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¡Nos vemos en la Piloto! Así quedó la biblioteca

  • Vista de la parte de afuera de la Biblioteca Pública Piloto, plazoleta Argos. Foto: Santiago Mesa.
    Vista de la parte de afuera de la Biblioteca Pública Piloto, plazoleta Argos. Foto: Santiago Mesa.
Publicado el 17 de marzo de 2019
Infografía
Biblioteca Pública Piloto de Medellín: así quedó la renovación

El primer libro de la Biblioteca Pública Piloto llegó el 3 de mayo de 1954. Alcanzó a conocer la primera casa, ahí en la avenida La Playa, una campesina, pequeñita, de la que ya no hay rastro y si acaso una que otra foto. También llegó a la sede de Bellas Artes, en la que estuvo entre 1956 y 1974, para luego quedarse a vivir en Carlos E. Restrepo, que en ese tiempo se llamaba Otrabanda, y donde ha estado la Piloto desde entonces, con la misma fachada porque el edificio es bien de interés cultural para Medellín. Se llama Los amigos de totó, de M. Baguer, y está tan viejito –es de 1947, son 71 años–, que lo tienen guardado para que no se gaste más.

Y ahí está, aunque por dentro la biblioteca haya cambiado de estantes y de mesas, renovado los espacios y no se parezca casi a la que había hace tres años, cuando se cerró por remodelación y repotenciación de su estructura, y en la que se invirtieron 14.000 millones de pesos. Se trabajó en los 4.000 metros cuadrados que ya habían y se ganó una terraza de 3.500, aunque a esa le falta todavía un poco para que pueda sentarse allí o vaya a algún evento de ciudad. Se espera que se abra este semestre, dice Shirley Zuluaga, la directora. La están adecuando con el Jardín Botánico para tener especies de plantas y ser parte del circuito de circulación de aves, tener una huerta urbana y ser un espacio de prácticas ambientales, cuenta ella.

Vea más: En fotos | Así es la nueva cara de la Biblioteca Pública Piloto

Hay más sitios ahora, algunos para sentarse a leer el periódico con una taza de café, otros para que algún escritor que necesite una mesa se dedique a ese poema, o aquel que quiera recorrer una exposición pueda quedarse mirando esa obra de algún joven artista. Están los libros, por supuesto, incluso al final está la sala Pedrito Botero, que tiene el cuadro del maestro dedicado a su hijo y todos los estantes al tamaño de los niños, si bien a los grandes les dé envidia y quisieran quedarse sentados en ese tapete. Aunque bueno, es para que los padres estén con ellos, como ese lector que llega con su sobrino cada tanto, y el niño, que tiene unos tres, ya le dijo a su hermanito, que casi tiene dos, que se porte bien, que sino no lo llevan a la biblioteca.

Lea más: Ir a la biblioteca

Son 4.080 materiales en esa sala infantil, pero faltan otros 4.000 que están en las otras filiales, a donde se llevaron los libros, de grandes y pequeños, mientras el cierre. También por primera vez hay una sala juvenil.

Así quedó la Sala Pedrito Botero
Así quedó la Sala Pedrito Botero

Si en el primer piso está la biblioteca y lo espacios de talleres y hay un poco más de ruido, el segundo es más silencioso, con los puestos de estudio y lectura. Y ahí pronto estará uno de los lugares nuevos, la Cámara de maravillas. Es para difundir los contenidos patrimoniales, que tantos tiene la biblioteca y que son tan importantes: el Archivo Fotográfico fue declarado en 2012, por el Comité Regional para América Latina y el Caribe, Mowlac, y el Programa Memoria del Mundo de la Unesco, como Registro Regional de Memoria del Mundo.

En esa cámara se podrán ver cartas, manuscritos, fotografías, esos materiales que muchas veces están guardados o que solo entienden los investigadores. Será un museo interactivo, que se abrirá igual en los próximos meses.

A la Piloto no se le cambió la fachada ni tampoco las columnas, que no se podían mover por eso de ser patrimonio. Por dentro, sin embargo, es otra que empieza en la plazoleta Argos, en la que se ve cine o se puede hacer un concierto, sigue con la obra del maestro Pablo Jaramillo, que ha estado desde 1981, solo que ahora se ve más porque tiene más luz, para quedarse luego en el Ágora, en compañía del mural Homenaje a la inteligencia antioqueña de Pedron Nel, a escuchar un conversatorio, una lectura o un recital. A la izquierda está la librería Fernando del Paso y al fondo la biblioteca, con sus dos pisos y lo demás. Más allá, que ese sí es un conocido de hace unos 14 años que no tuvo intervenciones, el edificio Torre de la Memoria, con su auditorio y la sala Antioquia.

Primer piso, en el que está la colección.
Primer piso, en el que está la colección.

Shirley dice que querían una Piloto que comprendiera esa que se había construido por décadas y por eso pensaron en el usuario tradicional, el investigador, el jugador de ajedrez, el lector de periódico, y también una nueva, para otros ciudadanos que buscan propuestas distintas . Que todos, eso sí, vayan a encontrarse en esos espacios de aprendizaje, que fueron pensados desde la experimentación, las conversaciones. Porque en la Piloto entienden, sigue ella, que la biblioteca es un centro de encuentro y desarrollo cultural, inmersa en la vida académica y social de la ciudad.

Tantos años han pasado desde ese 10 de noviembre de 1952, cuando en París se acordó que se iba a crear la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. O desde ese 24 de octubre de 1954, cuando se inauguró en esa casita entre la calle 52 y la carrera 42. O desde ese 25 de octubre de 1954 cuando llegó el primer lector registrado en las bases de datos, Lucio Calle. Solo que ahora, aunque por fuera luzca igual (o casi, porque la plataforma Argos no estaba), hay que ir a encontrarla de nuevo, e incluso escudriñar en los recovecos de la memoria, para ir recordando qué había aquí o qué había allá, que la búsqueda era en tarjetas y ahora en computador, y saber que La Piloto sigue ahí, más moderna.

No le bastará un solo café ni un solo libro. Mejor y se pierde en los 207.623 o en los 7.500 metros cuadrados que suman al final. Porque la Piloto es para ir a leer ese libro o ver esa película o hacer una reunión. Para hacer nuevos recuerdos, como cuando hay una nueva casa a la que se está regresando

Contexto de la Noticia

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta escribir. A veces intenta con la ficción, y hasta con los poemas, y entonces se llama Camila Avril. Le gusta la literatura, el arte y contar historias. Es periodista de Cultura y editora de Tendencias. Un día estudió Hermenéutica Literaria.

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