Como Alberto Aguirre me mandó decir que hablar con él era imposible, le envié el mensaje de que me diera entonces unos minutos de silencio.
En silencio lo he visto más de una vez caminar por el centro, como el animal urbano que es; o sentado a una mesa del bar Caracas, pedir café, desplegar un periódico y después el otro, leer hasta los avisos y, con ayuda de una pequeña regla que saca del bolsillo de la camisa, no de tijeras, recortar una noticia y después la otra, las que le interesan para su columna, Cuadro.
Sé que él no es dado a los homenajes. A uno que le rindió la Universidad de Antioquia por el aniversario de su grado de Derecho, no fue. Los organizadores no tuvieron más que entender -o, más bien, hacerse que entendían- que él considera el acto más incómodo del mundo que una persona esté sentada en el centro y otras estén hablando maravillas suyas durante horas, ante la vista de un público que seguramente no tiene otro sitio donde poner los ojos que en la indefensa humanidad de aquella persona, la cual no está diseñada para soportar semejante peso.
Su silencio me bastaba, no por una sinrazón poética, sino por dos razones prácticas: una, que algunos de sus amigos coinciden en decir que él lo habita, es su dueño o lo hace. Otra, que con el silencio también se dicen cosas y si él es tan experto en esa materia, como dicen ellos, sabría decirme bastante con la boca cerrada.
Fernando González, el filósofo, cuya amistad Alberto heredó de su padre, Pedro Claver Aguirre, dijo: "uno de los visitantes del silencio -un sol silencioso- es Alberto Aguirre".
Óscar Hernández, el columnista, quien trabajó en la Agencia France Presse, fundada por Aguirre en Medellín a principios de los años 50, me contó: él es "silencioso; nunca amargado; tal vez áspero. Es retraído porque cuando uno piensa mucho, no habla tanto".
Aura López, lectora de cuentos por radio con voz de miel, quien lo ha acompañado -y tal vez influido- durante cincuenta y un años, me dijo: "él es un hombre muy silencioso".
Entonces, ya tenemos una característica de Alberto Aguirre: es silencioso.
Irónico
Y ahí, con ese comentario entre guiones que acabó de pasar al citar a Aura, ya me metí en apuros. Pero, ¿quién lo manda? El mismo Alberto, en un reportaje que le concedió a Gonzalo Arango -seguro porque eran muy amigos-, aparecido en Cromos el 7 de noviembre de 1966*, dijo que ni los libros ni los autores influían sobre las personas. Añadió, en cambio: "poeta, oiga bien esto: lo único que influye de verdad en la vida de un hombre, es una mujer. Y yo siempre distingo al hombre del intelectual. Por eso le sugiero cambiar las tres preguntas por una: las cinco mujeres que más han influido en su vida, aunque sugiera levemente la poligamia".
Ironía, tal vez, para salirle al paso a ese otro cáustico. Algunas personas creen que esa respuesta fue burlona; nada seria.
El mismo autor de Obra negra, en su descripción, apuntó: Aguirre "es ironista".
Orlando Mora, crítico de cine, otro de sus amigos, me contó que lo conoció en los años cincuenta en el Cine Club de Medellín, pero sabía de él desde tiempo atrás. "Recuerdo que yo era un muchacho de colegio cuando escuché que Alberto había dicho que León de Greiff era un culebrero de la poesía o algo así. ¡El escándalo! Le preguntaron por qué, entonces, había publicado sus obras y él respondió: es que yo también soy editor".
Entonces, ya tenemos dos características de Alberto Aguirre: es silencioso e irónico.
Apasionado
"Su pasión arde por dentro como los volcanes", dijo de él Gonzalo Arango. Nacido en Girardota el 19 de diciembre de 1926, Alberto Aguirre Ceballos se apasionó por el cine desde que era un mocoso de menos de diez años. Su familia se trasladó a Medellín muy pronto y él frecuentaba el Teatro Junín. Iba los sábados, en compañía de un primo suyo, a ver películas de vaqueros. Fue ese, sin duda, el origen de su gusto por el cine, el mismo que lo llevaría, ya grande, en los años cincuenta, al Cine Club de Medellín, fundado por Camilo Correa en 1953. "Me afilié. La primera película fue El incendio de San Francisco", ha contado Alberto. Y a reabrirlo él mismo, en 1956, porque la presión de la Iglesia lo había hecho cerrar. "El cine club no es para ver cine -le explicó al arzobispo de Medellín Joaquín García Benítez, cuando estaba casi pidiéndole permiso para reabrirlo- es para aprender a ver cine". Sin censura, el Cine Club de Medellín volvió a la escena pública con la proyección de una película prohibida en Colombia: Senso, de Luciano Visconti. Y, en efecto, "Alberto "nos enseñó a ver cine", coincidieron en afirmar Martha Botero de Leyva, directora del Taller de Edición, una empresa productora de revistas; Víctor León Zuluaga, defensor del Lector de EL COLOMBIANO y la misma Aura López. Les enseñaba a descubrir, detrás de cada escena, el contexto político, histórico, artístico y literario.
Graduado a los 20 años de Derecho, lo ejerció con pasión hasta que tuvo 40. Y muy joven llegó a ser juez y magistrado de los trabajadores. Un asesinato colectivo en Santa Bárbara, ocurrido el 23 de febrero de 1963 -13 personas fueron abaleadas en la fábrica de cementos El Cairo- se convirtió para Alberto Aguirre en una causa propia. Viajó a ese municipio del Suroeste, habló con los familiares de las víctimas y los representó en los estrados judiciales. Parecido a la Masacre en las Bananeras, de 1928, este hecho generó igual polémica en el país.
Con pasión también se dedicó a la fotografía. Guillermo Angulo, el importante fotógrafo, contó, además de que Alberto lo llevó un día a conocer a Fernando González, que fue nuestro personaje quien despertó en él la afición por la fotografía. Una vez que lo visitó en la oficina, el abogado pasó tomando fotos sin flash, en interior, lo cual para Angulo era técnicamente imposible. "Él, sin saberlo, despertó en mí la curiosidad que más tarde me condujo a mi profesión básica, la fotografía". Sólo un apasionado puede despertar pasión. Ésta la alimentó en la Librería Aguirre -que compró al poeta Eduardo Correa en 1959 y mantuvo hasta 1997-, cuando se hizo amigo de Horacio Gil Ochoa, reportero gráfico de la revista Vea Deportes en 1970, donde también trabajó Aguirre comentando fútbol. "El se engomó con la fotografía fue gracias a la puebliadera. Iba a mi negocio de fotografía que estaba a 40 pasos contados de la librería y me preguntaba qué cámara conseguir, me mostraba las fotos que hacía...", dijo Gil. Y llegó a presentar la exposición El pueblo de Antioquia, en el Museo de Antioquia.
Con pasión también se dedicó, durante unos años, al tenis de mesa. Gonzalo Arango mencionó que, en los tiempos en que trabajaba con él en la France Presse, salían a media noche, después de un día entero de traducir noticias del francés -Alberto lee francés, inglés, alemán e italiano-, buscaban un sitio donde jugar ping-pong. Pero no se trataba de un pasatiempo fugaz, como sugirió Arango. Nada en Aguirre lo ha sido. Fundó la federación de este deporte y fue director técnico de la delegación colombiana en los juegos Suramericanos de Lima, en 1964.
Entonces, ya tenemos tres características de Alberto Aguirre: es silencioso, irónico y apasionado.
Antirrutinario
Algunos de quienes lo oyeron hablar por radio y leyeron sus notas deportivas en revistas, como Rodrigo Londoño Pasos, el narrador de fútbol; Wbeimar Muñoz Ceballos, el comentarista de Caracol, y Pablo Arbeláez, periodista de EL COLOMBIANO, señalaron que Alberto fue un comentarista exhaustivo y agradable. Para Vea Deportes cubrió el Mundial de Fútbol de México 1970.
"En Todelar se juntaron dos intelectuales: Alberto Upegui Acevedo y Alberto Aguirre -me comentó Wbeimar, quien no sólo lo tuvo como competencia trabajando ambos en emisoras diferentes, sino que trabajó a su lado, durante cuatro meses, cuando dejó a Caracol y estuvo en Todelar-. Ellos no se detenían tanto en lo táctico, sino que tenían una visión más universal de este deporte".
"Yo lo escuchaba en sus transmisiones futboleras desde el estadio -evocó Pablo Arbeláez-. "Él iba a los camerinos a entrevistar a los protagonistas del partido, cuando en las emisoras entendían que allí está el centro de la información deportiva y no enviaban a periodistas novatos sino a su plana mayor". Alberto no tragaba entero y era crítico con sus entrevistados. "Recuerdo una vez que aplazaron un partido por lluvia y, sin embargo, me quedé en la sintonía: Alberto Aguirre me hizo pasar una tarde muy placentera".
Así, pues, abogado; crítico de cine; periodista y, dentro de esto, columnista de temas de actualidad, traductor y proveedor de noticias, y comentarista deportivo; tenismesista; librero, y editor, Alberto Aguirre es conocido porque odia la rutina. En lo que más ha permanecido es en ese oficio de columnista. Su columna Cuadro -que ocupó espacio en El Mundo, EL COLOMBIANO y Cromos- permaneció por cuarenta años. Un afecto especial debió tenerle, a juzgar no sólo por la permanencia sino porque hasta le costó el exilio por amenazas, a finales de los ochenta, sin que esto lo hubiera hecho claudicar.
"Una vez que regresaba del Festival de Cine de Cannes, lo visité en Madrid, durante su destierro -relató Orlando Mora-. Pasé tres días con él. Conversábamos de nueve de la mañana a nueve de la noche. Él no veía la hora del regreso". Un concierto de Sting fue tal vez lo único grato en esa amarga estadía.
Ya que dejó la columna y tiene para sí todo el tiempo, Alberto no se queda quieto: se dedica a escribir unos libros que se le habían demorado en el tintero: uno sobre el exilio y otro sobre la matanza de Santa Bárbara.
Entonces, ya tenemos cuatro características de Alberto Aguirre: es silencioso, irónico, apasionado y antirrutinario.
¿Y a todas éstas, en qué cree Alberto? -le pregunté al escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien atinó a responder: -"él es devoto de los libros. O sea que sí cree en algo".
Debo decir que Alberto me concedió el silencio que le pedí, pero también ausencia, que es dos veces silencio.
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*Tomado de Reportajes. Gonzalo Arango. Volumen I. Editorial U. de A., 1993
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