El arriero, de Guillermo Calle

De amores y de mulas

Por: Oswaldo Osorio

Más cine sobre el narcotráfico para todos aquellos que dicen estar cansados del tema, eso a pesar de que rara vez ven una película colombiana (lo he sondeado) y, más aún, a pesar de que todavía es un tópico que realmente nuestro cine no ha explorado lo suficiente. Apenas un puñado de filmes, que ni llegan a la decena, abordan frontalmente el tema, y sólo Sumas y restas (Víctor Gaviria) y El Rey (Antonio Dorado), se pueden considerar acercamientos verdaderamente importantes.

 

Esta película de Guillermo Calle no es ni acercamiento ni importante. En realidad el tema es casi sólo una excusa para contar una historia que únicamente pretende ser divertida y entretenida, lo cual logra en cierta medida, y por eso, no se le deben reprochar con demasiada dureza las ligerezas a partir de las que está construida. Si una cinta está concebida sin pretensiones, no se le puede exigir lo que nunca prometió.

Aún así, el filme, que parte de un relato de Alfredo Molano, empieza por revelarnos un insólito personaje que pocas veces se había considerado dentro de la cadena alimenticia del narcotráfico: el arriero. Ese hombre que, como una cínica paradoja de la honesta y tradicional laboriosidad campesina, se encarga de arrear la mulas colombianas (¿Es esto un pleonasmo?) cargadas de coca al exterior. 

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49 Festival de Cine de Cartagena

La fiesta del cine con más tradición

 

A partir de hoy y hasta el 7 de marzo se realizará una nueva versión del Festival de Cine de Cartagena. Este es el primer en año que el más antiguo festival de Latinoamérica se hace sin su fundador. La figura de Víctor Nieto estuvo presente desde 1960 y le tocó sortear los buenos y malos tiempos de este importante evento. Aunque en esta época hacer festivales de cine parece el nuevo deporte nacional, sólo algunos pocos tienen la capacidad económica, de convocatoria y organizativa para ser considerados importantes y necesarios.

Cartagena tiene con qué hacer su festival y también se ha constituido, desde hace décadas, en el principal punto de encuentro de la cinefilia y los realizadores del país. En lo que ha sido muy irregular es en su organización. Los habituales a este evento siempre se quejan de cosas como los cambios en la programación, la tardanza de las piezas informativas o, incluso, la deficiente curaduría de las películas.

Sin embargo, puede decirse que en los últimos años se ha venido operando cambios en beneficio del buen prestigio del festival. Y este año parece que hay todavía unos cambios más sustanciales. Uno de ellos es la designación como Jefe de Programación del crítico Orlando Mora, quien desde hace mucho es asiduo visitante a los mejores festivales del mundo y seguro su presencia garantizará una mejor curaduría de las muestras.

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El Man, de Harold Trompetero

No divierte, pero tampoco indigna

El título de este texto puede parecer pesimista para con el cine colombiano, pero el miedo a que indigne tiene que ver con muchas de las comedias colombianas de los últimos años, en especial las producidas por Dago García, las cuales generalmente buscan ser un taquillazo en el país a partir de la suposición saber cómo somos los colombianos.

El director de esta nueva película, aunque le ha dirigido películas a Dago García (Muertos de susto), es un realizador que sí trata de diferenciar sus películas de esta línea populista. Lo hizo con una cinta ciertamente respetable como Diástole y sístole, lo hizo con una pequeña obra maestra como Violeta de mil colores, e incluso lo hizo con una película que algunos consideran de ese mismo montón, Dios los junta y ellos se separan, pero que es una cinta más audaz y hasta políticamente incorrecta.

La idea de El Man en principio era buena, esto es, hacer una comedia a partir de lo que podría ser un súper héroe nacional. Sin embargo, si bien es una película con una historia bien contada, una atractiva dirección de arte y con algunos momentos y diálogos realmente cómicos, no funciona del todo bien.

El problema tal vez tiene con la verosimilitud, pues si bien a una comedia no se le debe exigir siempre que sea realista, sí es fundamental que sea verosímil, que le creamos a los personajes y lo que les ocurre según la lógica propuesta por la película.

Mi abuelo, mi papá y yo, Las cartas del Gordo, La esquina o Ni te cases ni te embarques, son verdaderos ataques al buen gusto y al elemental sentido de lo que es cómico. Aún así, muchas de ellas han tenido un éxito que la película de Trompetero parece que no tendrá. “La masa no piensa y tiene mal gusto”, decía Lisa Simpson, y aunque siempre no estoy de acuerdo con esto, en el caso del cine colombiano sí puede ser cierto.
O.O.

PVC-1, de Spiros Stathoulopoulos

El collar de perlas colombiano

Por: Oswaldo Osorio

¿Por qué rodar toda una película en plano secuencia? Esto es, una película filmada sin cortes, con la misma continuidad del teatro o de la vida. ¿Por qué hacerlo si lo que más define y diferencia al cine de las demás artes es la fragmentación y manipulación del tiempo? El director colombo-griego Spiros Stathoulopoulos lo ha hecho y dice tener sus razones. Una de ellas es muy válida y seguramente para muchos suficiente. Aún así, contar una historia de hora y media con una sola imagen continua es una decisión extrema que tiene sus consecuencias narrativas y dramáticas, tanto a favor como en contra.

Alfred Hitchcock ya lo había hecho hace sesenta años en La soga. Incluso con la tecnología digital se ha puesto un poco de moda este ardid técnico y narrativo: La más sorprendente de todas es Time code (Mike Figgis, 2000), que cuenta UNA historia con la pantalla dividida en cuatro planos secuencias. Después lo hicieron el mexicano Fabrizio Prada con Tiempo Real y Alexander Sokurov con El arca rusa. Hitchcock luego le confesaría a Truffaut su arrepentimiento por aquella decisión: “Me doy cuenta de que era completamente estúpido, porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia.”

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Premio Nacional de Cine para una película de Medellín

El cine de Medellín hasta hace poco se reducía a Víctor Gaviria. Lo demás, era muy poco y de cuestionable calidad. Con la película Apocalípsur, de Javier Mejía, aparece una nueva versión de la ciudad, una nueva forma de verla.

Es una película que también trata de algunos de los problemas de Medellín, pues se ambienta en la época del narcoterrorismo, pero la forma como está construida su historia, sus protagonistas –jóvenes de estratos altos- y el énfasis puesto en la amistad y en las expectativas de estos jóvenes en la vida,  la hace una cinta inédita y cargada de virtudes.

El Premio Nacional de Cine que le acaba de otorgar un grupo de personalidades internacionales, en el marco de la semana del cine colombiano, es la constatación de la calidad y la marcada diferencia que tiene esta película en relación con el cine reciente del país. Ya el Festival de Cartagena había hecho lo mismo, así como otra serie de eventos internacionales.

Así que no es la opinión de unos pocos, es un consenso que existe en torno a la importancia de esta cinta, una importancia que no tuvo eco en el público colombiano, ni siquiera en el de la ciudad, que no la acompañaron en su paso por la cartelera, lo cual evidencia cuál es el principal problema del cine nacional: su público.
O.O.

DIARIO DE íÑIGO

Septiembre 26 de 2008. La ciudad del DVD pirata. Interior. Día/Noche/día/Noche…
Andrés Caicedo, el más furibundo cinéfilo del país, ese que decía que, en cuanto al cine, todo gusto es una perversión, también decía, antes de quitarse él mismo con sus propios medios su atribulada vida, que por el cine ser un arte relativamente joven (tenía escasos 80 años en ese momento), era posible ver TODAS las obras importantes del séptimo arte.

Poco más de 30 años después, creo que no es posible este sueño cinéfilo y erudito. Muchas cosas han cambiado en estas tres décadas. La principal es que, si bien Hollywood sigue imponiendo su presencia en las salas, la producción en el resto del mundo ha aumentado y ha cambiado la proporción que antes también dominaba la Meca del cine. En Colombia, por ejemplo, apenas en lo que va corrido el siglo XXI, se han realizado más películas de las que se hicieron hasta 1970.

Hasta hace unos cinco años no había problema con esto, pues “películas que no se conocen, corazón que no siente”. La cuestión es que en los últimos años, por vía de la tecnología, en especial la televisión por cable, las descargas por Internet y, sobre todo, el DVD, se abrió un universo inconmensurable de títulos por ver. Sólo repasar las distintas listas a las que se puede tener acceso ya es una labor que quita mucho tiempo.

Y eso si uno sólo se dedica a ver películas en video, sin contar todos los libros por leer y la música por escuchar y las personas con quien conversar y las horas para fornicar y los nocturnos etílicos y ¡Maldita sea! las horas laborales. Por eso no entiendo a quienes dicen aburrirse en la vida, si lo que hace falta es tiempo para vivirla. Pero con tanto por hacer y por devorar, es imperativo establecer prioridades, ser selectivo: ni todas las películas se pueden ver, ni tiempo completo se debe trabajar. Tampoco beber todos los días y tal vez desechar algunos presuntos amigos. Dormir lo justo para no pasar con sueño, pero tampoco tanto para que los sueños se conviertan en blandas pesadillas. Y muy importante también es tener presente una paradoja: dejar un buen tiempo para perder el tiempo.

¿Una película colombiana a los premios Oscar?

Cada año los medios de comunicación desinforman al público sobre el mismo asunto. Cada año arman una alharaca con la supuesta noticia de que una película colombiana va a los premios Oscar. Pero la realidad está tan distante como la galaxia más y más lejana.

Cuando se dice que este año la película Perro come perro (Carlos Moreno) va por Colombia a competir por los premios de la Academia, esto se refiere es a que, entre las diez películas nacionales estrenadas durante el último año, un comité elige una de ellas para que compita con otras cien películas del mundo, para que otro comité, esta vez de la Academia gringa, escoja las cinco que serán nominadas a mejor película extranjera en su fatua premiación.

Pero además, la película colombiana elegida por ese comité, no necesariamente es la mejor del año (que en éste año más bien sería Yo soy otro, de Óscar Campo), sino que buscan una mezcla entre cine de calidad, pero también que sea “oscarizable”, esto es, un cine a la medida del gusto de la industria de Hollywood.

En definitiva, es muy improbable que una película colombiano alguna vez esté nominada a un Oscar, no por malas ni por falta de factura, sino porque los miembros de la Academia (entre quienes están desde el ingeniero descerebrado que ganó un Oscar por efectos especiales, hasta el más intelectual de los directores), tienen unos parámetros de juicio que no coinciden con el tipo de películas que se hacen en el país, muchas de ellas de mejor calidad que las producciones de Hollywood.
O.O

La milagrosa, de Rafa Lara

Las costuras de un secuestro

Por: Oswaldo Osorio

Los directores colombianos generalmente se han tomado la realidad del país muy en serio. El carácter conflictivo de ésta parece que así lo exige y por eso su tratamiento procura ser, en la mayoría de los casos, de tipo reflexivo, cuestionador o crítico, pero también interesado en comprender lo que pasa y hasta en proponer soluciones. Esto ocurre tal vez por lo mucho que duele esta realidad, por eso no hay ninguna película que haya usado ese conflicto, con toda su violencia, para explotar sus posibilidades como cine de acción. Hasta que llegó este mejicano y lo hizo.

Aunque pensándolo bien, ya otro mejicano había intentado colonizar este territorio de la misma forma: Emilio Maillé con Rosario Tijeras. Ya sea el secuestro en esta película de Rafa Lara o el sicariato en la de Maillé, la mirada foránea del conflicto es evidente, así como sus intenciones de capitalizarlo en sus aspectos más superficiales, forzando la naturalidad de argumentos y personajes, recurriendo al lugar común y al efectismo. En otras palabras, el conflicto colombiano para estos directores y sus cintas, son un medio, no un fin, el fin es el relato cargado de concesiones para ser visto y aceptado por un público que si más amplio mejor.

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El ángel del acordeón, de María Camila Lizarazo

 La verdad, esta película no inspira mucho ni siquiera para hablar demasiado mal de ella. Es simplemente una cinta floja y malograda, incluso ingenua. No importa que su argumento sea obvio, que la historia de los rivales que se la pasan toda la vida compitiendo en habilidad para ganar el amor de la chica, ya se haya contado muchas veces (incluso con vallenatos y acordeones algo muy parecido se vio en la serie de televisión Escalona), el caso es que lo que se cuente tenga alma, sea verosímil y recreado con naturalidad.

En esta película no hay nada de eso. Las actuaciones son irregulares de principio a fin, tanto de los niños como de los adultos, a veces suenan convincentes y otras como recitando el parlamento. El tono general de la cinta es como de melodrama televisivo y la narración avanza a saltos sin la agilidad propia de un relato envolvente, de una historia de amor, rivalidad y vallenatos. Se puede rescatar de ella las logradas imágenes que consiguen con la complicidad del paisaje y la luz de la costa colombiana. Aunque por eso mismo resulta muy brusco el cambio a las imágenes documentales del reinado vallenato.

Para terminar, juego al abogado del diablo. ¿Qué pueden decir todas esas personas que dicen que el cine colombiano debe dejar de hacer películas sobre la violencia y la realidad del país, cuando las respuestas a ese requerimiento son fallidas películas como ésta? ¿Qué pueden decir al ver que el mejor cine que se ha hecho en el país, el cine que perdurará, es ése que se confronta con la dura realidad nacional y trata de entenderla y explicarla?

I.M

Muerte sí, tetas no

La torpe e irrespetuosa censura a la que el canal RCN sometió a sus dos películas de un sábado en la noche, es una prueba de dos de los tantos males de Colombia: la doble moral y la mala televisón.

 

 

Un país en donde, en los más o menos veinte noticieros diarios que emiten los distintos canales, es moneda corriente ver historias de asesinatos, masacres, secuestros y violaciones a menores, resulta absurdo cómo la censura parroquiana y de doble moral se empeña en no permitir imágenes relacionadas con el sexo, ya sea desde una teta, pasando por una mujer semidesnuda sobre una cama llena de dólares, hasta -mucho menos- un menage a trois con coito masculino de por medio.

La censura siempre ha existido en el cine y la televisión, pero como ocurrió en el Hollywood del Código Hays,  ésta llegó incluso a servir para aguzar el ingenio de los realizadores al decir y mostrar lo innombrable de las más estimulantes formas. Sin embargo, la censura que mutila la obra original es la de peor calaña, como cuando en la España franquista cambiaban los diálogos en el doblaje o cuando en Cinema paraíso el cura tocaba la campana para condenar al fuego purificador los fotogramas obscenos o lascivos.

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