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¿Qué pasa si no sale a votar? No deje que elijan por usted

En Colombia, el abstencionismo sigue siendo alto (alrededor de 45%) y al tiempo hay muchos indecisos que apelarían al “voto útil”. ¿Qué implican ambas posturas para el futuro del país?

  • El voto útil ocurre cuando un ciudadano deja de votar por el candidato que realmente prefiere y termina apoyando al que considera más viable para ganar o para impedir la victoria de otro aspirante que rechaza. FOTO eL Colombiano y Colprensa
    El voto útil ocurre cuando un ciudadano deja de votar por el candidato que realmente prefiere y termina apoyando al que considera más viable para ganar o para impedir la victoria de otro aspirante que rechaza. FOTO eL Colombiano y Colprensa
Nicolás Rivera Guevara

Editor de Actualidad

hace 12 minutos
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En Colombia, la mitad de la gente que puede votar se queda en casa el día de las elecciones. La democracia colombiana lleva décadas conviviendo con un fenómeno que parece haberse vuelto parte del paisaje político: millones de ciudadanos habilitados para votar simplemente no votan.

A veces por apatía o desconfianza con la clase política. Y otras, porque terminaron convencidos de que nada cambia realmente sin importar quién gane. Las cifras muestran hasta qué punto el abstencionismo es estructural.

Según la Registraduría, en las elecciones legislativas de marzo de este año, donde también se votaron tres consultas presidenciales, el abstencionismo se ubicó en el 49.38 %, una leve mejoría en comparación con 2022, cuando no votó el 51,25 %; más de la mitad del país habilitado para elegir Senado y Cámara decidió no participar.

En las presidenciales de ese mismo año, la participación aumentó considerablemente, impulsada por la polarización y por una campaña marcada por el desgaste del gobierno de Iván Duque, el estallido social de 2021 y la sensación de que el país enfrentaba una elección histórica.

Pero incluso así, el abstencionismo siguió siendo enorme. En la primera vuelta presidencial de 2022, la abstención fue del 45,09 %. En la segunda vuelta bajó a 41,83 %, el nivel más bajo desde 1998. De todos modos, más de 16 millones de colombianos no acudieron a las urnas.

Estos datos explican una paradoja de las democracias modernas: los presidentes llegan al poder con votaciones históricas, pero respaldados por una porción limitada del total del censo electoral. Por ejemplo, Gustavo Petro obtuvo en segunda vuelta 11,2 millones de votos, la cifra más alta registrada hasta ahora. Pero el censo electoral superaba los 39 millones de personas.

Es decir, incluso la elección más votada de la historia reciente terminó dependiendo de una movilización parcial del país. Por eso en EL COLOMBIANO hemos hecho una campaña para que salga a votar, independientemente de cuál sea su candidato.

Esa es la principal herramienta para proteger la democracia. ¿Qué pasa cuando usted no sale a votar? En términos legales, nada. Colombia no tiene voto obligatorio y nadie recibe multas ni sanciones por abstenerse. Pero políticamente sí ocurre algo profundo: el peso de quienes sí votaron aumenta automáticamente.

Las elecciones no se deciden sobre el total de ciudadanos habilitados, sino sobre quienes efectivamente depositan un voto válido. Eso significa que cuando millones se abstienen, pequeños grupos altamente organizados adquieren una capacidad de influencia muchísimo mayor.

En la práctica, la abstención fortalece a quienes tienen capacidad de movilización: maquinarias regionales, partidos disciplinados, estructuras clientelistas o electorados ideológicamente cohesionados.

Por eso muchos expertos electorales suelen insistir en una idea que retrata a los abstencionistas: no votar también es una decisión política. Es dejar que otros decidan.

La Registraduría y expertos han advertido que Colombia mantiene históricamente uno de los niveles de abstención más altos de América Latina. Investigaciones de la Universidad de los Andes y de la Misión de Observación Electoral (MOE) han señalado factores recurrentes: desconfianza institucional, corrupción, débil identificación partidista, violencia política y baja credibilidad en el Estado.

La abstención tampoco se distribuye de manera homogénea. Hay diferencias profundas entre regiones urbanas y rurales, entre estratos y entre generaciones.

Los jóvenes, por ejemplo, suelen participar menos que los adultos mayores. Datos del Barómetro de las Américas del LAPOP han mostrado durante años que Colombia registra bajos niveles de confianza en los partidos políticos y en el Congreso, especialmente entre población joven.

Además, en varias regiones históricamente golpeadas por el conflicto armado, votar ha sido una actividad atravesada por riesgos, presiones y amenazas. Aunque Colombia redujo sustancialmente la violencia electoral frente a décadas anteriores, la MOE ha seguido alertando sobre riesgos asociados a grupos armados ilegales y economías criminales en distintos municipios. Y en estas elecciones, precisamente, se ha denunciado que grupos armados –algunos al amparo de la “paz total”– tienen injerencia en varias regiones del país en el contexto de las elecciones.

Infográfico
¿Qué pasa si no sale a votar? No deje que elijan por usted

Estos datos explican una paradoja de las democracias modernas: los presidentes llegan al poder con votaciones históricas, pero respaldados por una porción limitada del total del censo electoral. Por ejemplo, Gustavo Petro obtuvo en segunda vuelta 11,2 millones de votos, la cifra más alta registrada hasta ahora. Pero el censo electoral superaba los 39 millones de personas.

Es decir, incluso la elección más votada de la historia reciente terminó dependiendo de una movilización parcial del país. Por eso en EL COLOMBIANO hemos hecho una campaña para que salga a votar, independientemente de cuál sea su candidato.

Esa es la principal herramienta para proteger la democracia. ¿Qué pasa cuando usted no sale a votar? En términos legales, nada. Colombia no tiene voto obligatorio y nadie recibe multas ni sanciones por abstenerse. Pero políticamente sí ocurre algo profundo: el peso de quienes sí votaron aumenta automáticamente.

Las elecciones no se deciden sobre el total de ciudadanos habilitados, sino sobre quienes efectivamente depositan un voto válido. Eso significa que cuando millones se abstienen, pequeños grupos altamente organizados adquieren una capacidad de influencia muchísimo mayor.

En la práctica, la abstención fortalece a quienes tienen capacidad de movilización: maquinarias regionales, partidos disciplinados, estructuras clientelistas o electorados ideológicamente cohesionados.

Por eso muchos expertos electorales suelen insistir en una idea que retrata a los abstencionistas: no votar también es una decisión política. Es dejar que otros decidan.

La Registraduría y expertos han advertido que Colombia mantiene históricamente uno de los niveles de abstención más altos de América Latina. Investigaciones de la Universidad de los Andes y de la Misión de Observación Electoral (MOE) han señalado factores recurrentes: desconfianza institucional, corrupción, débil identificación partidista, violencia política y baja credibilidad en el Estado.

La abstención tampoco se distribuye de manera homogénea. Hay diferencias profundas entre regiones urbanas y rurales, entre estratos y entre generaciones.

Los jóvenes, por ejemplo, suelen participar menos que los adultos mayores. Datos del Barómetro de las Américas del LAPOP han mostrado durante años que Colombia registra bajos niveles de confianza en los partidos políticos y en el Congreso, especialmente entre población joven.

Además, en varias regiones históricamente golpeadas por el conflicto armado, votar ha sido una actividad atravesada por riesgos, presiones y amenazas. Aunque Colombia redujo sustancialmente la violencia electoral frente a décadas anteriores, la MOE ha seguido alertando sobre riesgos asociados a grupos armados ilegales y economías criminales en distintos municipios. Y en estas elecciones, precisamente, se ha denunciado que grupos armados –algunos al amparo de la “paz total”– tienen injerencia en varias regiones del país en el contexto de las elecciones.

¿Qué es eso del “voto útil”?

Pero en la campaña presidencial de 2026 hay otro fenómeno creciendo silenciosamente alrededor del abstencionismo: el llamado “voto útil”.

El concepto no es nuevo. Existe desde hace décadas en la ciencia política y suele aparecer en sistemas polarizados o cuando las encuestas muestran competencias cerradas. El voto útil —también conocido como voto estratégico— ocurre cuando un ciudadano deja de votar por el candidato que realmente prefiere y termina apoyando al que considera más viable para ganar o para impedir la victoria de otro aspirante que rechaza. Es decir, el elector deja de votar por afinidad y empieza a votar por cálculo.

La pregunta que interpela a los electores es: “¿Quién sí puede llegar?”. Ese fenómeno suele intensificarse cuando las campañas entran en lógica de polarización, como en las elecciones actuales.

En diálogo con EL COLOMBIANO, el politólogo y profesor de la Universidad Javeriana, Manuel Camilo González, explica que “más que voto útil, que igual existe, veo un voto con identidad negativa. Es decir, voto por cualquiera menos por tal candidato, que casi siempre son los extremos”.

En efecto, la mayoría de las encuestas coinciden en que los candidatos que más despiertan resistencia en la pregunta “¿Por quién nunca votaría?”, son Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Pero son, al mismo tiempo, los punteros. Y más recientemente, según las mediciones de esta recta final, estarían en empate técnico e incluso “El Tigre” podría ganarle al candidato del Pacto Histórico en segunda vuelta por un margen reducido.

“La decisión del voto no necesariamente radica en que hay un candidato que tenga opciones de ganar sino de manera estratégica pensando en que mi voto no representa una preferencia electoral genuina sino por la apatía por un candidato. Hay ciertos candidatos cuya tasa de rechazo es muy alta, como ocurrió en Perú donde la hija de Fujimori le hizo perder la elección”, explica el profesor.

En esos contextos, las campañas dejan de hablar únicamente de propuestas y empiezan a construir percepciones de viabilidad. Por eso las encuestas adquieren tanto peso.

En elecciones polarizadas, las encuestas no solo miden intención de voto: también moldean comportamiento electoral. Cuando un candidato empieza a ser percibido como “sin opción”, parte de sus electores migra hacia alternativas consideradas más competitivas. Eso ya ocurrió en Colombia. En 2018, el centro político terminó atrapado entre la posibilidad de respaldar a Sergio Fajardo o migrar hacia Iván Duque o Gustavo Petro para evitar la victoria del otro bloque.

Fajardo quedó por fuera de la segunda vuelta por poco más de 250.000 votos. En 2022 volvió a suceder algo parecido. El ascenso repentino de Rodolfo Hernández produjo un reacomodo acelerado de sectores que veían en él la candidatura con mayores opciones de enfrentar a Petro en segunda vuelta. Todo lo anterior tiene consecuencias profundas.

La primera es que los candidatos pequeños o moderados suelen perder espacio rápidamente. En contextos polarizados, muchos electores sienten que votar por una opción “sin posibilidades” equivale a desperdiciar el voto. La segunda consecuencia es más compleja: el miedo empieza a reemplazar parcialmente a la convicción.

No debería ser así. Porque aunque las encuestas son fotografías del momento, lo cierto es que no muestran el panorama completo. Usted como votante, debería poder votar en primera vuelta tranquilamente por quien desee.

Las campañas, precisamente, están intentando llamar la atención sobre ese fenómeno (ver nota anexa). Y ahí el abstencionismo vuelve a jugar un papel decisivo. Porque mientras algunos ciudadanos se retiran completamente del juego político por desencanto, otros terminan votando estratégicamente por candidatos que tampoco los representan del todo, pero que consideran necesarios para impedir un escenario peor. En cualquier caso, lo importante es que salga a votar por convicción y que no deje que otros elijan por usted.

“El mejor voto es el voto a conciencia”: estrategia de las campañas contra el “voto útil”

Las campañas de Paloma Valencia, Sergio Fajardo y Claudia López han sacado estos días finales de la primera vuelta varias estrategias contra el “voto útil”. En el caso de la senadora del Centro Democrático, todos sus aliados insisten en que “nada está definido” y apelan a la estrategia de que ella sí le podría ganar a Cepeda en segunda vuelta y De la Espriella no, aunque algunas encuestas recientes dicen lo contrario.

En el caso de la exalcaldesa de Bogotá, la estrategia está concentrada en decir que los votos que tiene no son heredados “de Uribe como con Paloma” o de “Petro como con Cepeda” y que por eso ella, dice, será independiente.

Y el equipo del exalcalde y exgobernador Fajardo apela al “voto a conciencia” pues en redes se ven muchos mensajes de personas que dicen que votarían por él, pero que mejor lo hacen por otro candidato que marque mejor en las encuestas. Ante esto, la jefe de debate de esa campaña, la senadora electa Jennifer Pedraza, responde: “La primera vuelta es el momento para expresar la identidad con la candidatura que a uno más le gusta e identifica. En primera no podemos ser conformistas y sí tenemos diversidad para elegir al mejor”, dice en diálogo con este diario.

Además, Pedraza explica que en primera vuelta también se muestran las fuerzas políticas “que queremos que en el futuro sean alternativas y voces que no se acomodan con las mayorías de un extremo u otro”. y que “⁠el mejor voto es el voto a conciencia. Es el voto que nos identifica con nuestros principios y con la idea de que Colombia no necesita ‘útiles funcionales’ que dividan al país y rompan los canales de diálogo en la sociedad”, concluye.

Las tres campañas coinciden en que “van firmes” hasta ⁠el 31 de mayo sin ninguna duda y por un gran resultado que muestre que la política no es blanco o negro.

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