Amigo de nadie, de Luis Alberto Restrepo

Historia de dos ciudades

Oswaldo Osorio

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Aunque casi todas las películas sobre Medellín tienen que ver con la violencia, aun así es un tópico del que todavía falta mucho por decir, porque esa veintena de títulos que lo abordan todavía resultan insuficientes para dar cuenta de un tema tan complejo e intenso, y más cuando se trata de una revisión del pasado. Esta película habla de eso, la violencia de Medellín en el pasado, y lo hace de manera directa y honesta, revelando todo un complejo contexto a partir de un caso particular.

Basada en el libro Para matar a un amigo (2012), escrito por Juan José Gaviria y Simón Ospina, la película relata la historia de Julián Vidal, un joven de una privilegiada familia con un grupo de amigos de su misma clase. Ese es el caso particular, mientras que el contexto es la gran fractura social que vivió esta ciudad entre finales de los años ochenta y principios de los noventa por cuenta de la irrupción del narcotráfico y la consecuente violencia y descomposición social.

Es el momento cuando se entrecruzan las dos ciudades y las dos mentalidades prevalecientes en ellas, esto es, por un lado, la ciudad privilegiada, conservadora en sus valores y confiada de su supremacía y pujanza; y por el otro, la ciudad marginal, violenta y caerente de oportunidades que descubre el tentador camino del dinero fácil. Ya Sumas y restas (Víctor Gaviria, 2005) había mostrado esta situación, pero directamente desde el narcotráfico y más dando cuenta de cómo una ciudad permeó a la otra.

En la película de Restrepo, en cambio, si bien está presente dicha mezcla, hay mucho más énfasis en el choque entre las dos ciudades, pero un choque también representado de forma compleja y hasta ambigua por la figura del protagonista, quien parece llevar las dos ciudades dentro de sí, pues tiene ese convencimiento de ser mejor que otros y pertenecer a una “raza” de emprendedores colonizadores y ahora poderosos industriales, pero también un asesino despojado de toda moral o remordimiento.

Aunque es él y sus asesinatos el hilo conductor del relato, en últimas puede verse solo como un asunto anecdótico, pues la verdadera fuerza y las connotaciones que deben ser leídas en la película están en ese universo en descomposición y lleno de zozobra que sabe construir el director, el cual también ya había sido trazado de forma parecida en Apocalíspur (Javier Mejía, 2006). Es la trágica transformación de una sociedad, que en este filme puede verse de muchas maneras: los diferentes destinos del grupo de amigos, la normalización de las muertes violentas, el estupendo arco dramático que experimenta la madre, la aparición en escena de la mafia y, claro, esas contradicciones encarnadas por su protagonista.

Tal vez lo único que no funciona bien en la película es que el espectador se enfrenta a una contradicción, y es que, si bien siempre está en presencia del protagonista siguiendo sus acciones, lo cual suele producir identificación o que se le tome simpatía, el problema es que esto no parece ser posible con este personaje, quien pocas cualidades o gestos tiene para crear esa conexión del público con él. La consecuencia de esto puede ser un distanciamiento del espectador frente a ese personaje central y, por consiguiente, al relato mismo. Es por eso que el mayor atractivo de cara al espectador, se sitúa en la trama de contexto, en esa transformación y choque de la ciudad antes referidos. Si solo se enfoca la atención en lo que hace Julián, se le podría perder el interés al relato y parecer una historia reiterativa.

De otro lado, es una película con la factura y la eficacia narrativa propias de un director que ya había demostrado su buen oficio con La primera noche (2004) y La pasión de Gabriel (2008), otros dos títulos que también revelaron el espíritu e implicaciones de la violencia en el país y que, como en esta nueva obra, contribuye a reflexionar sobre esa violencia y crear memoria, la cual sirve para prevenir que ciertas cosas no vuelvan a suceder.

La sargento Matacho, de William González

Esa cosa bandolera

Oswaldo Osorio

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La historia nacional siempre ha sido una deuda del cine colombiano, y especialmente hay unos episodios o temas que han debido abordarse desde hace mucho tiempo y con mayor frecuencia. Uno de ellos es el de los llamados bandoleros en la época de la Violencia. Esta película paga una cuota de esa deuda al contar la historia de Rosalba Velasco, alias La sargento Matacho, un relato convincente en su puesta en escena que propone una singular mirada de la guerra desde esta particular mujer.

Lo que más llama la atención de esta historia, por supuesto, es la naturaleza de su protagonista, no solo por el hecho de ser mujer, con todo lo que esto implica, como se verá, sino también porque, inicialmente, es una víctima, pero que luego deviene en victimaria. Esa ambigüedad moral y lo que podría verse como una justificación de sus acciones y su actitud, de alguna manera la hace un personaje más complejo y atractivo. Aunque también se puede cuestionar su construcción y el insólito papel que desempeñó en este conflicto.

Después de presenciar la muerte de su esposo a manos de las fuerzas oficiales, Rosalba comienza a hacer parte de la resistencia que los liberales instauraron en el campo, lo que subsecuentemente terminará siendo el nacimiento de la guerrilla en el país (véase Canaguaro, de Dunav Kuzmanich). Primero, se arroja de frente a la guerra por su cuenta, impulsada por el deseo de venganza; y después, termina siendo reclutada por los grupos armados y hasta siendo la pareja de varios de sus jefes, incluso quedando embarazada varias veces.

Hasta aquí puede ser claro lo que ocurre con esta mujer y su contexto, no obstante, el relato se ve condicionado por un aspecto que lo cambia todo y que se puede leer de distintas formas: resulta que la  sargento Matacho, como fue bautizada por arrojada y sanguinaria, es presentada como un ente que no habla ni puede tener algún contacto emocional con nadie. Esto se puede ver como una consecuencia de la despersonalización por el trauma de la guerra o también que lo que parecía ser ese personaje complejo y atractivo, termina siendo un monigote unidimensional que solo reacciona en circunstancias extremas.

Es por eso que es el coro de personajes que la rodea y sus circunstancias, son lo que mueve la historia y plantea sus ideas sobre el conflicto y este significativo periodo de la historia del país. Ella, en cambio, parece quedar reducida a un objeto, ya de ese mundo machista (el de esta cultura y la época) o de la guerra misma; o incluso un objeto del mismo argumento y de la narración.

En otras palabras, esta película puede ser vista como el intenso relato de una mujer arrastrada a la espiral de la guerra, o también como la historia que reposa sobre un ambiguo personaje que es presentado como una cosa (una víctima convertida en aguerrida victimaria), pero que termina siendo otra (excusa argumental y objeto unidimensional usado por su entorno machista).

La sensación que queda, entonces, es la de una película acertada en su puesta en escena, la recreación de una época y su contexto, una mirada reflexiva al interior del conflicto y un coro de actores y personajes que hacen funcionar tanto el relato como la historia. Pero por otro lado, esa protagonista, que sirvió de hilo conductor para que todo esto sucediera y con la que el espectador se identifica casi todo el metraje, en retrospectiva parece solo eso, un hilo fino al que hay que inventarle una interpretación en los sucesos, sin dimensión ni matices, un animalito que solo sirve para matar y para parir… Aunque ya a partir de esta última contradicción se podría empezar a escribir otra crítica de la misma extensión.