Entre las muchas particularidades que tiene el sistema gubernamental cubano hay una que, aunque suena anecdótica, tiene una influencia definitiva en la manera en la que la isla se mueve: la alta edad de sus dirigentes. El presidente Raúl Castro tiene 79 años y su hermano Fidel, que aún gobierna desde la sombra, 84. Si le unimos a esto los dos vicepresidentes podemos decir que los cuatro hombres más importantes de la política cubana suman entre ellos 326 años.
Es justo decir que en el arte de gobernar las edades avanzadas siempre vienen acompañadas de experiencia y sabiduría, pero es clave que sangre nueva oxigene el pensamiento de los Estados para afrontar tempestades que a veces solo se pueden ver con ojos descansados. En Cuba esto parecía estar vetado, al menos para las altas esferas del poder nacional.
Los que alguna vez fueron jóvenes en las armas se atornillaron a las sillas del poder y solo ahora, medio siglo después, han descubierto la necesidad de un cambio generacional antes de que la isla se hunda en medio de los problemas económicos.
El pasado sábado, en el VI Congreso del Partido Comunista, Raúl Castro sorprendió al auditorio al decir que es fundamental poner en práctica un tope al tiempo de ejercicio en los cargos públicos fundamentales, incluyendo el suyo, por un máximo de dos periodos consecutivos de cinco años cada uno. Es decir, que el presidente y sus más cercanos colaboradores podrán durar solo diez años. Esto, en Cuba, es un cambio político que trasciende a lo cultural.
Que los cubanos puedan tener en su calendario la fecha de una transición en el poder es un aliciente importante para la población y para que el motor de la política se mueva más rápido.
El Partido Comunista de Cuba ya cuenta con cuadros jóvenes que juegan papeles clave dentro del engranaje anquilosado movido por los Castro, pero nunca se había planteado la posibilidad de transiciones pacíficas en los cargos más altos en un sistema que juega con lo monárquico.
El cambio de mentalidad de Raúl Castro, que seguramente fue consultado ampliamente con su hermano en retiro, se convierte en la última concesión dada por un sistema con el agua hasta el cuello, golpeado y fracasado por la terquedad de unos dirigentes atrapados en la Guerra Fría.
Los actuales problemas de la economía han obligado a que el período de Raúl se vea un par de centímetros más progresista que el de su hermano. Sin embargo, es el contexto el que lo ha obligado a las transformaciones y no necesariamente su espíritu libertario.
En el último año Raúl ha tenido que darle paso a la posibilidad de trabajos independientes del Estado, a buscar cierta autonomía para empresas estatales e incluso a proponer posibles préstamos monetarios para los cubanos. Todo para hacer sostenible un modelo que ya no tiene aire.
Ahora, incluso el centralismo cubano es puesto en duda por su más alta figura y ante lo inocultable de los problemas que atraviesa el Gobierno, las frases que apuntan a un reconocimiento de errores han empezado a ser pronunciadas.
Sin embargo, aún no es tiempo de celebraciones y estamos lejos de que se den los pasos necesarios para una pequeña luz de libertad.
Los Castro buscan una manera de ceder el poder antes de que una revuelta acabe con ellos y solo han llegado a este punto porque la debacle económica pende sobre sus cabezas. Lo claro es que después de cinco décadas de mentiras es difícil creer que ahora esta propuesta de renovación viene tras un sentimiento sincero. Es, probablemente, una búsqueda de máscaras nuevas tras las cuales se puedan esconder las mentes de siempre.
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