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¡Ayudemos!

  • Carlos Alberto Giraldo | Carlos Alberto Giraldo
    Carlos Alberto Giraldo | Carlos Alberto Giraldo
09 de diciembre de 2010
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Al mediodía del miércoles pasado acudí a la Cruz Roja Colombiana en el barrio Guayabal. Aunque era festivo allí laboraban con febrilidad unos 20 socorristas: acomodaban las donaciones en la bodega, las clasificaban, las inventariaban. Alimentos, frazadas, menajes y medicinas para las víctimas de este invierno implacable que pareciera sin fin.

La cordialidad medió todo el tiempo, y ellos se veían muy felices de que la gente fuese a llevar aportes diversos. Qué bueno saber que hay gente que se ocupa de ayudar a otros sin más contraprestación que un agradecimiento.

Por eso hoy, al margen de cualquier pretensión "opinativa ni conceptual", apenas quiero emplear estas líneas para hacer un llamado a los lectores de todas las condiciones, y en particular a los de los estratos más pudientes, para que hagan un esfuerzo y donen dinero o elementos para miles de compatriotas sumidos en la pobreza y la orfandad por fuerza del azote de esta temporada diluvial.

Hay niños esperando un juguete o un vaso de leche. Adolescentes necesitados de un par de zapatos. Mujeres que requieren ropa interior. Señores que agradecerían una camisa o un pantalón. Ancianos urgidos de una cobija o de un medicamento. Comunidades que sueñan un plato digno, con algo de carne y arroz. Cosas elementales. Pero indispensables.

El domingo pasado la gente en Antioquia demostró que es capaz de ser generosa. Se recogieron 3 mil 800 millones de pesos. Pero es insuficiente. Los afectados por el invierno y las pérdidas materiales nos están desbordando, así que cualquier aporte es bienvenido. En estas horas de calamidades como la de Calle Vieja, en Bello, todo sirve. Todo gesto de solidaridad es un acicate.

Pongámonos en los zapatos de los otros. Imaginemos sus noches a la intemperie o en refugios improvisados e incómodos. Seamos capaces de sentir su dolor, su tristeza, su desconcierto, su aplastamiento moral y sicológico porque perdieron a sus familiares, a sus vecinos. Porque se quedaron sin casa, sin hogar. Obligados a vivir una Navidad que se parecerá más a una pesadilla que a los trinos de los villancicos y de los niños.

Hagamos como sociedad todo lo que podamos por ellos. Sintámonos útiles, serviciales, sensibles, solidarios.

Convenzamos a otros de que aporten, de que se movilicen, de que se metan la mano a la cartera y den. Mucho o poco, pero que lo hagan. Es desconsolador ver tanta destrucción y ruina para miles de familias que tardarán varios años en superar esta congoja y esta postración que les trajo el invierno.

Si cada quien ofrenda unos pesos o hace un aporte material estará ayudando a los afectados a sentir que el país no se quedó frío y de espaldas ante su desgracia.

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