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Ellas han logrado que su voz se escuche en la tribuna

  • Maria Clara Fonseca; Matea Escudero; Sara Cadavid; Adriana Monsalve. Fotos: Carlos Velázquez; Andrés Camilo Suárez; cortesía.
    Maria Clara Fonseca; Matea Escudero; Sara Cadavid; Adriana Monsalve. Fotos: Carlos Velázquez; Andrés Camilo Suárez; cortesía.
  • Maria Clara Fonseca. Foto: Andrés Camilo Suárez
    Maria Clara Fonseca. Foto: Andrés Camilo Suárez
  • Hincha historica del equipo antioqueño Atletico Nacional. Foto: Carlos Alberto Velásquez
    Hincha historica del equipo antioqueño Atletico Nacional. Foto: Carlos Alberto Velásquez
  • Sara, la primera líder de un parche en RXN. Foto: Cortesía.
    Sara, la primera líder de un parche en RXN. Foto: Cortesía.
  • Adriana, barrista con 20 años en LDS. Foto: Carlos Alberto Velásquez
    Adriana, barrista con 20 años en LDS. Foto: Carlos Alberto Velásquez
<p>Que se escuchen las</p><p>voces de ellas en la tribuna</p>
Publicado el 11 de enero de 2021

Las mujeres han ganado terreno como barristas, aunque todavía falta camino. Historias de lo logrado hasta ahora en la ciudad.

El aguante por ser y ocupar un espacio. La imperiosa necesidad de darle un nombre a la sombra que cubre las populares del Atanasio. Existir allí donde se ha elegido resumir la pasión por el fútbol sin rastros de propiedad: no es la novia, la amiga, la hermana, la prima de...

Es solo ella.

Son ellas cargando “trapos”, tocando bombos, saltando y gritando en las laterales, en la tribuna superior, en la inferior. En el centro mismo, en el corazón del barrismo de Independiente Medellín y Atlético Nacional.

En Norte y Sur avanzan en una operación de rebautizo: nombrarse para nombrar. Llamarse barristas liberando al título de su mentira repetida: que es cosa de hombres, que la capacidad de sentir, la más básica noción de estar vivo, es un privilegio masculino.

“Privadas de la pasión por el fútbol, a las mujeres les restaría tomar distancia y analizarlo”, recogen Eliana Yulieth Ramírez Cardona y Jaime Alberto Restrepo Soto, psicóloga y doctor en ciencias sociales respectivamente, en el artículo “El rol de la mujer: una perspectiva sociocultural en el fenómeno del fútbol”.

Y aunque puedan participar y hasta disfrutar de él, agregan, “difícilmente serían percibidas y se percibirían ellas mismas como alcanzando los estados emocionales que revisten las prácticas de los varones. Los hinchas aceptan la presencia de la mujer, pero consideran que ellas nunca podrán sentir ´como los hombres´”.

“No queremos ni buscamos sentir como los hombres”, dice Maria Clara Fonseca, hincha del DIM. “El barrismo no tiene género. Buscamos aportar y hacer aguante desde lo que somos. Mujeres barristas”.

Infográfico

Los símbolos hablan

Hay un lenguaje visual y rítmico en el ritual de un estadio. Los colores, las arengas, las banderas desplegadas, la ubicación en un sitio de la tribuna. Un orden de formas y de fondo que gestan una identidad alrededor del amor a un equipo. Negar la participación de ese ritual condena a la exclusión.

“En el segundo piso de la tribuna, donde generalmente se ubica la instrumental de las barras populares, no se le permitía a las mujeres estar. Sobre todo por una cuestión visual. Nuestro barrismo es una fiel copia de lo que es el barrismo en el sur del continente: tenés que ver un montón de hombres gordos y sin camisa”, explica Juan Esteban Mosquera, líder de Pueblo Verdolaga. No podían estar allí, sostener banderas, participar de la logística que implica alentar a un equipo. Eran un adorno.

“¿Cómo así que una mujer no puede desplegar un trapo o coger un extintor para participar de una salida? El proceso partió de esas preguntas y se extendió a todos los símbolos del barrismo”, explica Mosquera. Había una necesidad de habitar el estadio de otra forma, que los códigos de la tribuna dejaran de ser solo propiedad de los hombres.

“Eso inicia desde nosotras. Tenemos que autorecenocerse como barristas y no como acompañantes: la mujer, la hermana, la prima de”, dice Fonseca. “Si uno se nombra, obliga al otro a nombrarlo a uno. Y ahí comienzan los cambios”.

Abriendo espacios

Tanto en “Rexixtencia Norte” como en “Los Del Sur” se llevan a cabo procesos para visibilizar la participación que la mujer ha tenido en la historia de sus barras. También para combatir y eliminar los rastros de machismo que aún las siguen afectando.

“Una barra popular es solo un reflejo de la sociedad. De todos sus conflictos”, resume Adriana Monsalve, integrante de “Los Del Sur” hace 20 años. “A nadie le enseñan a ser un barrista. Esto es un proceso donde todos hemos aprendido, ellos y nosotras, asimilando que el fútbol no puede ser un asunto de género”.

Son cambios, reconocen, que no solo requieren la apertura de espacios y la modificación de conductas que han afectado a las mujeres históricamente. Implican también la necesidad de una reconciliación. De un pedido de perdón y de una disposición a perdonar. A escuchar sobre heridas pasadas y a comprender por qué el amor y la disposición a alentar a un equipo encontró tal resistencia.

“Es un llamado a todas las mujeres hinchas. A no tener miedo a reconocerse, si así lo desean, como barristas de sus equipos”, finaliza Fonseca. Llegaron al estadio en una jugada del azar. Encontraron la pasión en sus equipos como solo se puede hallar en el fútbol: de un flechazo imprevisto, tal vez heredado, y definitivo. Sus vidas han avanzado a la sombra de una cancha. Estas son sus historias, soplos de su conquista de la tribuna .

Nombrarse y ser: un camino hacia la tribuna

Maria Clara Fonseca. Foto: Andrés Camilo Suárez
Maria Clara Fonseca. Foto: Andrés Camilo Suárez

Solía decirse entonces que los suyos desvariaban en la cancha y en la tribuna sin la venia del dios fútbol.

Así le pareció, ante un Sur de banderas e hinchas confundidos en un salto eterno; y un Norte despojado de color. “¿No nos alcanza siquiera para una banderita?”, recuerda que se preguntó, en la inocencia que antecede un salto al vacío.

Era 27 de junio de 2004.

María Clara Fonseca iba al estadio por primera vez, de la mano de su hermano mayor. “Vimos la ida de la final que jugaba el DIM contra el Nacional. Él me dijo que si el rojo ganaba, me llevaba al estadio. Primero fui la hermanita de, luego la novia de... Y cuando ya no fui de nadie, fui María Clara”.

Nombrarse así fue una avanzada asentada, también, en el pánico propio de quien decide asumir un papel que no está destinado para sí. “Poco después mi hermano se fue para Bogotá. Y sin él, comencé a pensar si debía seguir yendo al estadio sola”.

Recorrió todas las tribunas, buscando, tal vez, un lugar que le perteneciera. “En el momento en el que vos te nombras, obligas a los demás a nombrarte. Yo un día decidí que yo era barrista. ¿Por qué no? ¿Qué hacían ellos que no hiciera yo?”.

Las resistencias llegaron en muchas formas. “La típica pregunta de qué sabemos las mujeres de fútbol para estar ahí, como si al fútbol alguien lo hubiera comprado”. Los espacios de una tribuna vedada se fueron abriendo a marchas forzadas.

Recuerda la primera vez que una mujer tocó en “La Murga”, la banda instrumental de “Rexixtenxia Norte”. Esa, la parte central y cuidada de Norte; la foto llamada a imponer respeto, con hombres descamisados y en actitud de guerra. “Símbolos de un barrismo muy argentino que estamos abandonando”. Hace dos años lidera “Rexixtencia Social”, el área encargada de los proyectos sociales de la barra. “Hay camino por recorrer, pero aquí vamos, haciendo el aguante”.

La madre del barrismo en Medellín

Hincha historica del equipo antioqueño Atletico Nacional. Foto: Carlos Alberto Velásquez
Hincha historica del equipo antioqueño Atletico Nacional. Foto: Carlos Alberto Velásquez

Corrió a recoger el balón a tierra de nadie, esa que le habían advertido podía tragarla. “Voy a devolvérselos a los muchachos”, recuerda Matea Escudero que se excusó con un hombre.

Era una niña y el fútbol se jugaba a un costado de las carreras de caballo en el Hipódromo San Fernando. “El señor me llevó a sentarme a unas escaleras de hierro”, ¿y cómo se llaman ellos?, aprovechó para preguntar.

Atlético Municipal jugaba entonces de uniforme fucsia y blanco, intercalando el orden en camiseta y pantaloneta. No tardó en reconocerlos, nombre por nombre, estilo de juego o gusto, en las tantas escapadas a verlos que protagonizó. Acompañada de primos o hermanos, llegó a las taquillas del San Fernando, y después del Atanasio, a donde entonces la dejaban entrar siempre sin pagar un peso.

“Mi mamá estaba muy contenta cuando me casé, que porque dizque ya no iba a poder ir al estadio. Y era tan de malas el pobre hombre que yo me le iba a las malas”.

Matea ha estado allí desde antes incluso de que el barrismo se llamara tal en Medellín y los hombres quisieran adueñarse de él. “Estuve en las barras Sinfonía Verde, Estadio Verde, en los Juanchos”, rememora sin atisbo de duda. “Si no me gustaba algo, salía y armaba otra”.

Así se la pasó, dando vida a los cimientos de la hinchada del hoy Atlético Nacional. Llegó a Norte y allí se ha mantenido con su barra, “José René Higuita”, los últimos 32 años, casi 10 años más que los recorridos por “Los Del Sur”.

“Yo fui a mucha mujer que convencí de ir al estadio. Le tocaba a uno conversar con los maridos, decirles que este deporte es muy sano”, dice. Hoy, reconoce, los tiempos han cambiado. “Tienen que ir, tomarse confianza en la tribuna. Y quién sabe, en cualquier momento pueden ser líderes”.

Solo una cosa sigue lamentando: que la revolución del fútbol femenino no la hubiera abarcado, “yo hubiera sido una gran jugadora”.

Una líder poderosa y revolucionaria

Sara, la primera líder de un parche en RXN. Foto: Cortesía.
Sara, la primera líder de un parche en RXN. Foto: Cortesía.

Perfeccionó el arte de protagonizar contravenciones. Sentarse donde no debía; hablar cuando no podía; ser lo que no estaba llamada a ser.

Y así, en un camino de pequeñas revoluciones, Sara Vanesa Parra Cadavid se convirtió en la primera mujer que ha liderado y representado un “parche”, una de las pequeñas subdivisiones de “Rexixtencia Norte”.

A “Santa Cruz” la comandó por cerca de 4 años, hablando por sus integrantes, entre 20 y 30 personas (y de ellos, solo dos mujeres) en cuanta reunión general había. Allí, en un mar de hombres ávidos de hablar, de gritar, de mostrarse los más rudos y varoniles, fue la única mujer.

“En una ocasión yo dije algo y uno de ellos, uno que apenas llegaba de líder, me mandó a callar. Que ahí estaban tomando decisiones y no chismoseando”, recuerda desde Atlanta, en donde estudia hace dos años.

No fue necesaria su respuesta, ante el grito de indignación de otros que mejor la conocían, que la habían visto viajar a cuanta cancha jugaba el DIM, sentarse adelante, al lado de un conductor extrañado de verla ahí; o bajarse a hablar con los policías cuando detenían el bus en plena autopista.

Llegar allí no fue fácil. “Si ser líder de un parche es difícil para cualquiera, para una mujer es el doble. A nosotras nos están probando todos los días”. Están obligadas a demostrar que pueden estar ahí, ocupando una posición que naturalmente podría ser de un hombre. Se les señala, aún, de ser eventuales provocadoras de problemas internos.

“Llegué a escuchar que tener mujeres en la barra era tentar peleas de hombres. Nosotras responsables de que ellos no sean capaz de controlar sus acciones”. El camino le ha dejado muchas alegrías, como cuando en Argentina no creían que ella pudiera ser una líder. “Hay una cantidad de códigos y símbolos del barrismo que eran y aún son muy machistas, pero vamos avanzando. Hombres, pierdan el miedo a nuestro liderazgo”.

Un proceso de reconciliación

Adriana, barrista con 20 años en LDS. Foto: Carlos Alberto Velásquez
Adriana, barrista con 20 años en LDS. Foto: Carlos Alberto Velásquez

Allí estaban, frente a cientos de mujeres. La convocatoria había excedido cualquier escenario positivo: casi un millar se había reunido en la sede esperando respuestas. Muchas, recuerda Adriana Monsalve, con un taco en la garganta, cargadas con dolores pasados y mucho que decir. Tras un pequeño momento de desahogo, dos líderes hombres de Los Del Sur pidieron perdón.

“Dicen, ‘la embarramos. Esto no debió ser así nunca con ustedes. Queremos pedir perdón y asegurarles que nunca va a volver a pasar’. Yo lloré”, recuerda de ese día, ya hace dos años.

Las palabras quisieron abarcar años de constantes puñaladas a la hinchada de mujeres del verde. Tenían vetadas zonas de la tribuna, en ese ánimo de fingir “fortaleza”. “Yo, como otras, me sentaba ahí. Recuerdo que partido a partido veía que faltaba una. Y otra. Y otra. Me iba quedando sola. Cuando me tocó, cuando me bajaron...me dolió mucho. Lloré, resistí lo que pude”. La bajaron de buses, le negaron voz y voto. “A partir de que ellos piden perdón, todo comienza a cambiar para bien”.

Se inició un proceso acompañado por la Secretaría de la Mujer que buscaba visibilizar el papel de la mujer en los combos. “Que se dieran cuenta de que hace rato estábamos aportando a la barra en una cantidad de escenarios que ellos no tenían en cuenta”.

El proceso fue cosechando triunfos. “En un partido se definió que nosotras íbamos a hacer la logística, un papel muy simbólico que antes solo podían ocupar los hombres”, recuerda, como parte de la estrategia. ”La barra misma se da cuenta de que pese a todo lo que se le hizo a las mujeres, nosotras continuamos. Y ahí es donde dicen que algo tiene que cambiar”.

No todo se ha superado. Hay combos que siguen evitando la participación de las mujeres, pero hay espacios que ya ganaron y no van a abandonar. Como el lugar que ocupaba Adriana en la tribuna, al que volvió tiempo después a alentar a Nacional.

Juan Diego Quiceno Mesa

Periodista de la Universidad de Antioquia con estudios en escritura de guión de ficción y no ficción.


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