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Hilda: la foto que faltaba de David

Relato de una cárcel que se volvió biblioteca y de una historia de amor narrada a través de poemas en una Medellín enclavada en las montañas orientales de una urbe en crecimiento.

  • FOTOS El Colombiano
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  • FOTO Juan Antonio Sánchez
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Por Sara Zuluaga García | Publicado el 26 de mayo de 2022

A Hilda la conocí hace cinco años. Yo hacía la práctica de la universidad y debía escribir sobre lo que hoy es el Parque Biblioteca León de Greiff, pero que hace muchos años fue la Cárcel Celular de Varones La Ladera. Era más o menos sencillo encontrar una historia ahí, hacerle perfiles a lugares era en lo que me estaba entrenando en ese entonces y, esa cárcel por la que pasó Gonzalo Arango, y de la que dijo tantas y tan precisas cosas. parecía un cofre del tesoro.

Lo primero que me contaron fue que como centro penitenciario funcionó allí hasta 1976 porque no daba abasto. De hecho, el lugar tenía capacidad para 2.500 reclusos y ya pasaban de 7.000 en el 65. Pero había mucho misterio en lo que me contaban o lo que leía, como si en ese lugar se mezclara la gracia del mal y la postura sensiblera de quien quiere que le arda algo en el pecho. Entre tanto, escuché sobre Toñilas, un recluso conocido por su inclinación literaria. Sobre él, Fernando Mora escribió en lo que tituló Retrato de dama con bandido: “Toñilas cobró fama no sólo como asaltante de bancos sino como lector impenitente, piloto de carreras y encantador de mujeres. A su saga contribuye una fina estampa de dandy tropical: ojos claros, porte distinguido, pantalones de lino y guayabera; todo eso engrandecido con un estilo del que se preciaba: cero derramamiento de sangre en sus actos. Se aprendió el Código Penal de memoria solo para defenderse en las audiencias. Había escapado dos veces de la cárcel: una vez por la lavandería, oculto entre la ropa sucia; otra, disfrazado de mujer”.

* * * *

Pero queriendo echar raíces en alguno de los temas que atravesaban esa cárcel, fue que llegué a Hilda, la señora de la que me hablaron la primera vez que visité esa calle larga y empinada para ir al Parque Biblioteca. La esperé desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, que empezaba un taller al que asistía, una especie de club de contadores de historias de la tercera edad. De ella solo me habían dicho que sabía mucho de la historia de la cárcel, que había vivido siempre por la zona y que seguro me ayudaría. No me dijeron que era rubia, blanquísima y elegante, con un gesto parco al que pocas veces renunciaba. Tampoco me dijeron que había sido una gran lectora de poesía, que iba a recitales, que andaba muy sola hace tiempo pero que, de vez en cuando, se ponía a recitar cosas que había leído hace quién sabe cuánto y se sabía de memoria.

La vi llegar y le pregunté si podía entrevistarla al salir de clase, dijo que sí y me pareció mejor entrar con ella. Éramos nueve personas, todas me triplicaban la edad. Vimos casi cinco cortometrajes mientras comíamos galletas con avena. Al finalizar, el profesor habló de la capacidad que deben tener los contadores de historias para salirse de los mismos formatos y explorar, por ejemplo, el video, la fotografía, no solo encallar en la narración oral, de la que, adiviné, todos ahí sabían mucho. En medio de su discurso habló de una tendencia de hace tiempo que consistía en tomarle fotografías a los muertos, incluso muchas veces dentro de su ataúd.

Según varios registros, fue en 1839 que la práctica se popularizó, primero en París, y luego en varias ciudades vecinas. Sucedió, dicen algunos historiadores, porque el promedio de vida para entonces era de cuarenta años y por donde se volteara a ver había enfermos de tifus y cólera. De hecho, se hicieron muy famosas las fotos de niñas y niños de menos de cinco años. Titilante Ediciones publicó Post mortem, un libro que compila imágenes, daguerrotipos y ferrotipos, de la colección de Carlos Areces, el actor y humorista español.

* * * *

Salimos del taller. Hablamos superficialmente de La Ladera, ella dijo que tampoco sabía mucho, que mejor buscara a otra gente. Pero no quería que me fuera, parecía, más bien, con ganas de hablar de otras cosas: “No haber sabido eso de las fotos antes. Es que las fotos con la gente viva son muy engañosas, yo quiero una foto de David en la que esté muerto para entender bien, es que no entiendo”. Parecía una confesión -y un amor- y sentí el deber inmediato de decirle que mi papá se llama así, y que si él muriera ni siquiera tendría cómo enterarme porque no sé nada de él, porque nunca he sabido nada de él. Me miró y sonrió como si le hubiese pagado una deuda.

Al otro día fui a su casa. De todo lo que me contó solo publiqué -para el trabajo que tenía que entregar-, esto: “La cárcel se trasladó al Centro Penitenciario de Bellavista y la mudanza fue un acontecimiento para el barrio, una especie de desfile: Alrededor de 1.500 hombres de la Policía, el Ejército, el DAS, Seguridad y Control, y otros cuerpos ayudaron con el trasteo. Entre las seis de la tarde del 30 de enero y las seis de la mañana del primero de febrero, los reclusos fueron transportados en lo que apareciera, desde buses hasta camiones de basura -que ellos mismos tuvieron que lavar antes de embarcarse-. En las celdas quedaron revistas, periódicos, retratos y cartas que nunca nadie leyó“.

Ella prefería no hablar de la cárcel, me desviaba las preguntas y me llevaba a hablar de mi carrera o de qué poemas me gustaban. Entonces las otras veces que nos vimos yo llevaba libros o tomaba capturas de Internet para leer juntas. Le mostré varias cosas, le gustó mucho el poema de Roberto Juarroz que dice que si conociéramos el punto donde una mirada dejará de encontrarse con otra mirada, donde el corazón saltará hacia otro sitio, podríamos poner otro punto sobre ese punto o por lo menos acompañarlo al romperse. Y que dice también, al final, que si conociéramos el punto donde el pasado nunca será pasado, podríamos dejar sólo ese punto y borrar todos los otros o guardarlo por lo menos en un lugar más seguro.

Yo terminaba de leer y ella decía: “Eso me pasa”, “Ah, ese fue hecho para mí“. Hilda tenía razón no solo en eso, sino también en que no era una gran conocedora de la historia de La Ladera, pero me gustaba que se emocionara tanto con los poemas y cada que pasaba por ahí para entrevistar a otras personas, iba a verla. Luego de tres visitas me contó -como si me estuviera revelando un secreto perverso-, que entre los hombres que desfilaron desde La Ladera hasta Bellavista en camiones de basura, los presos que trasladaron, iba David, su David. No dije nada y busqué este poema de Idea Vilariño:

Ni con delicadeza

ni con cuidado.

Acaso

tiene delicadeza

vivir

romperse el alma

Ese lo leímos varias veces, me lo hizo repetir porque quería entender muy bien cada palabra. Pero su favorito fue Estoy aquí:

Estoy aquí

en el mundo

en un lugar del mundo

esperando

esperando.

Ven

o no vengas

yo

me estoy aquí

esperando

Hilda vivía sola y su único plan semanal era ir al grupo de contadores de historias de la tercera edad. Nunca me dijo su apellido, solo se rió cuando le pregunté. Tenía pocas plantas porque decía que no quería que nada dependiera de ella. Tampoco tenía portaretratos y preferí no preguntarle por hijos y esas cosas. Volvía, cada tanto, a contar cómo fue que David, perdido entre miles de hombres, fue a dar a otra cárcel tan lejos de ella.

Nunca supe si él murió o solo nunca regresó. Y como tuve que ir un par de veces más, hablé con otra gente del barrio. Me dijeron que nunca hubo ningún David, que ella se lo inventó y que esa misma historia se la contaba a la gente, siempre con datos y estado de ánimo diferentes. Dejé de visitarla porque tenía otras diez crónicas para entregar, pero le enseñé a buscar poemas en los computadores del Parque Biblioteca León de Greiff.

* * * *

Volví a vi-vir en Medellín en 2019 y la recordé a veces, pero siempre se atravesaron cosas. Un mes antes de que empezara la Pandemia que dejó casi todo paralizado, fui a la Ladera y pregunté por ella. Hilda había muerto ya. Leyó poemas que encendieron su dolor inventado -no sabemos-, y nadie le tomó una foto dentro de su ataúd


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