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El caso Colmenares: El triunfo de la narrativa sobre los hechos

La Corte Suprema de Justicia, 16 años después de los hechos, al fin dijo la última palabra sobre el caso Colmenares y en la prensa, tal parece, no aprendimos nada.

  • El caso Colmenares: El triunfo de la narrativa sobre los hechos
12 de mayo de 2026
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Cada que reaparece en la agenda mediática el caso Colmenares –mínimo cada 31 de octubre en vísperas del Halloween– Julio Sánchez Cristo relee al país este email:

Don Julio, buenos días. Respecto al caso del joven Luis Andrés Colmenares, asesinado en el caño el Virrey, el 31 de octubre del año pasado (2010), quiero decirle que fue una investigación que adelantó la Policía Metropolitana de Bogotá Sijín, donde se puso en evidencia un elaborado crimen perpetrado por dos jóvenes estudiantes que finalmente fueron capturadas ayer, y por un grupo de investigadores, quienes mediante actividades científicas y forenses que nos llevaron, inclusive hasta La Guajira, para hacer exhumación del cadáver, permitió a los criminalistas seguir un rastro que puso al descubierto un contubernio y determinó el crimen de este joven estudiante. Fue un trabajo muy profesional en el que se emplearon todos los medios científicos y técnicos para esclarecer este crimen que conmueve a varias familias y a la sociedad colombiana”. (sic).

Según ha explicado el periodista, ese correo se lo envió un investigador de la Policía y “Julito” lo relee en vivo, cada tanto, desde octubre de 2011, cuando lo divulgó por primera vez a su masiva audiencia. Con ese breve email arranca y termina el conocimiento de Sánchez sobre el caso Colmenares, aunque La W, quién no lo recuerda, fue uno de los medios que más martilló el tema. No el único. Al contrario: a todos los medios les cabe una responsabilidad que ninguno admite. Por igual en prensa escrita, radio, televisión e internet, el país conoció innumerables informes que en realidad eran alegatos en favor de sentenciar a Laura Moreno, Jessi Quintero, Carlos Cárdenas y a una decena más de jóvenes, supuestos encubridores de los primeros en el “asesinato” de Colmenares. Que yo sepa nadie ha rectificado. Y aunque esa era la tesis, la Fiscalía nunca judicializó a los amigos cómplices de los tres primeros. No lo hizo porque no tenía cómo probar nada, pero en las redacciones esa omisión a nadie inquietó.

El señalado email es interesante por el cúmulo de mentiras que contiene, las mismas que la prensa propagó (¿inocentemente?). Uno pude admitir que un abogado mediático como Jaime Lombana –con interés en la causa, no en la verdad– diga cuanta barbaridad se le ocurra, pero que las redacciones del país le hayan servido de caja de resonancia a sus bravuconadas por encima de los datos fácticos, eso es desconcertante. Se dijo, por ejemplo, que gracias a actividades científicas profesionales se había exhumado el cadáver de Colmenares descubriendo que había sido asesinado. Y resultó todo lo contrario: el forense Máximo Duque practicó una diligencia burda y le produjo al cuerpo afectaciones que reseñó en su informe como severas lesiones premorten.

Cuando en el juicio público se revelaron las fotos de la exhumación, no vimos allí a un forense profesional sino a una caricatura de Jack el Destripador que desmembraba el cuerpo de Colmenares con un cuchillo recién comprando y sobre cartones en tierra, para acusar esos daños de hallazgos. Por cuenta de eso se ordenó una investigación contra Duque. Pero ese proceder del forense no indignó a Lombana, ni al señor Luis Colmenares, padre del joven muerto, mucho menos al entonces fiscal Antonio Luis González. Y la prensa casi que ni se enteró, porque ese lunar factico desinflaba la narrativa del asesinato.

Como esa, fueron muchas más las falsedades que los medios alentaron constantemente para hacer del caso Colmenares el reallity nacional de más taquilla. Y lo fue. Esa non santa trinidad coordinada (abogado, víctima y fiscal) repitió hasta el cansancio y ante los micrófonos que no había registro de los últimos minutos de Colmenares en inmediaciones del parque El Virrey porque una mano oscura y poderosa había robado todas las cámaras de seguridad del sector. La verdad técnica es menos espectacular, más aburrida: los sistemas simplemente regraban sus archivos cada cierto tiempo, y más de un año después de los hechos, cuando el fiscal González quiso buscarlas, ya no existían esas imágenes.

En todos los momentos del proceso judicial se propagaron noticias falsas que el país asimiló como dogmas. Se dijo que las jóvenes procesadas sugirieron que Colmenares se había suicidado para tratar de engañar a la Justicia. La verdad, verificable en el expediente y en las audiencias, es que nadie nunca habló de suicidio; pero los interesados lo repitieron con desparpajo hasta convertirlo en “hecho”, y ningún reportero lo verificó.

De igual forma se repitió que Colmenares no fue hallado dentro del canal El Virrey donde decía Laura Moreno haberlo visto caer porque no estaba allí. “Es que lo asesinaron y después pusieron su cuerpo ahí, por eso los bomberos que acudieron no lo encontraron inicialmente”, decía González, con el consabido eco. Pero la realidad, sin lugar a duda, es que los primeros bomberos no ingresaron al túnel donde sí entró la segunda brigada cuando halló el cuerpo.

Cuando la tramoya oficial hizo agua al ser contrastada con hechos irrefutables, el Fiscal, sin sonrojarse, presentó uno, dos, tres testigos que surgieron en consecutivo conforme el anterior se desmoronaba en sus mentiras. Los tres resultaron fletados. Por si no fuera suficiente de falsos testigos (hoy condenados y uno asesinado en la cárcel) el funcionario le aseguró al juez en audiencia: “¡Y tengo seis más iguales! Y también la Fiscalía sabe cuáles son las placas del carro en que se llevaron al señor Colmenares”. Un carretazo de alcance delictivo que pasó impune, ligera y vagamente registrado en los medios.

Lo de la Fiscalía fue un despropósito desde que apareció Antonio Luis González como instructor de la investigación, un año después del deceso de Colmenares, con el aplauso de la familia y el abogado de marras. Entonces la Fiscalía debía probar que en cuestión de máximo 25 minutos (de 3:14 a.m. a 3:39 a.m.) una docena de amigos (de alrededor de los 21 años) participaron en el crimen de otro de ellos, se repartieron roles en torno a la coartada de un falso accidente, teniendo cuidado de cruzarse múltiples llamadas entre sí para darle al relato apariencia verosímil, y concluyeron el plan criminal en las horas siguientes al tiempo que empezaban a engañar a las autoridades y a la familia de la víctima con el plan concebido, el mismo que sostuvieron sin reveses desde entonces arriesgándose a arruinar sus vidas. La otra posibilidad era que la fiscalía estuviera equivocada.

Yo creo firmemente en esa otra posibilidad: el joven Colmenares falleció al caer por accidente, con la máxima embriaguez, al fondo oscuro del canal El Virrey, sufrió un golpe en la frente que lo dejó inconsciente, sin posibilidad de reaccionar, y su deceso fue por ahogamiento. Una tragedia, sin duda, pero no un crimen.

Llegar a tal conclusión no va de creerle a una u otra versión, consiste en revisar con minucia el cúmulo de evidencias técnicas, los dictámenes periciales y centenares de testimonios, para disponer todo ello sobre la línea de tiempo documentada y el lugar de los hechos. Eso fue lo que plantee en mi libro Nadie mató a Colmenares publicado en 2012 por Random House Mondadori, y en el que se basó la serie de Netflix que se ocupa del caso. El libro apareció antes de cualquier sentencia judicial por lo que a un servidor le llovieron advertencias de demandas, injurias, calumnias y hasta burlas.

No era para menos porque durante dieciséis años, el país no observó el cubrimiento de un proceso judicial sino a la puja entre dos relatos antagónicos: el primero y dominante, la historia mediática que hablaba de un crimen execrable, un thriller de traición, “niños ricos” asesinos y un complot de silencio diseñado para la audiencia; el segundo, un accidente absurdo, fatal y solitario, sin buenos ni malos. Pero, para desconcierto de muchos, la Justicia no se comió el cuento. Primero el juzgado, luego en el tribunal y ahora la Corte Suprema de Justicia, concluyeron que razonablemnte no hay cómo soportar la fantasía del crimen.

La Corte Suprema, en consonancia con mi libro, ha ratificado que aquel “Box culvert” u hondonada dentro del canal-túnel era de difícil acceso y que la bombero Yadira Piamonte desde la boca de la estructura no podía observar si adentro se hallaba un cuerpo. El fallo tilda de inverosímil la tesis de que el cuerpo fue “plantado” horas después, dada la presencia constante de autoridades y familiares en la zona. La ciencia y la física, finalmente, vencieron al relato de la conspiración.

Desde 2012 cuando publiqué el libro la opinión pública ya había dictado sentencia, alimentada por una prensa que olvidó su máxima de “siempre dudar”. En las salas de redacción el asunto podría implicar una necesaria reflexión, quizá un mea culpa improbable. Para Moreno, Quintero y Cárdenas, señalados de asesinos por tres lustros ha significado el martirio de sus vidas, un estigma vigente e indeleble que trasciende toda frontera. Su desventura es la bajeza de los medios que prefirieron el linchamiento a la verdad.

Durante todos estos años se dijo que la necropsia inicial de Colmenares era sospechosa y que tenía “vacíos”. Sin embargo, ese dictamen pericial de la forense Lesly Rodríguez como la exhumación posterior de Máximo Duque —a pesar de sus diferencias en la descripción de las lesiones— coincidían en lo fundamental: Luis Andrés Colmenares falleció por sumersión en medio líquido. Murió ahogado. Y ahora la Corte Suprema de Justicia ha validado, en decisión de cierre, el veredicto del Tribunal Superior de Bogotá (2017) que a su vez había encontrado correcta la sentencia del juzgado (2017). Así, el máximo tribunal penal de Colombia dejó en firme la sentencia absolutoria proferida a favor de Laura Milena Moreno Ramírez por el delito de homicidio agravado y mantuvo la decisión de declarar la extinción de la acción penal por prescripción en favor de Jessy Mercedes Quintero Moreno. El proceso de Cárdenas ni siquiera fue recurrido por lo que ya se hallaba en firme.

En su decisión, la Corte Suprema señaló que lo que obra en el expediente impide alcanzar el grado de certeza necesario para proferir una condena. Y cuestionó duramente el trabajo del ente acusador, el cual calificó de “caótico” debido a la falta de rigor en la delimitación de la hipótesis fáctica. Señaló que la Fiscalía realizó una acusación “anfibológica y confusa”, imputando una coautoría impropia sin demostrar el elemento medular del “acuerdo común” ni que las supuestas mentiras de Laura Moreno tuvieran el fin de “distraer” a las autoridades mientras se ejecutaba el alegado crimen.

Y fue más allá, señaló que la Fiscalía pudo haber ”inflado” los cargos con el probable fin de presionar a la procesada para delatar a supuestos autores materiales que nunca fueron identificados ni probados en el juicio. Todo eso significa que la justicia se inclinó por la absolución rechazando las especulaciones mediáticas y la pretensión de la Fiscalía y la familia Colmenares de condenar a las procesadas.

La periodista Janet Malcom, en su libro Ifigenia en Forest Hills: anatomía de un jucio por asesinato, advierte que en realidad un juicio no es una búsqueda de la verdad, sino una “contienda entre narrativas contrapuestas” donde no gana la historia más veraz, sino la más consistente. En el caso Colmenares fueron los medios los que determinaron –anticipadamente y en función de su interés por cautivar las audiencias– que la versión más consistente era aquella de un crimen pavoroso con villanos de alta alcurnia y un libreto de traición perfecto para el consumo masivo. Tal parece que a nadie le importo, y sigue sin importar, el detalle aquel de que todo fuera falso.

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