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HISTÓRICO
Cortázar, centenario del genial juguetón
  • Cortázar, centenario del genial juguetón | FOTO ARCHIVO
    Cortázar, centenario del genial juguetón | FOTO ARCHIVO
POR JOHN SALDARRIAGA | Publicado el 25 de agosto de 2014

Dicen que lo de Julio Cortázar no es novela sino antinovela; ni cuento, sino contrarrelato.

Y todo porque lo suyo es juego. Es el desmonte de las estructuras convencionales de la novela, con sus esquemas cerrados y organizados de una sola manera, lo que el autor propone. Y porque en sus cuentos, las excepciones son la regla.

De ese Julio Cortázar, niño que no terminó de crecer, es de quien se habla hoy en gran parte del mundo porque nació hace 100 años. Y como en los juegos y las absurdeces que él creaba, de él hay que decir, por ejemplo, que es uno de los grandes escritores argentinos nacido en Bruselas y nacionalizado francés cuatro años antes su muerte, sucedida en 1984, en protesta contra el régimen militar que gobernó en Argentina.

No pasó mucho tiempo en Bélgica. Muy pronto se trasladó con su familia a Buenos Aires, donde estudió y permaneció hasta 1951, cuando comenzó una vida más itinerante.

Cortázar recibió la herencia literaria de Jorge Luis Borges (ese narrador nacido quince años antes que él, pero que parecía mayor que toda la humanidad), de Macedonio Fernández, así como y una tradición europea de literatura fantástica y de surrealismo.

"Cortázar fue un alumno aventajado de Borges —coincide en afirmar William Ospina—. Sé que retoma algunos temas tratados por este y los desarrolla de otra manera; les encuentra otras soluciones".

Ospina resalta, entre los principales temas de Cortázar, el de la identidad.

"Sé de él que era un ser tierno y bondadoso", añade el tolimense.

Como es conocido el carácter juguetón de Cortázar, que inventaba palabras y trataba de reventar la sintaxis, no resulta difícil creer una idea que le atribuyen con frecuencia, en la que define la lúdica como el arte de usar las cosas para lo que no son o para lo que no fueron hechas.

Rayuela, la novela suya más celebrada, puede leerse en varios órdenes. El lineal, comenzando por el principio, siguiendo por el medio y terminando por el final. O siguiendo otra secuencia sugerida por el autor, la cual comienza en el capítulo 73, sigue en el 1 y continúa por otros caminos.

Su personaje central, Horacio Oliveira, es una suerte de desplazado en el sentido más vital. Viaja de Argentina a Francia, en una búsqueda de sentido de su vida y huyendo de la "gran costumbre". En París vive con la Maga, su amante, una mujer que cree que él tiene las respuestas que necesita. La estancia de Oliveira en esa ciudad termina con la muerte del hijo de la Maga.

Lo maravilloso
El escritor Óscar Collazos cuenta: "recuerdo que, en octubre de 1972, asistimos a un Coloquio de Sociología de la literatura latinoamericana organizado por l" Ecole Pratique des Hautes Etudes, de París. Tuvo lugar en la abadía de Royaumont. Yo iba con una amiga alemana que tenía una niña pequeña. La dejábamos todo el día en el pueblo, al cuidado de una nourrice (nana). La metíamos de contrabando a la abadía, por las noches.

La niña a veces lloraba. Como Cortázar era vecino de nuestra celda, creía que, en verdad, el llanto no era real sino el fantasma de un niño que venía a buscar al padre perdido entre los monjes de la abadía. En un desayuno, desarrolló la historia, casi como un cuento, ayudado por Julio Ramón Ribeyro. El espíritu atormentado de un niño que busca en llantos al padre. Ni yo ni mi amiga dijimos nada. Muy temprano, nos llevábamos la bebé al pueblo. Si lo hubiéramos dicho, la vulgaridad del hecho real se hubiera tirado un cuento de la imaginación".

La crítica y, bueno, la gente en general también, coinciden en considerar a Cortárzar como el mejor narrador de cuentos fantásticos del Boom latinoamericano.

"Lo que más me ha interesado —revela el escritor Óscar González—, lo que más me ha obsesionado, radica ostensiblemente en la manera como adquirió y se hizo a un estilo, desde sus lecturas mismas, desde sus relatos, desde la formación de su sensitiva, y que se basa también en lo absurdo, lo insólito, lo maravilloso, combinado con poderío totalmente transformador y nuevo, como lo leemos en su libro de Historias de cronopios y de famas o en sus ensayos del Último round, aquellos libros en los cuáles la observación es metódica y extraviada, rara y extraña".

Le puso problema en su obra a los mecanismos literarios convencionales. Sin embargo, en él no todo fue fantástico. Uno de sus libros, Las armas secretas, hace un corte a todo ese desborde imaginativo donde bien puede suceder que una persona desaparezca en el transporte público de tanto rozarse con otras o que la casa vaya perdiéndose en la nada ante la impotencia de sus habitantes.

En ese libro está incluido, entre otros, El perseguidor, un relato inspirado en Charlie Parker. Abandonó lo fantástico para acercarse a una realidad humana concreta, el problema de la creación y la destrucción, de la autenticidad y la falsedad de la vida.

El mismo autor dijo: "Hasta que escribí El perseguidor yo había mirado muy poco al género humano".

Y al mirar al género humano llegó a un vehemente compromiso político.

"Sé que se comprometió con la izquierda y con las revoluciones sandinista y cubana —dice William Ospina—. No tanto con el dogmatismo, sino con una gran sensibilidad, y con la convicción de que América Latina requería profundas transformaciones populares, que había sido gobernada por castas colonialistas. Su militancia no fue dogmática, sino del corazón".