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El abuelo de las llantas

POR MAS DE 25 años Juan B. Isaza fue el vendedor líder de llantas en Colombia. Era una bestia para hacer plata y para ayudar a otros.

  • El abuelo de las llantas | Juan Fernando Cano | "Si el estrés mata, entonces yo habría muerto hace 40 años", dice Juan Bautista Isaza Posada, o simplemente Juan B., un hombre que a través del deporte desarrolló su deseo de ser el número uno en los negocios. En llantas, lo consiguió.
    El abuelo de las llantas | Juan Fernando Cano | "Si el estrés mata, entonces yo habría muerto hace 40 años", dice Juan Bautista Isaza Posada, o simplemente Juan B., un hombre que a través del deporte desarrolló su deseo de ser el número uno en los negocios. En llantas, lo consiguió.
14 de agosto de 2010
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"Yo era una máquina de producir billete". ¿Exageración? Para nada. Quien así habla es Juan Bautista Isaza Posada, el comerciante que durante más de un cuarto de siglo estuvo como atornillado en el trono del mayor vendedor de llantas en Colombia.

Aunque el título lo perdió hace cinco años largos, es como difícil que le tumben semejante Guinness Record. "Esto se perratió", exclama Juan B. A las importaciones legales de llantas hay que sumarles el contrabando, el lavado de dinero y la atomización de una torta que antes se disputaban Good Year, Royal e Icollantas y que ahora se canibalizan más de cien marcas.

Nació en una finca, llamada Casablanca, el 15 de abril de 1928, pero nada delata sus 82 años de vida. Quizás su cuerpo vive agradecido con la energía que en la juventud le dedicó al deporte. En la Pontificia Bolivariana nadie le seguía el trote y era normal que cuando el segundo llegaba a la meta, él ya se había tragado un pastel y una gaseosa. Dio trompadas legítimas, a través del boxeo, el deporte que noqueó sus párpados y le dejó esa mirada triste. También gastó más de un sillín de bicicleta. Y hasta sacó cuajo, léase músculos y six pack, a punta de tensión dinámica, gracias al método del inolvidable fisicoculturista Charles Atlas.

A lo anterior se suman los cientos de kilómetros que ha caminado en sus negocios. Le pica la oficina. Es un gerente circulante que recorre cada rincón de la empresa. Saluda y bromea con su gente, revisa el orden y hasta el aseo de los baños y atiende personalmente a los clientes.

Y lo hace todavía. De lunes a viernes, de 8:00 a.m. a 12:00 del día, acude a Juan B. Limitada, con pantalón de drill, camisa corta de algodón y una infaltable cachucha. Nada qué hacer. El hombre es un vendedor nato, que no se quiere jubilar en un oficio que le viene en línea paterna.

Su papá, Federico Isaza, era un ingeniero, con estudios en Europa y Estados Unidos, que terminó manejando una finca y actuando como agente local de la Good Year. En tierras del Tío Sam sufrió un infarto y los médicos le dijeron que era muy factible que le repitiera en cuestión de ocho años. "Es más fácil que caigan dos rayos en el mismo sitio", respondió el enfermo. Su esposa, Esther Posada, no se tragó el cuento y, a escondidas, se puso a estudiar enfermería, para cuidarlo cuando se cumpliera la profesía.

Federico no era un hombre rico. Todo se le iba en darle gusto a la familia. Cuando comenzó a sentir cosas raras en su cuerpo, llamó al mayor de sus siete hijos, o sea a Juan B., y le dijo: "Sálgase de estudiar, mijo". Acto seguido, lo mandó a Cali, a la Good Year, para que el presidente de esta firma, el gringo Edwin J. Delaney, se lo pusiera "como un tiro".

Arrancó sin privilegio alguno, o sea como obrero raso. A los seis meses tuvo que volver a Medellín, por una recaída de su papá, quien lo devolvió a Cali porque le faltaba formación, y con la promesa de que no se iba a morir en los tres meses siguientes. Así fue. El muchacho volvió y un domingo su padre le dijo, "prepárese, porque mañana nos vamos todos a trabajar". Se acostaron, muy juiciosos, y el grito de Esther despertó a todos en la casa. Juan B. corrió y lo único que pudo ver fue a su padre cerrando los ojos y doblando la cabeza.

"Quedé hecho un bobo". A sus 19 años era el mayor y tenía que velar por su mamá y por sus hermanos, Carlos, Amparo, Gloria, María Helena, Fernando y Federico. Tomó las riendas de la agencia Good Year, de su difunto padre, y antes del quinto año se quebró, al sacar de la empresa un dinero para ayudar a un hermano. Los dos se fueron de... bruces. Juan B. quedó debiendo 500.000 pesos, todo un platal considerando que, con 3.000 pesos, se podía comprar un carro Volskwagen.

La Good Year le quitó la distribución de sus llantas. Se la dieron a un hombre cuyo apodo es impublicable en estas páginas. Baste decir que "era el tipo más feo de Medellín". Le ayudó a montar el negocio y rechazó ofertas para irse a trabajar con la competencia, porque "era como renunciar a la religión Católica". Le pagaron mal tanta fidelidad. A los seis meses lo despidieron.

Lo peor fue pasar de dueño a empleado. "Eso es de lo más HP. Un hombre tiene tres motivos para pegarse un tiro: Una quiebra, que la mujer que quiere se la juegue".

¿Y la tercera?

"No recuerdo. Solo sé que los amigos también se van".

Pero le quedó Charles Atlas, porque la tensión dinámica "me dio una capacidad y una verraquera tenaz". La suficiente para coger un maletín y poner a rodar una llanta de bus o camión por Guayaquil, a la espera de que de los bares y restaurantes salieran sus potenciales clientes, a los que no podía invitar ni a un tinto.

Tiempo después manejó Llantas Limitada, de Luis Carlos Bravo. Le fue bien, pero, dice, "cuando uno está cómodo se agüeva". Por ello siente que perdió allí 14 valiosos años. Además, dos veces por semana empinaba el codo y en esas noches aumentaba su dosis personal de cigarrillos, de dos a cuatro paquetes.

Para irse de allí renunció a sus prestaciones, pero pidió, a cambio, que le soltaran el local, con sus tres sillas, una vieja caja fuerte y un cupo de crédito de 700.000 pesos. Entonces se alió con Raúl Alvarez, quien le prestó a Juan B. los 150.000 pesos que tenía que aportar para el capital de la sociedad.

Eso marcó la llegada de la primavera en los negocios. El billete surgía por doquier. Le dio vida a empresas como Marllantas, Llantas Nutibara, Llantas de Antioquia. Le compró la mitad al socio. Adquirió una gasolinera. Y les dio casa a los seis hijos que tuvo con su primera esposa, Bertha Álvarez: Ana Beatriz, Angela María, Federico, Óscar, Patricia y Juan Esteban. Ah, y como se volvió el más teso del mercado, la misma firma que le había dado una patada en el trasero le pidió que volviera a vender sus productos. Su orgullo le dijo que no. Pero los buenos amigos, como Luis Vásquez, le aconsejaron que sí.

De eso hace ya 42 años. Para lograr su primer título de rey de las llantas vendió unas 5.000 unidades, que complementadas con las de las firmas en las que era socio subían a 8.000. Cuando perdió el reinado se movía entre 3.500 y 4.000, lo cual evidencia lo voraz que se ha tornado la competencia.

"Es el llantero más grande que ha tenido Colombia". Así lo siente Mario Múnera Jaramillo, a quien Juan B. le prestó la mitad de la plata para crear a Marllantas. "También es el más verraco: Sufrió un infarto, lo operaron a corazón abierto, lleva cinco baipás, le sacaron un riñón y no tiene hígado... para dar descuentos".

El estilo del papá de muchos llanteros se preserva en Juan B. Ltda, Regigantes y una estación de gasolina, firmas en las que genera más de 250 empleos. Del buen trato y la estabilidad laboral da fe su cajera, Elsy Morales, una pensionada, que lleva 42 años activa en la nómina de la organización.

"Es un patrón servicial, humanitario, un amigo, un tipo bueno, exigente, al que si le sacan el bloque, explota", comenta Guillermo Álvarez, "el zorro" quien trabajó a su lado 40 años en Juan B. Ltda y desde hace tres es su conductor. "Mejor dicho, es una madre sin tetas".

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