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El papel entrañable de un librero

  • Diego Aristizábal | Diego Aristizábal
    Diego Aristizábal | Diego Aristizábal
28 de diciembre de 2011
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La historia es tan simple y tan bella. Una mujer, Helene Hanff, decide escribir a la librería Marks & Co., en Londres, después de leer un anuncio publicado en la Saturday Review of Literature que dice que ellos están especializados en libros agotados.

Helene es una escritora pobre, amante de los libros antiguos, y desea aquellos que son imposibles de encontrar en Estados Unidos, lugar donde vive, salvo en ediciones raras y carísimas, o bien en ejemplares de segunda mano en Barnes & Noble que, además de mugrientos, suelen estar llenos de anotaciones escolares.

Así comienza entonces una fascinante correspondencia que va desde 1949 hasta 1969, 20 años en los cuales llegan a Nueva York los libros que la señorita Helene desea mientras se teje una entrañable amistad en aquellos tiempos cuando los ingleses tuvieron racionados los alimentos hasta 1953: 60 gramos de carne por familia y semana, y un huevo por persona y mes. En la medida que ella recibe los libros que cuidadosamente le buscan los libreros de Marks & Co. ella envía alimentos y cosas que no se encuentran en Londres o sólo se pueden conseguir en el mercado negro.

A Helene le encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo; es así entonces cómo un libro lleva al otro y el fantasma del anterior propietario de la "Antología del aficionado a los libros", por ejemplo, que le consiguió muy especialmente su amigo librero Frank Doel, le señala discretamente párrafos que jamás había leído antes; como la descripción que hace Tristram Shandy de la notable biblioteca de su padre que "contenía todos los libros y tratados escritos sobre el tema de las grandes narices". Desde luego Helene sólo puede pedirle a su librero en una nueva carta: "¡Frank! ¡Consígueme un Tristram Shandy!".

El buen librero es aquel que cuando uno regresa a esculcar una y otra vez las estanterías encuentra "migas de pan" hechas libros que él pone por ahí y se alegra porque uno las encontró para agregar luego, aprovechando la emoción en el rostro, "te conseguí también tal o cual libro" o "yo creo que este te puede encantar" y uno le cree porque lo que está vendiendo no es una mercancía sino sus tesoros, como me pasó con este libro del que les hablo hoy a punto de terminar el año: "84, Charing Cross Road" que lo sacó de su morral y me dijo: "Este libro es para ti, yo sé que te va a gustar". Y claro que me gustó porque como dijo un periodista de Newsweek: "84, Charing Cross Road" es uno de esos libros de culto que los amigos se prestan unos a otros y que transforman a sus lectores en otros tantos miembros de una misma sociedad secreta.

Esta última columna del año está dedicada a mi librero que este año me llenó de tantas horas felices gracias a que me consiguió libros que esperé muchísimo tiempo y me enseñó otros que no tenía ni idea que existían. Yo me alegro tanto de tener un librero, quien no lo tenga debería buscar uno el año entrante, es casi tan importante como un buen dentista o como un psicólogo de confianza.

Sígame en Twitter: @d_aristizabal

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