La comisión sobre reforma política me parece una farsa. No sé por qué unos señores tan respetables, empezando por Humberto De la Calle Lombana, se prestaron para semejante pantomima. Ya había quedado demostrado hasta la saciedad que en el ambiente actual del país no hay espacio para una reforma política decente. Por una razón muy sencilla, quien puede sacarla adelante porque tiene las mayorías, el señor Álvaro Uribe Vélez, no quiere; y quienes quieren, los señores de la oposición liberal y de izquierda, no pueden, porque están en minoría.
Ah, bueno, no sólo es el Presidente quien no quiere, no quieren, sobre todo, la mayoría de los parlamentarios que lo acompañan y los partidos que le sirven de sustento en el Gobierno. Porque fueron esos parlamentarios, o sus amigos más cercanos, y fueron esos partidos, o para ser exactos, buena parte de sus jefes, quienes incurrieron en los delitos que motivan la reforma política.
Una reforma legítima, decente, no podría tener otro sentido que una sanción política ejemplar a quienes incurrieron en semejante transgresión a la democracia. No se olviden que estamos hablando de unas personas que tenían unas responsabilidades públicas, que pertenecían a las élites regionales, que representaban al Estado, y fueron capaces de aliarse con un actor armado ilegal para torcerle el cuello a la competencia política y de paso dejar un reguero infame de muertos. Eso es la famosa parapolítica.
Pues bien, para gente de esta calaña se había propuesto una sanción política elemental: que una vez fueran vinculados formalmente a un proceso judicial, su silla en el Congreso quedara vacía. ¿A quién afectaba principalmente esta sanción? A cinco partidos uribistas que tienen la mayoría o la totalidad de los parlamentarios titulares vinculados a procesos judiciales: Colombia Democrática, el partido del primo del Presidente; Colombia Viva, Convergencia Ciudadana, Apertura Liberal y Alas-Equipo Colombia. Aunque también saldrían afectados Cambio Radical, el Partido de la U, el Conservador e incluso el Partido Liberal en la oposición. Los primeros cinco quedaban desmantelados de hecho.
¿Era justa esta decisión? Era justísima. Pero incluso, era leve, tímida, demasiado considerada, porque no hay derecho que cinco agrupaciones políticas que han cometido tamaña fechoría sigan teniendo una vida legal y puedan continuar en la competencia política. No hay derecho a que en las pasadas elecciones locales hubiesen presentado veintinueve mil candidatos y hubiesen obtenido triunfos en muchas regiones del país. No hay derecho a que sigan legislando en el Parlamento y también en las instancias municipales y departamentales. Una medida un poco más drástica debería incluir la disolución inmediata de todos estos agrupamientos.
Y esa medida justa, pero limitada, no tuvo el respaldo del Presidente y tampoco de los parlamentarios de la Comisión Primera, y los liberales y la izquierda se quedaron solos, en un acto vergonzoso. Porque, como lo reiteró el saliente Ministro del Interior, el Presidente no quería perder las mayorías, esas mayorías viciadas, esas mayorías ilegítimas.
¿Qué hará la Comisión de notables de la reforma política? ¿Retomar la idea de la silla vacía? ¿Ir más lejos, proponiendo sanciones inmediatas y más drásticas para estos partidos? En este caso, haría el ridículo de presentar unas ideas que no tienen ninguna aceptación en el Gobierno y en las mayorías parlamentarias y que por ello no tendrían la más mínima posibilidad de una aprobación por la vía del Congreso. O, sabiendo esto, como debe saberlo, se dedica a inventarse una serie de medidas retóricas para que en el futuro los parlamentarios y los partidos no incurran en estos delitos y se olvida de los bandidos de hoy y de los partidos de hoy, y en ese caso convalidan el descaro y el engaño del Gobierno y producen una reforma indecente.
¿Qué camino tomarán los comisionados? No veo ninguna salida decorosa para ellos. Pero sería mil veces más grave que sirvieran de paraguas para el Gobierno y convalidaran el encubrimiento de la parapolítica, a que hicieran el ridículo presentando algo inaceptable para el presidente Uribe.
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