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Bogotá divina, ala

12 de abril de 2009
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Por qué es difícil para un paisa vivir en Bogotá. En primer lugar, por el frío. Es aterrador. Si tiene calentador se lo come la cuenta de la luz. Si tiene chimenea, es un camello prenderla, alimentarla, apagarla. En segundo lugar por la lluvia. Cuando caen aguaceros violentos se siente uno en otra parte, pero lo común es que caiga una lloviznita permanente, mojadora y enfriadora y le emparama a uno los pies y el alma. No escampa, no para, no se emberraca.

El otro factor son los trancones, ala. No los tacos. Eternos. Permanentes, seguidos. Para ir a cualquier parte se demora uno tres veces más de lo normal. Y ahí viene lo otro, el tráfico. Todo el mundo tiene la vía. Todos pitan. Todos se meten a la brava sin ni siquiera poner direccionales.

Y ni hablar de las calles y los enormes huecos que las adornan. Piscinas olímpicas hechas de brea o cemento. Calles en las que hay que andar en zigzag y ni así evita el daño del carro. Y no solamente en las calles secundarias, en las principales. Pero bueno, puede que las arreglen algún día. Lo curioso es que los arreglos duran meses. Lo que debería ser rápido se lleva una eternidad.

No se le ocurra meterse al Transmilenio o a un bus urbano. Todo encerrado, huele a mico. Suda uno hasta que sale al violento frío de la calle y pesca una gripa de meses. En el Transmilenio, como entró así sale, no puede cambiar de posición. Además, se siente uno violado, hombre o mujer. Si no es que le roban la chaqueta y los calzoncillos sin quitarle los pantalones. Manoseo permanente. Eso sí, estas desgracias sólo le ocurren cuando logra, oh milagro, subirse al bus. Bogotá huele a rincón de iglesia.

Una cosa curiosa es que en Bogotá, todo garaje es una universidad, un restaurante o una iglesia cristiana. Hay universidades o politécnicos que ofrecen carreras en todo lo imaginable. Técnico en embarazos, por ejemplo. Los restaurantes compiten por los bajos precios y los niveles de grasa. Carnes de dudosa procedencia y sabor. Sobrados reacomodados, etc. E iglesias con las denominaciones más extrañas: adoradoras de los pies del divino rostro o de la llavecita torcida del sagrario.

Llama mucho la atención el vocabulario. A la mazamorra le dicen peto, al algo le dicen onces, a los moros les dicen bizcochitos, al vestido de hombre lo llaman terno.

¿Será entonces que Bogotá no tiene nada bueno? Claro que sí, muchas cosas, por lo pronto es el barrio más grande que tiene Medellín. Además es una ciudad enorme en problemas pero igualmente enorme en posibilidades. Las oportunidades en todos los niveles están en Bogotá. Los parques son bellos y muchos. Para los rolos, Colombia es Bogotá y sus alrededores.

En fin, Bogotá es única, porque a pesar de todo lo anterior la gente se amaña. Y lo que es más grave, hasta a mí me va gustando.

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