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20 años después de El Salado, abandonados

  • Tras la masacre de febrero del 2000, y muy a pesar de todos los titulares, programas y demás, El Salado sigue siendo el pueblo fantasma que exige más atención del Estado. FOTO COLPRENSA
    Tras la masacre de febrero del 2000, y muy a pesar de todos los titulares, programas y demás, El Salado sigue siendo el pueblo fantasma que exige más atención del Estado. FOTO COLPRENSA
COLPRENSA | PERIÓDICO EL UNIVERSAL | Publicado el 17 de febrero de 2020

Veinte años después de la masacre que lo hizo tan tristemente famoso, El Salado sigue siendo un pueblo fantasma. Solo 1200 de los 4000 habitantes que tenía antes del 16 de febrero de 2000 regresaron para repoblarlo -o resucitarlo-, pero ahora, en este mediodía de febrero de 2020, nadie camina por la calle principal y las puertas están cerradas de par en par. No hay música.

Dos décadas han sido poco para olvidar la barbarie con la que 450 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia asesinaron a 61 personas en El Salado y sus alrededores. Dos décadas han sido suficientes para que El Salado intente levantarse, apenas intente, porque por más que sus habitantes organizaran limpiezas en el retorno, nunca iban a solucionar las carencias en los servicios públicos. Se sienten abandonados, olvidados por un Estado que les falló y les sigue fallando.

Les falló por primera vez cuando El Salado se enorgullecía de ser tan próspero como para no necesitar de Alcaldía, ni de Gobernación, ni de la Presidencia. Les falló porque no fue lo suficientemente diligente como para evitar que asesinaran a cinco de sus hijos en la primera masacre, la del 23 de marzo de 1997.

La segunda falla, y la peor de todas, es la que hoy conmemoran: el Estado permitió que los jefes paramilitares del Bloque Norte, Salvatore Mancuso, Rodrigo Tovar Pupo (‘Jorge 40’) y John Henao (‘H2’) se confabularan para enviar a sus mercenarios para acuchillar, estrangular o acribillar a balazos a 61 personas durante cinco días, sin que nadie interviniera, por lo menos no para detenerlos.

La tercera falla: entre 2002 y 2003, cuando los salaeros desplazados se cansaron de mendigar y pasar hambre en poblaciones como El Carmen de Bolívar, Sincelejo, Cartagena y Barranquilla, y se atrevieron a regresar a su pueblo, asesinaron a siete de ellos.

¿Y la cuarta falla?

Neida Narváez, líder del pueblo, responde: “En estos momentos, por ejemplo, hablamos de un alcantarillado que quedó sin un doliente y que nos ha traído tantas afectaciones, entonces son cosas que vemos que se hicieron, ¿pero qué pasa con eso? Aquí tenemos la biblioteca, la casa de la cultura, bueno, ahí están, pero también quedaron igual, sin dolientes, porque la Alcaldía decía que no podía meter recursos, entonces, fíjese, son cosas que no puede hacer la comunidad”.

Los salaeros reclaman que tienen parque, sí, ¿pero cómo está?, acabado. Tienen una iglesia “muy bonita”, pero igual de deteriorada, así como el cementerio, las calles, el centro de salud... “Vienen, lo pintan, pero vea: si tiene una raja que veo del otro lado de la pared, ¿para qué lo voy a pintar? (...) Primero hay que trabajar en la raja y después a pintar”, agrega Neida.

Aunque nadie niega en el corregimiento la ayuda de fundaciones, Organizaciones No Gubernamentales e, incluso, del Estado que construyó viviendas y una cancha sintética hace años y que luego, cuando se expidió la Ley de Víctimas (en 2011), apareció algo más de ayuda, ahora se sienten abandonados. Es el pueblo que todos olvidan entre marzo y enero, y que sigue sin un médico de planta y con un acueducto que funciona un día por medio.

El miedo latente

En estos veinte años, las amenazas de muerte han ido y venido y en El Salado no es tan fácil desestimarlas, vengan de donde vengan, precisamente por la historia de sangre que se ha escrito en el pueblo: a nadie se le olvida que el 23 de diciembre de 1999 un helicóptero dejó caer panfletos donde les informaban que disfrutaran de esas fiestas, porque serían las últimas.

Veinte años han sido insuficientes para olvidar que después de esos panfletos lo que sobrevino fue una barbarie que rebasa los límites de la imaginación humana. Quién podría olvidar que el hijo de crianza de Dora Torres Rivero, que venía corriendo perseguido por los paramilitares, le gritaba a su mamá que le abriera la puerta de la casa y que apenas ella lo hizo, los paramilitares abrieron fuego... Ella recibió los disparos, moribunda entró a su casa y se acostó, los ‘paras’ entraron para rematarla.

Quién tiene las agallas para no recordar a Desiderio Francisco Lambraño: lo torturaron con cuerdas que le amarraron en el cuello y el tórax, los ‘paracos’ las jalaron desde extremos opuestos hasta llevarlo al límite del estrangulamiento. Moribundo, fue acribillado a bala y luego le clavaron la bayoneta del fusil en el cuello.

Hay otras 59 historias de muertes espantosas que nadie olvida, pero precisamente en nombre de ellas, y con el anhelo de que nadie vuelva a sufrir lo mismo, es que viven las personas que protagonizan las siguientes páginas. Ellas, todas mujeres -coincidencialmente-, hablan de los muertos, pero también de los vivos de El Salado, muy a pesar del miedo que ha cerrado las puertas del pueblo de par en par.

Contexto de la Noticia

Para saber más La reparación

Según la Unidad de Víctimas, hasta febrero de 2020, su Plan Integral de Reparación Colectiva ha avanzado un 40,5 %. Dentro del plan hay contempladas 37 acciones reparadoras, 9 de ellas son de Garantías de No Repetición, 20 de Restitución y 8 de Satisfacción. La inversión total desde el 2014 en el sujeto de reparación colectiva de El Salado es de $480.108.866, la mayor inversión fue en 2016 con $251.508.935.

Anécdota La seño Mayo entra y sale del infierno

Algo de aquella niña de doce años prevalece en medio de las sombras del tiempo. La niña que en el retorno de 750 habitantes a su pueblo decidió ser la maestra de 37 niños y enseñarles lo que había aprendido con los profesores ausentes.

Es María Magdalena Padilla Mena, nacida en El Salado el 30 de septiembre de 1989. La niña es una foto en un libro de recuerdos. Está viéndose ahora como en un retrato que el tiempo ha dejado detenido. Tan frágil que se va en lágrimas con solo verse en esa foto en blanco y negro: una niña del color de la tierra en invierno, brazos largos y delgados y ojos negros, “tan flaquita, ¡oh Dios!”, dice, como si ella misma acabara de descubrirse y se devolviera a las veredas y a los atajos de su larga historia que, año tras año, es la vida antes y después de entrar y salir del infierno. Un pasado que aún late en el presente, y un presente que ella teje entre nudos de lágrimas y esperanzas escamoteadas.

Las manos del padre Julio Padilla abrían surcos en la tierra para sembrar maíz, yuca y tabaco, como tantos vecinos en El Salado. Tenía un pedazo de tierra que bautizó ‘La peñata’, con unas pocas vacas. Y una siembra de patillas, ciruelas, naranjos, guayabas, cerezas. Cuando recogía los frutos, dejaba una ponchera en la puerta de la casa para que quienes pasaran se las llevaran. “¡Que coma de esas frutas todo el que quiera!”, decía. Lo mismo hacía cuando mataba un cerdo, lo compartía.

Julio era un ser pacífico, un hombre alto, carismático, todo el mundo lo conocía. Era el esposo de Mariela Mena, el padre de siete hijos. María Magdalena entre esos siete.

“Un día salió a caballo muy cerca del pueblo a llevar una comida y no supimos más de él, solo apareció el caballo. Lo desaparecieron. Mamá se vistió de luto, pero siguió esperando que apareciera. Hace unos tres años supimos en una audiencia que lo habían matado los paramilitares. En la audiencia el asesino dijo que lo había quemado y arrojado sus cenizas a un arroyo. Dijo muchas mentiras sobre él. Tres de mis hermanos, Galo, Somer y Ana Milena, temblaban de ira al escucharle su declaración”.

La niña maestra

“Cuando ocurrió la masacre, yo era una niña que había estudiado hasta quinto de primaria. La escuela quedó sin maestros. Tuvimos que salir del pueblo amenazado. Nos fuimos para Barranquilla seis meses con mis hermanos y mi mamá, y después nos quedamos en El Carmen de Bolívar.

“Recuerdo que antes de irnos de El Salado, mamá regó un bulto de maíz en el patio para que a las gallinas no les faltara la comida. Se van a morir las pobres, dijo mamá. Durante nuestra ausencia creció el maíz y también la ahuyama. Mamá participó en el grupo de mujeres que lideró el retorno. En el regreso no había por dónde pasar, todo era hierba, la casa estaba perdida entre la maleza y era como si regresáramos a un pueblo perdido.

“Cuando volvimos, le dije a mi mamá que yo quería ser la profesora de la escuela que estaba cerrada. Fuimos de casa en casa a buscar a los niños y a las niñas. Entonces me llevé a mi casa 37 alumnos entre los 4 y 13 años, para enseñarles lo poco que había aprendido. Todo empezó sin muchas reglas. El primer día dictaba matemáticas. El segundo día, paseaba por las calles del pueblo con mis estudiantes. El tercer día les recordaba los juegos tradicionales. El cuarto, los pasaba al tablero. El quinto, recordábamos lo que habíamos hecho en la semana. Algunos de los estudiantes se quedaban dormidos en mi casa. Mamá al principio creyó que era una locura, pero me apoyó. Una psicóloga vio un día cómo dictaba mis clases y contó la noticia. Empezaron a llegar donaciones de chancletas, ropas, cuadernos y meriendas para mis estudiantes.

“Me dieron el premio Mujer Cafam. No comprendía nada de lo que me estaba ocurriendo. Pensaba que habíamos nacido en un pueblo pujante y que no estábamos acostumbrados a que nos regalaran cosas. Que lo esencial era que nos ayudaran a ser lo que éramos antes para salir adelante.

“Raimundo Angulo conoció mi historia y me dio una beca a través del Concurso Nacional de Belleza y estudié Primera Infancia en la Universidad Rafael Núñez. Estuve trabajando un año en la Fundación Semana en la coordinación pedagógica de Derechos y Valores. Desde hace dos años estoy desempleada.

“Mamá murió hace siete meses, víctima de la diabetes, pero no asimiló jamás la ausencia y desaparición de mi padre. Y ninguno de sus hijos se atrevió a contarle los detalles pavorosos de su muerte, narrada por su asesino, aunque ella intuía en qué lugar pudieron haber dejado sus restos.

“El día que murió, le preparé un puré de papa con pescado. La bañé. Le dije que se durmiera. Eran las tres de la tarde. Mamá lloraba. Yo le decía No llores mamá, tú hiciste demasiado, nos diste un gigantesco coraje para seguir. Ya puedes descansar. Le agarré las manos, le di besos. Mamá murió en mis brazos a las 7:58 de la noche”.

Memoria menos salada

El aire es caliente y arrastra una arena dispersa al mediodía en El Salado.

Las coquitas de mico sueltan sus tapitas en el parque cercano a la cancha de la memoria, donde ocurrió el infierno hace veinte años. Y solo consuela mirar el peladero del verano y encontrar que entre los cerros resplandece un guayacán de hojas amarillas.

Algo de aquella niña prevalece en medio de las sombras del tiempo. Ella se sumerge en las aguas del pozo El Corrincho, pasea por las calles de su pueblo en burro, juega en la puerta de su casa al fútbol y al béisbol. Se sube al tanque de El Salado a ver a su pueblo desde las alturas. Ve a sus antiguos y ausentes vecinos intercambiando tubérculos, verduras y sueños. El trueque, algo perdido, y la práctica de la ‘mingada’, en la que alguien daba una parte de lo que tenía para compartirlo. “Éramos felices y compartíamos en unión. Y en la cocina, mamá hacía aquellos patacones dorados, aquel arroz con frijolito, aquella gallina guisada. Y su vecina, Dorita Torres, aún pedalea su Singer cosiendo y remendando los vestidos de todos en el pueblo, aún no la habían matado a tiros en su propia cama de resortes, donde debajo se habían escondido tres de sus familiares”.

La esperanza

“Tras veinte años de la masacre, lo que más queremos es que entre todos podamos ser lo que éramos: un pueblo que salió adelante por sí mismo. Éramos un pueblo unido, ‘echao palante’, sostenible. El Estado ha incumplido con El Salado. Me inclino más por motivar procesos en que las nuevas generaciones despierten y descubran la esencia de lo que éramos. Las indemnizaciones del Estado no son suficientes y muchas veces generan más desuniones entre las familias fragmentadas, porque benefician a unos y a otros no. Lo emocional y mental sigue siendo un drama silencioso y las personas en apariencia no demuestran el inmenso dolor que tienen por dentro”.

Epílogo

Aquellos 37 niños de su escuela ya no están. Crecieron y se fueron del pueblo. La mayoría. Y al regresar en este jueves, a pocos días de conmemorarse los veinte años, a María Magdalena, la seño Mayo, se le arruga el corazón al ver caer las hojas de los guayacanes, ver a un señor en una mecedora, con la mirada perdida en viento lleno de arena, asomarse en las casas deshabitadas yescuchar el ladrido de los perros. Suspira y siente que la vida no se detiene. Que es como si acabara de salir del infierno y se asomara a un horizonte donde todo está por empezar.

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