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HISTÓRICO
Canto y cuento, lúcido y lúdico
  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
Arturo Guerrero | Publicado el 12 de octubre de 2010

Luz Eugenia Sierra, editora y gestora cultural antioqueña, nació en Andes, igual que Gonzalo Arango. De allí ha de venirle su terquedad con la poesía. En los años ochenta del siglo pasado publicó sucesivamente cinco libros llamados "Poetas en abril", en los que consignó lo mejor de la producción nacional.

Se convirtió en ordenadora de nuestro canon. Quien aparecía en aquellos volúmenes valía su peso en oro. Esta tarea no es menor en un país de tantísimos poetas, pero de tantísimos malos poetas. Con el ánimo de ser la gran editora, un día se fue a Barcelona y estudió y trabajó por largos años con los excelsos de su oficio.

Su trabajo de grado no despegó el ojo de su tierra. Se propuso un monumento: hacer la historia de Colombia tal y como la han visto sus poetas desde la creación del mundo. No se contentó con el proyecto académico, quiso hacerlo papel y tinta. Fundó la Asociación Letra a letra, comprometió a poetas amigos y durante siete años comandó la aventura.

Uno de los primeros actos de la ministra de Cultura, Mariana Garcés, fue firmar el 9 de agosto pasado la resolución que le otorgó el premio "Literaturas del Bicentenario" a la edición de la antología "Colombia en la poesía colombiana: los poemas cuentan la historia".

Luz Eugenia Sierra había conquistado su anhelo.

En este octubre Medellín está lleno de actos para presentar el volumen de casi 500 páginas donde se albergan 186 poemas de 125 autores. Comienza con los mitos de creación kogui y huitoto: primero estaba el mar, el mar era la madre y estaba en todas partes, aún no había amanecido, también los hombres teníamos cola, el creador cortó nuestras colas y se cansó de cortar tantas.

No solo hay poemas y sueños. Cada uno viene acompañado de dos textos cortos: una nota literaria del poeta Joaquín Mattos Omar y una reseña histórica de la historiadora Amparo Murillo.

En la investigación general figura otro poeta antioqueño, Róbinson Quintero. Estas reflexiones son sabias y descomplicadas. Le agregan el punto lúcido al tono lúdico de los versos.

El tomo es lírico y trágico, elegiaco y humorístico: "Sobre este poema vuela un cuervo. / Y lo escribe una mano de ceniza", escribe Eduardo Carranza; "Ya nuestra propia vida no nos basta", denuncia Rogelio Echavarría; "Hay demasiadas tumbas en Antioquia", se queja Julián Malatesta. Este grueso libro negro y cuadrado es canto y es cuento. Más cuenta en él cómo se cuenta que lo que se cuenta.