La corrupción es el robo al revés. Cuando un ladrón de la calle atisba a su víctima, desliza el antifaz sobre su identidad de modo que el acto permanezca en la negrura de la impunidad. El corrupto, en cambio, actúa a cara destapada pero enmascara a los miles de ciudadanos que esquilmará.
El ladrón conoce el rictus del asaltado, aprecia su palidez, aprovecha el terror ajeno, se fuga con estos ojos perplejos impresos en su conciencia. El corrupto no ve a nadie, ultraja al Estado que para él es un vacío sin forma, suprime toda cara. El que empobrece los fondos públicos cree que esos dineros sin dueño están para provecho de cada funcionario en el cuarto de hora de su suerte. Bobo si se va como entra, piensa, no tendrá segunda oportunidad para medrar a costillas de nadie.
El único azar del corrupto es no ser sorprendido en su faena de guante blanco. Ningún rostro le increpa susto alguno, ningún nombre propio lo acusa hacia adentro de su íntima seguridad perdularia. De esta manera su crimen carece de sangre y de dolientes cuyos hijos reclamen entre harapos.
La historia de la riqueza es acumulación de latrocinios sin facciones humanas. Millonarias castas han surgido de la usura, de la fundación de bancos, de la información privilegiada sobre licitaciones y contratos, del manotazo sobre los perfumados puestos oficiales, de la simonía, del abultamiento de presupuestos para obras que terminan costando diez veces más, de un sinfín de prácticas mágicas para escamotear lo que por ser de todos no es de nadie.
Las fortunas se han hecho gracias a asépticos rasponazos sobre muchedumbres previamente privadas de identidad merced a antifaces exculpadores. El ladrón nocturno, de costal al hombro, cuchillo entre dientes y careta parda, es un minorista. Su caricatura sirve para predicar contra el hurto, para enaltecer un mandamiento, para apuntalar una prohibición. El otro, el delincuente blanco, aromado de apellidos y títulos, es el mayorista, el absuelto fundador de una calamidad.
Todos llevan antifaz, los que laboran al por menor, en sus propias caras; los que al por mayor, sobre las figuras lívidas e incontables de los expropiados cuya indignación se encargan así de cubrir para que la ganancia no los atormente. La corrupción entonces son las corrupciones, la que roba a pie y la que simplemente firma. La diferencia, obvio, está en las cifras.
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