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DE ROMA A NAZARET

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05 de marzo de 2013
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En la elección de un nuevo Papa encuentran los cardenales del cónclave la oportunidad de rectificar las desviaciones que han tenido de las claras doctrinas evangélicas.

De aquellas que, como lo decía alguna vez Alberto Lleras, no fueron trazadas por la mano fugaz del hombre, sino por mano providencial.

Coinciden Benedicto XVI y el teólogo Hans Küng en señalar los errores que ha cometido la curia romana. Eminentes pensadores que trabajaron juntos en el desarrollo del Concilio Vaticano II.

Si bien se distanciaron estos dos teólogos y filósofos por distintas "concepciones en el manejo de la iglesia romana y de la presencia de esta en la sociedad", principalmente en la manera de "entender y ejercer el poder terrenal", pues mientras Benedicto hablaba de la "sumisión al magisterio eclesiástico" y Küng pedía hacer "teología desde la libertad de investigación", ahora ambos concuerdan en la esencia de las crisis vaticana.

Cuando Benedicto insiste en que "tenemos que trabajar para que se realice verdaderamente el Concilio Vaticano II y se renueve la iglesia", Hans Küng aboga por una reforma de la institución en profundidad, en sintonía con Jesús de Nazaret, y "en la dirección marcada por el Vaticano II, que debe ser aplicado creativamente en el nuevo escenario político y religioso internacional y local".

Hay, entonces, una concurrencia conceptual -que no deben soslayar los purpurados que pronto empezarán a deliberar para escoger un nuevo Papa- entre tan calificados teólogos para pedir que la Iglesia romana vuelva a meditar en el mensaje de Jesús, piedra angular de toda renovación, sólida y eficaz.

También Leonardo Boff, teólogo brasilero, coincide con Benedicto y con Küng.

Y es cuando insiste en que la Iglesia "descubrirá su camino si se hace más evangélica y más humilde", y supera los escándalos de pedofilia y las irregularidades del Banco del Vaticano, "conducto de evasión de capitalistas y mafiosos".

Y va más allá el teólogo brasilero cuando dice que hay que reivindicar a la mujer.

Sus argumentos son sólidos para repudiar la misoginia. No se explica su exclusión, "cuando las mujeres son mayoría en la Iglesia y las primeras testigos del hecho mayor del cristianismo cual fue la resurrección de Jesucristo".

O su "exaltación" como diría el jesuita amordazado para opinar, Alfonso Llano.

El Concilio tendrá entonces la oportunidad de mirar más el testimonio del Gólgota que los individualismos y rivalidades de la maquinaria curialesca, la que propicia, al decir de Benedicto, "las divisiones en el cuerpo eclesial que desfiguran la Iglesia".

Las mismas escisiones que llevaron a las rupturas de la iglesia de Occidente y la de Oriente en el siglo XI y luego "al divorcio entre católicos y protestantes en el siglo XVI para repetir la división de los siglos XVIII y XIX entre el catolicismo romano y el mundo ilustrado moderno".

Si a partir de ahora Roma vaticana -luego del gesto de valor y sinceridad de un pontífice agobiado por la edad y las frustraciones- no es capaz de salir de las "aguas turbulentas" -como describió su navegación Benedicto XVI– podríamos entrar en eventuales herejías desvirtuando el sacrificio de la Cruz.

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