trilogía órfica de Cocteau, (dos décadas después de Le Sang d’un Poète). En esta ocasión, el director realiza una adaptación del mito griego de Orfeo, el cantor de Tracia.

Uno de los personajes principales es Jean Marais (Orfeo), un poeta considerado héroe nacional debido a la fama de sus letras. Este hombre, en el bar de los poetas tiene un primer encuentro con María Casares (la princesa de la muerte), quien al involucrarse con él representará su gloria, infortunio y salvación.

En esta película el director nos ofrece la explicación de aquel lugar que existe más allá de los espejos: “una zona hecha de los recuerdos de los hombres y de la ruina de sus costumbres”. En este sitio el caminar es lento y pesado para los vivos, (recordemos que en Sang d’un Poète el protagonista caminaba de manera extraña entre los pasillos) la ligereza de la muerte permite a los fantasmas moverse con facilidad, como si estuviesen flotando.

Aunque lo onírico desempeña un papel notable en la trama de la obra, las imágenes y la narración de Cocteau son claras. Al público no se le exige una interpretación inmediata, porque desde el principio de la película se establece el hilo conductor de los hechos, las diferentes formas de amor y sacrificio son características que conmueven al espectador.

Le Sang d’un Poète, de Jean Cocteau (1930)

¡Qué extraño puede llegar a ser el surrealismo!

María Fernanda González

“Cada poema es un escudo de armas.

Este debe ser descifrado”

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Primera obra cinematográfica del artista Jean Cocteau (poeta, novelista, dramaturgo) compuesta por cuatro episodios dentro de los cuales de manera autobiográfica el director plantea sus temores frente a la muerte.

Una de sus protagonistas es una de las modelos insignes del surrealismo, Lee Miller (1907-1977), interpreta a un ente materializado en una estatua el cual atormenta a su creador, un poeta. Este experimentará una serie de sucesos extraños después de atravesar un espejo (elemento significativo para Cocteau quien lo repite su obra: Orpheo).

Para un público no iniciado, este tipo de obras pueden ser supremamente extrañas, pero es una oportunidad de acercamiento al surrealismo de aquella época difícil. Francia, al igual que los demás países europeos, estaba enfrentando la crisis económica, el liberalismo perdía validez y aquellos años serían nombrados “temporada de decadencia”. Estos, entre otros factores (libertad, el placer, el suicidio, el elitismo y la sexualidad) convergen en la mente de los artistas, dando como resultado obras llenas de simbología y misterio.

A Girl Walks Home Alone at Night, de Ana Lily Amirpour (2014)

Cuando pocas líneas hacen una gran obra

María Fernanda González

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Ópera prima de la directora Ana Lily Amirpour, la cual se suma a la lista de películas vampiresas, con un plus diferencial: es un western iraní. Aunque su guion es corto, las imágenes de la pantalla se encargan de dar vida a la trama, ofreciendo una experiencia sensorial envolvente. Con pocos personajes, Amirpour logra recrear una historia en la que el lenguaje corporal se encarga de informar a los espectadores sobre lo que está sucediendo en un barrio con influencias iraníes.

La historia se desarrolla en las calles desoladoras de Bad City, bajo un blanco y negro que evoca el film noir. Entre su marginalidad transcurre la vida de un niño, una prostituta, un drogadicto, su hijo (una versión iraní de James Dean), un traficante y un gato, quienes se relacionarán indirectamente por el accionar de una mujer vampiro. Dicho ser se encargará de impartir justicia por cuenta propia, liberando del yugo a quienes encuentra a su paso.

También nos presenta una historia de amor accidental que, aunque puede rozar el cliché de amor vampiro/humano, logra librarse de la ridiculez gracias a sus escases de diálogos y la crudeza de algunas imágenes. Esta película es recomendada para aquellos ojos curiosos de quienes gustamos en detallar los primeros planos, logrando hallar referentes culturales (de manera distorsionada) del pop y del cine de terror. Así como la música new wave que sale de los casetes y vinilos usados por los protagonistas. En definitiva, la obra supera la barrera del sonido e invita a perfeccionar el sentido de la vista entre escenas de luz y oscuridad.

Crimson Peak (La cumbre escarlata), de Guillermo del Toro (2015)

Los fantasmas sí existen

Por: María Fernanda González García

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El inicio y el cierre de esta obra cinematográfica es la imagen de Edith (Mia Wasikowska) con lágrimas en sus ojos, mirando a la pantalla parece despedirse de alguien, del ser amado o del mismo público que probablemente experimentaría lo mismo que yo al terminar la proyección: una actitud lastimera y algo aburrida. Reconozco que la obra tuvo sus momentos de gloria, pero algo que parecía de terror terminó siendo una película romántica con algunos fantasmas.

Nuestra protagonista, Edith, es una joven inglesa de familia adinerada que al encontrar el amor termina involucrándose en algo más turbio (o escarlata en este caso). La escritura y el cultivo de su intelecto la distingue entre las demás mujeres de su entorno social. Vemos que esta escritora busca publicar una historia de fantasmas, pero es rechazada en una entrevista porque su estilo no es lo suficiente atractivo para el editor. Esa idea lastimosamente se pierde entre las demás escenas: brutalidad, misterio, drama y más drama.

Nos encontramos con una obra que contiene algunos referentes ya trabajados por el director:

-El color escarlata (que ya conocíamos en Hellboy).

-Un sótano que guarda secretos (similar al secreto del Espinazo del diablo).

-Espectros delgados (las interpretaciones de Doug Jones en El laberinto del Fauno).

En cuanto a los demás actores, admiro el trabajo espléndido de Tom Hiddleston y Jessica Chastain, quienes interpretan a un par de hermanos cuya relación sanguínea va un poco más allá de lo convencional. Su actuar choca con lo que estamos acostumbrados a ver y lo mejor de todo es el cambio de papel de Tom, quien pasa a ser un salvador cuando en realidad era un antagonista.

Creo que los únicos fantasmas que vi fueron los de mis expectativas frente a esta película, le he dado varias oportunidades para poder convencerme de su ingenio, pero aún siento que el tema romántico terminó derribando lo que pudo ser una buena película de Del Toro.

Érase una vez en el Oeste, de Sergio Leone

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Por: Mario Fernando Castaño

Once Upon in Time in the West es una película de 1968 dirigida por Sergio Leone y escrita en compañía de Sergio Donati, Bernardo Bertolucci y Dario Argento. Mientras el sol implacable calienta el desierto, un hombre solitario y sin nombre, identificado solo como Armónica, busca una venganza personal que está reflejada en el pétreo rostro del inigualable actor Charles Bronson, que con su mirada fría y verde contrasta con el calor y el color del desierto; un villano despiadado encarnado por un inesperado Henry Fonda, que siempre había sido “el bueno” y una hermosa, sensual, pero no intachable mujer interpretada por Claudia Cardinale, que encuentra un futuro incierto al ser la heredera de una fortuna producto de la sorpresiva muerte de su futuro esposo, debido a oscuros intereses que están relacionados con el amanecer industrial, simbolizado en la construcción de un pueblo y la nueva ruta del tren.

Estos destinos se van relacionando entre la esperanza, el amor y el desazón del tiempo vivido, en donde el silencio es el artífice del suspenso, del momento esperado que igual es inesperado cuando es atravesado por una bala o por los compases magistrales del señor Ennio Morricone en su icónica banda sonora, evocando romance, misterio, soledad y sangre fría, creando momentos épicos en la pantalla que se van cocinando al fuego lento del sol que es testigo del gran final y de cómo esas eternas miradas se cruzan sin palabras diciéndolo todo y nada antes de que el ineludible final inicie.

Una historia de la que bebería hasta la saciedad el cine de Tarantino mucho años después. Esta es la gran despedida de Leone a su Spaguetti Western, dejándonos en el cine una obra de arte en cada uno de sus fotogramas antes de ir a contar otra inolvidable historia, esta vez en occidente con Érase una vez en América.

Hecho en casa (varios autores)

O el confinamiento creativo

Oswaldo Osorio

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Los curadores y críticos ya nos estábamos preparando para esa avalancha de películas caseras y sobre el confinamiento que se avecinaban. Pero no se acaba aún la pandemia y Netflix ya empezó este ciclo temático y narrativo que durará al menos dos años. Se trata de una serie de 17 cortometrajes realizados por cineastas de todo el mundo y convocados por el director Pablo Larraín.

La colección tiene una obligada variedad ante tal diversidad de estilos, miradas y orígenes: sobresale el documental, por supuesto, aunque también hay un buen número de ficciones, solo uno de corte experimental y se echa en falta la animación. Hay mucha introspección, naturalmente, observación de la cotidianidad y la rutina, y reflexiones sobre el mundo, las relaciones con las otras personas y sobre la condición humana, todo esto consecuencia de experimentar el aislamiento, el confinamiento y de ser testigos de un mundo en crisis. A continuación, la reseña de tres de los cortos.

Viaje al final de la noche (Paolo Sorrentino)

La reina Isabel se queda atascada en el Vaticano durante la cuarentena y el corto es un largo diálogo a través de los días entre ella y el Papa. Ya este es un planteamiento singular y un poco inusitado, pero más lo es la forma como Sorrentino los representa y la clase de diálogos que crea: los personajes son interpretados por sendos souvenirs con la figura de cada uno y sus conversaciones empiezan por lo cotidiano, pasando por insólitos coqueteos, hasta sutiles reflexiones sobre la naturaleza de su labor y lo que representan. Es una historia que tiene la virtud de trivializar lo más solemne y concebir un universo posible lleno de ingenio y humor que contrasta con los aciagos tiempos a los que hace referencia.

Última llamada (Pablo Larraín)

El artífice de esta colección, el mejor director chileno de la actualidad, propone un corto simple y tremendamente cómico. Un hombre ya viejo llama al amor de su vida desde el hospicio en que se encuentra y le declara su eterna pasión por ella, insuflada por la febril emoción de final de los tiempos que le produce su edad y la pandemia. Y lo que parece una emotiva y honesta carta de amor, termina siendo el desenmascaramiento del machismo y elementalidad de la condición masculina ante la inteligencia, fortaleza y empoderamiento de las mujeres. Es prácticamente un chiste de diez minutos, pero no por eso deja de ser una pieza inteligente y cargada de connotaciones existenciales.

Penélope (Maggie Gyllenhaal)

La protagonista de Secretary (2002) y de Histeria (2011), esta vez tras la cámara, crea un sugerente y circunspecto relato sobre un hombre que sobrelleva el duelo y la soledad en una época cuando el sistema solar es atacado por un virus. Más que una historia es una situación: el diario vivir de este hombre en su casa del bosque haciendo tareas cotidianas. Pero esta rutina, eventualmente, es cruzada por acontecimientos tanto anodinos como insólitos y hasta milagrosos. Es una película que logra construir un tono con una extraña mezcla de pesadumbre y esperanza, que mantiene intrigado al espectador todo el tiempo y con un final con varias y agradables lecturas. De todos los cortos, es el que más se parece al cine de siempre.

Her, de Spike Jonze

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Por: Mario Fernando Castaño Díaz

Esta es una película estadounidense de 2013 escrita y dirigida por Spike Jonze (Donde viven los monstruos) y protagonizada por Joaquin Phoenix. Theodore es un hombre de mediana edad, introvertido, que escribe cartas personales para una empresa y que aún no puede superar el trauma de su divorcio. Con el tiempo conoce a alguien que cambia el rumbo de sus días y es la presencia de Samantha, la entidad de un desarrollado sistema operativo que se comunica a través de la hermosa voz de Scarlett Johansson, de quien Theodore se enamora al sentir día a día que no tiene cabida en la sociedad que lo rodea y al vivir constantemente en el pasado, “una historia que nos contamos a sí mismos”.

Esta es una cinta romántica y de ciencia ficción en donde los dos géneros tienen una cabida muy lógica y factible, puesto que las relaciones personales cada vez se pierden más en la falta de confianza, la frialdad y en el que la ausencia del “sentir la vida” es cada vez mayor.

Sin grandes pretensiones presupuestales, la sencillez de Her en medio de su manejo del color, su exquisita fotografía y su atmósfera tan personal nos deja un mensaje sobre el cómo llevamos nuestras vidas, nos invita a reflexionar acerca de cómo las palabras pueden dibujar un universo de sensaciones y en donde el mismo sexo puede ser algo más que el lenguaje corporal. Es una historia en la que el amor se abre camino en medio de circunstancias que para muchos no es concebible, pero que sí lo es para esos seres que viven inmersos en la soledad de un mundo que no los comprende, en la necesidad de amar y ser amados sin importar la raza, el género o en este caso (y por qué no?) en una inteligencia artificial.

La forma del agua, de Guillermo del Toro

Un E.T para adultos poco exigentes

Íñigo Montoya

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Es sabido que la industria del cine, en su vertiente más comercial y de consumo, produce películas donde el reciclaje de temas, esquemas argumentales, fórmulas y estereotipos son la manera más fácil de enganchar con el gran público y la recompensa de la taquilla. Pero se supone que hay unas películas que tienen la capacidad de conectar con ese gran público y, aun así, contener una buena dosis de originalidad y virtudes en las cosas que dicen y como las dicen. Esas películas son las que, generalmente, terminan siendo premiadas en los distintos certámenes. Continuar leyendo

El gran showman, de Michael Gracey

El cine es un circo

Íñigo Montoya

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La historia de P.T. Barnum, un hombre del espectáculo en los Estados Unidos del siglo XIX, ha sido llevada muchas veces al cine desde 1934, la más célebre de ellas interpretado por Burt Lancaster en 1986. Y es que su historia llena de aventuras, exóticos personajes, empresas quijotescas y pasión por el éxito tiene muchos elementos que el cine puede explotar como el principal medio de ese mundo del espectáculo.

En esta nueva versión sus productores se deciden por hacer un musical, y con este género cinematográfico como la base del tono del relato se define todo lo demás: desde la esquemática construcción del argumento, las centellantes interpretaciones, los grandilocuentes decorados y la colorida y efectista concepción visual.

Y no se debe tomar la descripción de estos elementos como algo peyorativo, sino como la decisión estilística que tomaron sus realizadores, una decisión absolutamente consecuente con el tipo de personaje y el medio en que se movía, una decisión inteligente de cara al espectáculo que le querían presentar al público y sintonizada con la que probablemente fue la personalidad de este hombre.

Y aunque la visualidad, musicalidad y el espectáculo es la prioridad de esta película, de fondo hay una constante en cada situación y la relación entre los personajes y su contexto: la reflexión y el cuestionamiento sobre la intolerancia y la discriminación con los que son diferentes, así como la rigidez social para permitir que alguien cruce los límites impuestos por las clases y el abolengo.

No es una película que vaya a trascender más allá del fulgor del colorido, la música y los reflectores con que fue hecha, pero sin duda es una historia que supo escoger su código y ser consecuente con él para satisfacer al gran público, convirtiéndola esto en una entretenida obra definida por el espectáculo.

Detroit, de Kathryn Bigelow

Arde la ciudad

Íñigo Montoya

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Vuelve la directora de Días extraños (1995), Zona de miedo (2008) y La noche más oscura (2012) a tocar temas sensibles de la política y la sociedad estadounidense. Esta vez retoma aquel momento crítico de los disturbios raciales en Detroit durante el verano de 1967, cuando la volatilidad de la comunidad afroamericana que reclamaba sus derechos fue directamente proporcional a la represión y brutalidad policial contra esta comunidad.

La película empieza casi como un documental expositivo, haciendo uso de los medios como relatores de la situación e incluso utilizando imágenes de archivo. Solo más tarde de lo que uno esperaría, empieza paulatinamente a presentar a los personajes de lo que, sin duda, debía ser una historia coral: los policías violentos y racistas (casi de caricatura), un cantante de una emergente banda de soul, un vigilante privado y un grupo de personas que departía en un hotel.

Luego viene una segunda parte que se convierte en el corazón de la propuesta de la directora: la violenta noche en que tres policías golpearon y torturaron sociológicamente a un grupo de afroamericanos y dos jóvenes blancas, y asesinaron a tres de ellos. La tensión dramática de todo este segmento no da respiro y, a pesar de que está lleno de situaciones y salidas forzadas y gratuitas para conseguirlo, de todas formas funciona como una cruda y directa forma de dar cuenta de la represión, discriminación y violencia con que las autoridades trataron a esta comunidad.

Un tercera parte sería el juicio a los policías, con el cual se da la validación de que se trataba de un sistema y un tiempo tremendamente arbitrarios e injustos para con los negros estadounidenses y la lucha por sus derechos civiles.

Una película excesivamente larga y predecible en cada momento, no tanto en lo argumental, pues en general se sabe lo que pasó en este momento histórico, sino sus recursos dramatúrgicos y de acción. Un relato de una blanda solidez que se alarga y le falta concreción en sus premisas, conformado por una serie de situaciones que están ahí para que la película diga lo que tiene que decir, no como partes orgánicas de un relato consistente y bien articulado.