Kinetoscopio 88

La revista de cine invicta

Ya está en circulación la última edición de la única revista especializada en cine que ha resistido todos los embates desde hace dos décadas. Esta publicación es el solitario bastión de la crítica especializada en el país y una de las pocas de Latinoamérica.

Sus 140 páginas traen una treintena de textos, entre críticas, ensayos, artículos y entrevistas, los cuales están distribuidos en diferentes secciones: cine colombiano, cine latinoamericano, festivales, críticas, etc.

Vale destacar la película colombiano La pasión de Gabriel y una entrevista a su director; el recuento de lo ocurrido en los festivales de Toronto, Venecia y San Sebastián;  y artículos sobre tres importantes directores: Michael Haneke, Joseph Losey y Sergei Einsenstein.

Es una revista para iniciados en el cine, antifarándula y, junto con la cinefilia, el mejor vehículo para saber de cine en este país.

Infraganti, de Juan Camilo Pinzón

La risa agazapada y clandestina

Por: Íñigo Montoya

Como los buñuelos y la natilla, como el traído del niño, llega puntual la película decembrina de Dago García, ese productor que es el más nítido ejemplo del cine industrial y de consumo en el país. Muchos reniegan de su cine (incluyendo este artículo, por supuesto), pero en su defensa hay que decir que estas empresas son necesarias para el cine nacional, como industria al menos.

Como todas sus películas, ésta se asegura de tener un gancho fuerte para hilar su argumento y, sobre todo, atraer al público. Ya lo ha hecho con el fútbol, la música popular, el matrimonio, etc. Ahora lo hace con un espacio y lo que él significa: un motel y sus solapados visitantes. A este gancho le engarza otros, la comedia como siempre, los personajes estereotipados, la cultura popular y hasta a Natalia París, quien sin duda será la razón para muchos ir a ver esta cinta.

Para ser una comedia tonta está en general bien armada su historia, esto no parece decir mucho, pero si se le compara con las incoherencias argumentales de películas como La esquina, Las cartas del gordo, Ni tecases ni te embarques o Mi abuelo, mi papá y yo, pues estamos antes un relato decoroso y consecuente.

Que la risa que producen sus situaciones esté siempre agazapada y clandestina, sin dejarse ver casi nunca, así como los clientes de un motel, no es algo de extrañar, porque así han sido las últimas películas de este productor. El sentido del humor de estos filmes casi siempre es demasiado simple y burdo, cuando no populista y de mal gusto. Podría decirse que para un fanático del humor fino e intelectual de los Monty Phyton no podría ser de otra forma, pero la cuestión es que la vi en un teatro lleno y con las mismas escasas risas.

A estas películas decembrinas, diseñadas para el consumo rápido y la taquilla fácil no se le puede exigir que sean obras maestras, pero tampoco es mucho pedir que tengan algo de seso e ingenio, que si toman el camino fácil de los clichés y las fórmulas, pues que no lo hagan tan evidente. Esperemos que así sea en el próximo tutaina.

La sangre y la lluvia, de Jorge Navas

Momentos, sólo momentos

Por: Iñigo Montoya


Como muchas películas colombianas recientes, ésta viene precedida de una gran expectativa por la promoción que le han hecho y su participación en un gran festival de cine, el de Venecia. Su director también tiene un cierto reconocimiento en el audiovisual nacional y el título y los avances no podían ser más sugestivos.

Si bien esas expectativas se ven colmadas en muchos aspectos, en la creación de atmósferas y la puesta en escena, principalmente, en general es una cinta que cojea en su narración, en la solidez del planteamiento de sus ideas y hasta en la construcción de uno de sus protagonistas.

La esencia de la historia es clara, se trata del encuentro de dos soledades en medio de la noche y ante la hostilidad de la ciudad marginal. Sin embargo, esa esencia sólo está enunciada, porque nos queda debiendo en profundidad y contundencia. Esa relación entre la bella y el taxista no resulta lo íntima y profunda que parece pretender, empezando porque a ella no se le ve muy bien dibujada, no se sabe bien qué quiere, cuáles son sus motivaciones y por qué de sus insólitos contrastes (luego de verla beber, aspirar, levantarse a un cualquiera y masturbarse en un motel, vienen una seguidilla de actos como de buena samaritana y víctima).

Con el personaje del taxista las cosas son más claras, se entiende su historia y su actitud, aunque el asunto se empieza a desbaratar cuando lo secuestran por unas razones que no quedan del todo claras, pero menos claro aún queda ese desenlace, donde hay una violencia en fuera de campo que deja al espectador confundido con lo que pasó. Es decir, el clímax pasa no ante nuestros ojos sino fuera del plano, dejándonos por unos instantes en la oscuridad de un relato mal visualizado.

Es cierto que la película alcanza unos muy buenos momentos en las actuaciones, en la construcción de unas atmósferas en las que la noche, la ciudad y la melancolía hacen una muy buena combinación, así como en lagunas imágenes que se logran con estos mismos elementos (la noche, la lluvia y la ciudad) que, como es bien sabido, son muy fotogénicos, pero el cuadro general se antoja más como una serie de viñetas, a veces hasta inconsistentes unas con otras, y no un relato sólido y congruente.

La película intimista que se prometía desde el principio se vio malograda por el thriller que se apodera de ella y que la hace confusa e insustancial.

La pasión de Gabriel, de Luis Alberto Restrepo

Pastor de ovejas negras

Por: Oswaldo Osorio

Si alguien como el padre Gabriel no puede salvar a Colombia, o por lo menos a uno de sus pueblitos, entonces las esperanzas de que este país solucione sus problemas son cada vez más ilegibles. Nuevamente la ficción en el cine colombiano retoma ciertas circunstancias de la realidad, hace su versión y reflexiona sobre la compleja red de causas y actores que intervienen en el conflicto nacional. Y nuevamente Luis Alberto Restrepo plantea, con lúcida sencillez, su mirada a esa guerra que se libra en los campos y sus devastadoras consecuencias para el país.

Ya lo había hecho en La primera noche (2003), su ópera prima, una película que, con descarnada elocuencia, ponía en evidencia el fuego cruzado en medio del cual viven los campesinos colombianos, así como la más nefasta de sus consecuencias, su desplazamiento hacia un oscuro futuro en las ciudades.

Con esta nueva película complementa este enunciado y mantiene el pesimismo sobre las trágicas salidas por las que siempre opta la problemática del país. Si en La primera noche el desamor fue el conflicto íntimo a partir del cual se articuló el otro conflicto más amplio, el armado, en esta otra película el conflicto íntimo que lo articula es el apasionamiento de un sacerdote por los distintos aspectos relacionados con su vida: apasionamiento ante la injusticia social, la corrupción política, la obtusidad de la iglesia y por el amor de una mujer.

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Riverside, de Harold Trompetero

La vida sin opulencia

Por: Oswaldo osorio

El director más prolífico del cine colombiano continúa con el estreno escalonado por las ciudades del país de su última película, que para él es como si fuera la primera, según dice. Y es que luego de cinco producciones (en nueve años) con propuestas muy singulares y hasta experimentales, ésta es su cinta más convencional desde lo dramatúrgico y narrativo, lo cual no es de ninguna forma un defecto, pues se sabe que si algo requiere de talento y conocimiento es contar una buena historia planteada a la manera clásica.

Es muy posible que Harold Trompetero se convierta en el director más importante del cine colombiano, se le ve venir entre los altibajos de esta rauda y chispeante obra, la cual inició con Diástole y sístole (2001), una película aparentemente ligera, pero muy inteligente y contundente con lo que se proponía; luego viene Violeta de mil colores (2005), un desesperado poema visual de una mujer sola en Nueva York y en la vida, una de las más bellas y conmovedoras películas que se han hecho en el país, pero que casi nadie verá a causa de los caprichos y la avaricia de una actriz que en unos años nadie recordará.

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Los viajes del viento, de Ciro Guerra

Huir y buscar por un mismo camino

Por: Oswaldo Osorio

Un hombre nuevo, un hombre viejo y un acordeón con cuernos cruzan el paisaje costeño urgidos por su destino. Estos elementos, ya de por sí complejos y que bien podrían funcionar como sinopsis, componen uno de los relatos más maduros y concientemente sólidos de la historia del cine colombiano. También es una de las películas más esperadas de los últimos años, gracias a la promesa que significó la ópera prima de este realizador, La sombra del caminante (2005), y con la cual comparte unas características en común: un sentido estético definido y sin titubeos, una lúcida cercanía con ciertas particularidades de la identidad nacional y una propuesta narrativa y argumental que no le hace concesiones a ese público que sólo quiere cine rápido y fácil.

De entrada es necesario hablar de lo más vistoso del filme, que es sus paisajes y su fotografía, dos cosas que muchos espectadores suelen confundir. Porque con esta cinta es muy fácil decir –y recuerden que no es una cinta fácil- que tiene una fotografía muy “bonita”, aunque seguramente el comentario está dirigido a los paisajes.

Que en esta película coincidan las dos cosas es una fortuna, pero lo cierto es que tiene una buena fotografía es por la manera como muestra estoy paisajes, por la forma en que los hace, no sólo un protagonistas, sino una condición para el desarrollo de la historia. De ahí la importancia de la expresividad y el esplendor del formato panorámico y en súper 35 en que fue filmada. Y también por eso es un filme que tiene que ser visto en cine. La visionada en video ya será una experiencia muy distinta.

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El arriero, de Guillermo Calle

De amores y de mulas

Por: Oswaldo Osorio

Más cine sobre el narcotráfico para todos aquellos que dicen estar cansados del tema, eso a pesar de que rara vez ven una película colombiana (lo he sondeado) y, más aún, a pesar de que todavía es un tópico que realmente nuestro cine no ha explorado lo suficiente. Apenas un puñado de filmes, que ni llegan a la decena, abordan frontalmente el tema, y sólo Sumas y restas (Víctor Gaviria) y El Rey (Antonio Dorado), se pueden considerar acercamientos verdaderamente importantes.

 

Esta película de Guillermo Calle no es ni acercamiento ni importante. En realidad el tema es casi sólo una excusa para contar una historia que únicamente pretende ser divertida y entretenida, lo cual logra en cierta medida, y por eso, no se le deben reprochar con demasiada dureza las ligerezas a partir de las que está construida. Si una cinta está concebida sin pretensiones, no se le puede exigir lo que nunca prometió.

Aún así, el filme, que parte de un relato de Alfredo Molano, empieza por revelarnos un insólito personaje que pocas veces se había considerado dentro de la cadena alimenticia del narcotráfico: el arriero. Ese hombre que, como una cínica paradoja de la honesta y tradicional laboriosidad campesina, se encarga de arrear la mulas colombianas (¿Es esto un pleonasmo?) cargadas de coca al exterior. 

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49 Festival de Cine de Cartagena

La fiesta del cine con más tradición

 

A partir de hoy y hasta el 7 de marzo se realizará una nueva versión del Festival de Cine de Cartagena. Este es el primer en año que el más antiguo festival de Latinoamérica se hace sin su fundador. La figura de Víctor Nieto estuvo presente desde 1960 y le tocó sortear los buenos y malos tiempos de este importante evento. Aunque en esta época hacer festivales de cine parece el nuevo deporte nacional, sólo algunos pocos tienen la capacidad económica, de convocatoria y organizativa para ser considerados importantes y necesarios.

Cartagena tiene con qué hacer su festival y también se ha constituido, desde hace décadas, en el principal punto de encuentro de la cinefilia y los realizadores del país. En lo que ha sido muy irregular es en su organización. Los habituales a este evento siempre se quejan de cosas como los cambios en la programación, la tardanza de las piezas informativas o, incluso, la deficiente curaduría de las películas.

Sin embargo, puede decirse que en los últimos años se ha venido operando cambios en beneficio del buen prestigio del festival. Y este año parece que hay todavía unos cambios más sustanciales. Uno de ellos es la designación como Jefe de Programación del crítico Orlando Mora, quien desde hace mucho es asiduo visitante a los mejores festivales del mundo y seguro su presencia garantizará una mejor curaduría de las muestras.

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El Man, de Harold Trompetero

No divierte, pero tampoco indigna

El título de este texto puede parecer pesimista para con el cine colombiano, pero el miedo a que indigne tiene que ver con muchas de las comedias colombianas de los últimos años, en especial las producidas por Dago García, las cuales generalmente buscan ser un taquillazo en el país a partir de la suposición saber cómo somos los colombianos.

El director de esta nueva película, aunque le ha dirigido películas a Dago García (Muertos de susto), es un realizador que sí trata de diferenciar sus películas de esta línea populista. Lo hizo con una cinta ciertamente respetable como Diástole y sístole, lo hizo con una pequeña obra maestra como Violeta de mil colores, e incluso lo hizo con una película que algunos consideran de ese mismo montón, Dios los junta y ellos se separan, pero que es una cinta más audaz y hasta políticamente incorrecta.

La idea de El Man en principio era buena, esto es, hacer una comedia a partir de lo que podría ser un súper héroe nacional. Sin embargo, si bien es una película con una historia bien contada, una atractiva dirección de arte y con algunos momentos y diálogos realmente cómicos, no funciona del todo bien.

El problema tal vez tiene con la verosimilitud, pues si bien a una comedia no se le debe exigir siempre que sea realista, sí es fundamental que sea verosímil, que le creamos a los personajes y lo que les ocurre según la lógica propuesta por la película.

Mi abuelo, mi papá y yo, Las cartas del Gordo, La esquina o Ni te cases ni te embarques, son verdaderos ataques al buen gusto y al elemental sentido de lo que es cómico. Aún así, muchas de ellas han tenido un éxito que la película de Trompetero parece que no tendrá. “La masa no piensa y tiene mal gusto”, decía Lisa Simpson, y aunque siempre no estoy de acuerdo con esto, en el caso del cine colombiano sí puede ser cierto.
O.O.

PVC-1, de Spiros Stathoulopoulos

El collar de perlas colombiano

Por: Oswaldo Osorio

¿Por qué rodar toda una película en plano secuencia? Esto es, una película filmada sin cortes, con la misma continuidad del teatro o de la vida. ¿Por qué hacerlo si lo que más define y diferencia al cine de las demás artes es la fragmentación y manipulación del tiempo? El director colombo-griego Spiros Stathoulopoulos lo ha hecho y dice tener sus razones. Una de ellas es muy válida y seguramente para muchos suficiente. Aún así, contar una historia de hora y media con una sola imagen continua es una decisión extrema que tiene sus consecuencias narrativas y dramáticas, tanto a favor como en contra.

Alfred Hitchcock ya lo había hecho hace sesenta años en La soga. Incluso con la tecnología digital se ha puesto un poco de moda este ardid técnico y narrativo: La más sorprendente de todas es Time code (Mike Figgis, 2000), que cuenta UNA historia con la pantalla dividida en cuatro planos secuencias. Después lo hicieron el mexicano Fabrizio Prada con Tiempo Real y Alexander Sokurov con El arca rusa. Hitchcock luego le confesaría a Truffaut su arrepentimiento por aquella decisión: “Me doy cuenta de que era completamente estúpido, porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia.”

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