Un renacentista que anda perdido en el Valle de Aburrá. Esas son las palabras exactas que encuentra el investigador de arte Santiago Londoño para describir a Aníbal Gil.
Él se sentó muchas horas a conversar con el maestro, a revisar su obra, sus tantas cosas guardadas y, sobre todo, a encontrar todos esos detalles de su vida artística, y hasta de la vida misma, y añade Gil, "que son personales, pero que tienen incidencia en mi obra".
Y todo eso quedó escrito en el libro Aníbal Gil, que investigó Londoño. Un texto que pasa por el inicio y llega hasta su actualidad, y que deja ver la inquietud del maestro por el arte, su amor por él, y además, su trabajo que no para.
"Lo que me interesaba era ponerlo a salvo del olvido", señala Santiago, a la vez que expresa la importancia de conocerle a fondo, su influencia en el arte antioqueño, y también dejarse sorprender con su hacer multifacético. "Es un personaje que se ve muy poco".
El pintor (aunque le queda corta la palabra), mientras tanto, indica que el libro tiene una estructura que permite ver las diferentes técnicas que utilizó a lo largo de su profesión y que pudo profundizar.
Y de las letras se pasa a las obras, que rompen el blanco de las páginas. Dibujos, grabados, acuarelas y hasta fotografías de sus esculturas.
Para Aníbal Gil el arte ha estado desde cuando era casi un atrevimiento pensar que se podía dedicar a él. Por eso no hace otra cosa que pintar. "El artista es un afortunado que no tiene la oportunidad de jubilarse". Termina con una sonrisa grande.
Y aunque con los años hay que reducir un poco el tiempo, el artista no deja de crear. Todavía coge su tabla y se va al parque a dibujar al ser humano, ese que ha sido fundamental en su obra. Y lo raya sentado, conversando. Lo hace trazos ahí, en su cotidianidad, y lo vuelve arte.
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