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De la esperanza a la desazón

Esta es la historia de Fran Daniel Holguín, quien fue a Brasil a fortalecer su práctica y allí halló toda clase de dificultades. La económica, la la principal. Debió retornar.

  • Daniel Holguín se forjó como hombre y deportista. FOTO Jaime Pérez
    Daniel Holguín se forjó como hombre y deportista. FOTO Jaime Pérez
31 de enero de 2016
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De hombro a hombro, como si se tratase de un gran collar, imborrable y visible, Daniel Holguín tiene tatuada la palabra wrestler -luchador, en inglés- y en sus antebrazos los nombres de su hijo Matías, de 7 años de edad, y de su madre Guillermina, una mujer que levantó, como podía, el humilde hogar donde aquél se forjó como hombre y deportista.

Un par de tréboles que representan la fortuna de tener en vida a madre e hijo; un reloj que marca la hora en que nació (10:45); una rosa, una amapola, un jardín y un pergamino en el que se lee: “gracias mamá por todo tu tiempo”.

La vida de Fran Daniel Holguín Serna no ha sido fácil. Es quizás el fiel reflejo del colombiano común y corriente que con muchos esfuerzos y casi en solitario, solo con el respaldo de familia y amigos, ha luchado por crecer en todo, sin dar el brazo a torcer.

En diciembre pasado emprendió el viaje de su vida, rumbo a Brasil, país que se antojaba fantástico, soñado e ideal para fortalecer la práctica de la disciplina por la que optó hace tres años: las artes marciales mixtas.

Selección Antioquia de lucha desde que tenía diez años de edad, y campeón nacional en todas las categorías, menos en la de mayores -“porque cuando no se me atravesaba Wilson Medina era Édison Hurtado, dos fuera de serie en Colombia” y ante quienes siempre perdía-, y también campeón suramericano y panamericano con la Selección Colombia, Daniel siempre ha pensado en su progenitora.

En Brasil quería empezar una nueva vida buscando la perfección en las mixtas para, algún día, poder decirle a ella que “se ha matado toda la vida por mí”, que no trabaje más y descanse, pues su pensamiento va dirigido a devolverle todo los esfuerzos que ha hecho por sacarlos, a él y a Matías, adelante.

Un viaje con retorno

Cargando una pesada maleta, en la que solo llevaba prendas de entrenar -mudas dobles-, pantalonetas, tenis, camisetas y cuanta clase de implementos de combate pudo llevar -guantes, cabezotes, protectores inguinales, vendas-, este antioqueño de 1.72 metros de estatura y 75 kilos de peso desembarcó en Río de Janeiro con toda la ilusión al rojo vivo. Solo llevaba una dirección y las indicaciones de cómo llegar a ella, sede de la Academia Nova União, donde supuestamente le esperaban varios campeones y figuras de UFC -Ultimate Fighting Championship-, como José Aldo, Renan Breao, B.J. Penn, Junior dos Santos, entre otros.

No sabía para dónde iba. Solo y cargando esa maleta que pesaba más de 30 kilos, Daniel cogió un carro que lo llevó a la estación Flamingo, le tocó caminar buen trayecto y preguntar, sin saber ni portugués ni inglés, dónde quedaba el lugar de referencia y dónde un lugar para alojarse.

Las favelas de Río lo recibieron. Le impresionaron los cordones de pobreza que le rodearon -vivió en Morro Azul, ahí cerquita de ellas- y hasta pensó: ¿a dónde había ido a caer?

... Una ciudad carísima, con decir que una gaseosa cuesta 4 reales (cerca de 4 mil pesos colombianos), un hotel de dos estrellas 150 reales la noche y ni qué decir de la comida. En la academia tuvo que, literalmente, luchar para hacerse a un lugar. Al principio le impidieron entrenar con los profesionales, aduciendo que era peligroso y que con ellos no todo mundo practicaba. Y con los del equipo de menos nivel de la academia tampoco, porque no todos hacían todas las modalidades de las artes marciales.

“Nadie me conocía ni tenían referencias mías. Fue muy duro, pero nunca bajé la guardia. Cuando me dieron la oportunidad les demostré que podía estar con ellos”. Saber de lucha olímpica, jiu jitsu, muay tai y box le permitió hacerse a un espacio y pudo entrenar días después de su llegada.

“Eran muy reservados; luego me aceptaron”, cuenta. Debió pagar entrenador (Michelle Tabares, una campeona mundial de jiu jitsu que también le ofreció lugar en su pequeño apartamento por 500 reales al mes y que le permitió hacer comida, utilizar el baño, lavar ropa y dormir en el piso tirado en dos colchonetas. Él había salido de Medellín con 700 reales y una tarjeta de crédito que le brindaron en la academia Fighting Sindycate Colombia.

Sus días fueron de pura rutina de entrenamientos: tres veces, a mañana, tarde y noche y el reposo. Se había convertido en una máquina de entrenar tal como los brasileños y estaba contento. “Esa era la idea y la estaba cumpliendo al lado de grandes de las mixtas, campeones mundiales que me enseñaron mucho, me había montado en mi película; era muy duro pero era el sacrificio y así lo pagué; hasta me pidieron asesoría en lucha olímpica y me había ganado el respeto”.

Solo que, en un abrir y cerrar de ojos, todo se vino al piso, como un castillo de naipes... Se enfermó de una fuerte gripe, las medicinas eran muy caras, rebajó siete kilos y lo peor, se le acabó la plata. Y así, con la pesada maleta, cargando esta vez el mismo equipo de trabajo y ropaje, más buenos recuerdos y algo de experiencia, regresó a Medellín. En su casa del corregimiento de San Cristóbal lo recibieron Guillermina y Matías como lo que es para ellos: un héroe.

3-2
es el récord oficial de peleas que tiene Daniel Holguín -30 años- en artes marciales. Tres victorias en cinco duelos.

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